jueves, 30 de abril de 2015

Tened cuidado lunáticos


No me acuerdo si iba por una calle, o por un bosque, o por la playa, ¿quién sabe?
En realidad da lo mismo, pues había luna llena.
Cuando hay luna llena, cualquier cosa les puede caer a los lunáticos. A los locos.
Y me cayó encima, abalanzándose sobre mí. No me hizo daño.

Era una criatura rarita, pesaba poco. No me pesaba en absoluto.
Me di cuenta que sólo quería compañía. Que sólo quería jugar.
Se reía y decía cosas raras. Pero no me importaba. Pesaba poco.
Se posaba en mi hombro y me decía cositas al oído. Me hacía cosquillas.

Las calles, o el bosque, o la playa, parecían no tener fin.
Saltaba como una niña, posándose encima. Pesaba tan poco.
Después de un trecho, cogí a esa criatura en mi regazo.
Le conté cuentos, bonitos, para que durmiera tranquila.

Y dormía. En paz. Consolada. Y eso regocijaba mi corazón.
Y la noche no acababa, ni la calle, ni el bosque, ni la playa.
Y brillaba la luna. Y no me pesaba.
Y seguía caminando. Y miraba mientras se dormía.

Era un sueño. Un sueño bonito. Y la criatura también.
Y en ese mismo sueño, nos quedamos dormidos.
Soñando en nuestro sueño. Deseo de soñar.
Y la noche no se acababa. Y no me pesaba.

Como estas veces que ríes soñando.
Como cuando sabes que estas soñando.
Y te gusta tanto que quieres seguir soñando.
Y te acurrucas en las sabanas, para que no acabe nunca.

Me di cuenta que tenía alas. Que en mi regazo se calmaron.
Quería volar. Y se iba volando, la noche se acababa.
La calle, el bosque o la playa, terminaban.
La luna llega un momento que deja de ser llena.

Luna nueva. Fin de la calle, el bosque o la playa.
Se fue volando, pues le llegó el día.
Me quede en la tierra, pues yo no tenía alas.
No te vayas lejos. Y tú no dejes de volar.

 
Tened cuidado lunáticos, pues las noches de luna llena,
a veces, sólo a veces, cualquier criatura lunática, como tú, se puede abalanzar sobre ti.
Y tan grande será su locura, que pensarás que la tuya puede curarse.
A veces, sólo a veces, tienes sueños increíbles, imposibles.
Ese tipo de sueños que te hacen creer en ellos
y que, fíjate que gracia, hacen que sean posibles.

martes, 28 de abril de 2015

Solo un café, sólo...


¿Quieres que tomemos un café? Sólo un café, sólo.
A mis padres les encantaba el café. Tengo esa imagen de mi padre grabada, con la taza en una mano y el ducados en la otra. No recuerdo haberle visto nunca tomarse una cerveza y menos aún una copa.
En casa se tomaban los cafés con leche condensada.
Cuando lo dejaban en la cocina o en el salón unos instantes, me acercaba y le daba un sorbito. Mmm ¡rico! me encantaba ese sabor.
Mi tía en Madrid también era adicta. Lo preparaba diferente. Daba igual, allá que iba yo relamiendo un poco cuando nadie miraba.

Soy alto, pero a los 11 o 12 años era pequeño, me llamaban pitufo.
Mi madre, muy apañada ella, empezó a darme jalea real todas las mañanas.
Me levantaba y allí tenía mi vaso de leche preparado, con cola – cao y jalea real, una bomba de relojería. Recuerdo que subía corriendo al colegio, como un rayo.
Pero el sabor se me fue haciendo realmente empalagoso, así que para “rebajar” un poco, empecé a echarle un poco de café cuando nadie miraba.
Y un poquito más y otro poquito.
Y como ya había crecido, deje la jalea real y, con el tiempo, también el cola – cao.

Como imagino muchos, no soy nadie por las mañanas hasta que no me tomo mi café, hasta ese momento no soy persona humana.
Y en el trabajo me he acostumbrado a tomar café nada más llegar, sino, no trabajo. Con mi bollito de chocolate claro, que ya no comparto con nadie, sólo para mí. Glotón.
Y antes de acostarme tengo que tomarme mi café, sino no me quedo a gustito, aunque suponga que me cueste quedarme dormido, total, me iba a costar igual.

El primer café especial que me viene a la memoria fue en Roma, en el viaje del instituto, sentado en una terraza, en la Plaza de España, con Pedro y Amaya.
“Quindici mila lire”
“¿Qué dice este tío? ¿Quince mil liras por tres cafés?”
“Quindici mila lire, per favore”
“¿Cinco mil liras por cada café? ¿¿¿¿Quinientas pelas???? Jo puta…”
Hay que reconocer que la terraza estaba muy bien y el café (capuchino) estaba especial, pero aún tengo la duda si nos timo, pues al cambio actual son casi 3 euros por café y de esto hace más de 20 años.
Da igual, los tres allí. Volvería a pagar las quindici mila lire, per favore.

Recuerdo el café con aquella chica que conocí por la zona de Tribunal. Nos quedamos mirándonos en aquel local y, casi sin darnos cuenta, habíamos dejado a nuestros amigos y estábamos solos por las calles, riéndonos, besándonos, casi sin hablar.
Nos mirábamos, nos reíamos y nos besábamos. Toda la noche, hasta que se hizo de día. Fue tan raro. Terminamos tomando un café. Quería llevarla a su casa y se volvió a reír, quería volver a verla y volvió a reírse, quería… chsss… calla… puso su dedo en mis labios, me volvió a besar y se fue. Adiós.

Recuerdo aquel café en aquella cafetería de El Cairo, cerca del zoco de Khan el Khalili, infestado de gente, voces, olores, tanta calor, tanta humedad… nos mirábamos con el rabillo del ojo, sonriendo, disimuladamente, por encima de todo y de todos, porque sabíamos lo que vendría después.
“أقدم الإبل عشرين ألف لزوجتك”
“¿Qué dice? ¿Qué quiere?”
“20.000 camellos”
“¿Cómo?”
“Que dice que te ofrece 20.000 camellos por ella”
“Jajaja, ¿20.000?”
“Sí”
20.000 camellos… me quedé mirándola, como se reía, con su piel humedecida del sudor, dios… que guapa eres joder.
“Dile que gracias, pero que no tiene camellos suficientes”.

Cafés con argentinos, los preparan bien, que me contaban sus penas y yo mis inquietudes.
Cafés en la plaza de La Madeleine, los croissants son gratis y los niños vienen de París.
Cafés delante de la chimenea, mirando el fuego, acariciando a mi gato.
Cafés… miles de cafés… de trabajo, de mañana, de tarde, de noche, con éste, con aquella, hablando sin decir nada, o sin decir nada pero diciéndolo todo, pero… pero sólo algunos especiales. Muy pocos en realidad.
¿Quieres que tomemos un café? Sólo un café, sólo…

jueves, 16 de abril de 2015

Txakolis


No había ido nunca. Lo tenía prohibido. Prohibido por mis principios y también por mi cuerpo, aún le tengo cierto aprecio. Pero mis principios hace tiempo se desmoronaron (si es que he tenido alguno) y a mi cuerpo, desde que voy a la escuela de boxeo de mi primo, le importa poco lo que le pase. El caballero apalizado, así me llama mi primo. Tiene gracia.

No fue como en esa película que todos hemos visto o, al menos, nos han contado algo. Todo el mundo se reía, se partían el culo mirando la pantalla y yo esbozaba una sonrisa, más que nada para no parecer el imbécil, el rarito del cine.

Según me iba acercando mi emisora de radio dejo de oírse bien, así que le di al buscador y allí que me salió una voz de chica a la que no entendía ni papa, la deje un rato, no sonaba mal del todo aquella voz, incluso me estaba gustando. Vale, vale, ya vale, con un ratito está bien joder, que luego uno se acostumbra.

Tenía bien claro que aparcaría mi coche en un parking, pero ¡coño!, que sitio más bueno…, al lado del casco viejo, ¿y si lo dejo aquí? Bah, venga, aquí que lo planto, no es una callejuela apartada, déjate ya de historias mendrugo. Pedazo de zoquete.  

Al casco viejo, pero a la plaza nueva. O sea, a la plaza nueva del casco viejo, que de nueva tenía poco, pero bueno, así la llaman y yo respeto mucho las costumbres locales.

-          ¿Qué quieres tomar madrileño?
-          Joder, yo que sé, lo típico de aquí ¿no?
-          ¿Yzaguirre?
-          ¿Eso qué es?
-          Vermut, pero un poco más fuerte.
-          Vale.
-          ¿Y de pintxo?
-          Yo que se…, ese de ahí tiene una pinta cojonuda.

Uno. Dos Yzaguirres…, joder están ricos...
La plaza ocupada por un escenario. Estarán de fiestas…, me importa un bledo. Ya llevo tres. Si hasta parecen majos y todo. Joder y todos hablamos el mismo idioma, esto es la hostia… ¡la hostia! Y tú que desconfiabas…

-          ¿Has visto que pinta me llevan todas? No me digas que no tienen el gusto ahí mismo, todas igual, tabla rasa.
-          Pss, pues no sé, a mí me parecen majas.
-          No me jodas macho, aquí no hay quien se coma una rosca.
-          Ni puta idea, si tú lo dices.

Estaba empezando a dejar de mirar con recelo, para empezar a mirar con curiosidad.
Y me di cuenta que a mí también me miraban con curiosidad. Con demasiada curiosidad. Merodeando.

-          ¿Pasamos a los txakolis?
-          ¿Cómo?
-          Vino blanco.
-          Ah, ¡vale!

Por la plaza y sus alrededores. Bandera por aquí, pintada por allá. Si son felices así…, mientras no me peguen un cocotazo por la espalda, así a traición.

-          Éste es que es gilipollas, te lo digo yo, así le ha pasado, el chicote buena persona, ¿para qué? con las tías hay que ser un cabrón.
-          ¿Tú crees?
-          Pues claro, siempre haciendo favores, siempre el chico bueno, te llevo, te traigo. Y mírale…. Ahora, que no será porque no se lo avisé.
-          No sé, ca uno es ca uno como dicen en mi pueblo.
-          Jajaja, ¿ca uno?
-          Si, ca uno sí, con k si lo prefieres.
-          Jajaja, tiene gracia el madrileño, ca uno es ca uno, jajaja.

El aludido tomaba su txakoli tranquilamente. Tenía ojeras. Pelo cortito. Fortachón.
No le dije nada. ¿Para qué?

-          ¿Qué? ¿Te animas?
-          ¿Qué si me animo? ¿Qué si me animo a qué?
-          Ale joder, pues a decir a voces lo que pensabas decir si venías aquí alguna vez.
-          Ah… lo de ¡Arriba España! ¡Con dos cojones!
-          Jajaja, si eso mismo.
-          Pss… pa que? Pa na. Quizás lo haga cuando me vaya, sacando el dedo por la ventanilla, ¡jodeos cabronesssss!
-          Jajaja, vamos, que no tienes cojones.
-          No es eso, es que España no existe para ellos, así que imagino me mirarían rarito.
-          Hombre… existir… si existe hostias.
-          Que no. Es como si uno de estos con los pelos que me llevan, con pendientes y demás, se planta en la Puerta del Sol y se pone a berrear a favor de la nación vasca…, yo al menos le miraría con ternura… pobre…, vamos que me descojonaría de él.
-          Jajajaja, eres la polla macho.
-          En el fondo tienen todos una pinta pijos que no pueden con ella.
-          Jajajaja.

No sé si era mi percepción, pero estaba empezando a notar una procesión acechándome y no precisamente para darme de hostias.

-          ¿Dónde cojones lo echas?
-          ¿Qué dices ahora…?
-          Joder, lo que comes y lo que bebes.
-          Pues no sé, eso mismo me pregunto yo.
-          Aguantas bien…
-          ¿Qué dices chavalote? Si quieres seguimos, acuesto a toda esta pandilla y me quedo solo en la ciudad.
-          Jajaja, chulito… no podía ser de otra forma.
-          Ni chulito ni leches. Eso sí, mañana no cuentes conmigo.
-          Jajajaja.

Para cenar nos dirigimos hacía el centro de la ciudad, a un local famoso llamado “Café Iruña”, a comer unos pinchos morunos. Local de principios de siglo, con gente de todo tipo. Había cola para coger los pinchos, que se alargaba hasta casi salir por la puerta del local.

-          Están cojonudos, ahora lo veras.
-          Me gusta como los hace el colega.
-          Jajaja, ¿Cuántos quieres?
-          Yo que se… ¿tres o cuatro, no?
-          ¿Tres o cuatro? La madre que te parió…
-          Parecen pequeños…

Al final fueron tres y tuve que repetir, pues me quedé con hambre. Y había perdido ya la cuenta de los txakolis. Y nos rodeaban. Y siempre quedaba la penúltima. Y empezó a caer una lluvia fina que, la verdad, no me molestaba en absoluto.

-          ¿Queréis que lleve yo el coche?
-          Como quieras, casi mejor que sí. Con la benemérita tengo confianza, pero con estos de la boina roja...
-          Jajaja, bueno… ¿Qué?
-          ¿Qué de qué?
-          ¿Qué tal todo? ¿Repetirás?
-          Aún no ha terminado el día… y sí, repetiré. El sur me gusta, pero he de reconocer que el norte… siempre será el Norte.
-          Así me gusta madrileño...

miércoles, 15 de abril de 2015

No tengáis piedad, pues ninguna habréis de recibir


E.M., más conocido como “el mago”, dice que soy único jugando al ajedrez, que les envuelvo, les atraigo y les hago caer hacía donde yo quiero. Que soy un profesional.

Yo le miro sonriendo, hasta que me sale la risa, pues, en el fondo, efectivamente, esto es una partida de ajedrez. No es mi intención envolver, ni atraer, ni menos aún hacer caer. De hecho, realmente, ni envuelvo, ni atraigo, ni hago caer. Creo que pocos, entre ellos él, conocen mis verdaderas intenciones, las intenciones de mi corazón. Tío... eres un puto romántico..., pero tranquilo, que no descubriré tu secreto.

La cuestión es ¿por qué cojones me buscan? ¿Porque huevos me siguen buscando? No es que me moleste, es que, simplemente, estoy agotado, ¿no se dan cuenta?

A veces me gusta escribir sobre lo que realmente me ha pasado, lo que me pasa, aunque me haya hecho atormentar muchas noches y no pueda dormir.
Me gusta porque ha sido, es, emocionante vivirlo, con mis errores, de los que no me arrepiento pues, siempre he actuado con el corazón, así es.
Quien actúa con el corazón no se equivoca nunca, si lo hiciera de manera fría, me equivocaría, pues no se hacerlo, ni estoy acostumbrado.
Aún así parezco un auténtico témpano de hielo. Sin alma, como en esta partida de ajedrez, de la que dependen tantas cosas. Para que se me entienda, un pedazo de chulo, prepotente y gilipollas. Aunque tenga que mirar fijamente y decir no.

- Si.
- Quique, ¿Qué tal? soy J.A.P.
- J.A... ¿Qué tal? cuanto tiempo.
- Pues sí, ¿Qué tal todo? ¿Bien? Te necesitamos, confiamos en ti.
- Yo ya no puedo J.A., estoy agotado, consumido.
- Eres el mejor.
- De verdad... gracias...
- Piénsalo.
- Ya está pensado. Ayudaré. En todo lo que pueda. Eso siempre. Pero sólo eso.
- ¿Lo harás?
- Sabes que sí.
- Hablamos entonces.
- Hablamos, adiós.
- Adiós.

A ver a ver a ver, ¿pero que haces tío??? ¿Porque le dices que sí???? ¡Marca! ¡Marca!!! Marca ese teléfono, y ¡mándales a la puta mierda de una puta vez!!!
Niego con la cabeza. Cierro los ojos. Me enciendo un cigarro. Miro al suelo. Miro al frente. Miro al cielo. Suspiro.

No voy a contar aquí la partida de ajedrez. Suelen ser aburridas. Con miradas, con pausas, con estrategias. Se me enroco el rey blanco, pues se vio aislado. Y el rey negro se puso de rodillas, sin piedad. Ambos están muertos.

- Joder Quique siempre te llevas tú todos los golpes.
- Tranquilo C.G., ya estoy acostumbrado, realmente me la suda.
- Joder pero es injusto, eres un buen tío.
- Eso no importa ahora, no lo pienses. Yo no soy nadie. Tienes fuerza. Nadie te hará sombra.
 
- Tengo dudas.
- No. No las tienes R.G. Yo estaré ahí. Cuidaré de ti y tu familia, aunque me vaya la vida en ello. Te lo aseguro. ¿Qué más quieres? Más es imposible.
- Tienes poder, lo intentarás.
- ¿Poder yo? Jajaja, no.... ¿Intentarlo? No. Ya lo hago. Ya lo estoy haciendo. Sigue.

- Tío, esto se va a la mierda.
- Siempre hay esperanza R.C., tú deberías saberlo el primero.
- ¿Por qué lo dices?
- Ya lo sabes, te conozco y tú a mí, aunque dudes.
- ¿Puedo?
- Quieres y debes.

 
- ¿Qué nos aconsejas?
- ¿Aconsejar? ¿Yo? Yo no se dar consejos, ni me gusta darlos, ni que me los den, si alguien te da un consejo, desconfía de él.
- ¿Entonces?
- No tengáis piedad, pues ninguna habréis de recibir.
- Consejo es.
- No, sólo es amor.

 
Había que celebrarlo. Fiesta. Copas. Palmadas en la espalda, brazos por el hombro. Alguna mirada de envidia, de claudicación, que se encuentra con la mía, fija, ¿ves? ¿Te das cuenta? Venganza. Jodete, pedazo de hijo de puta. Sufre. 

Borrachos. ¡Ey!, ¡venid! Que os voy a presentar, este es Quique, es el puto amo… ¡el puto amo! Jajajaja…
Jajajajaja, no digas eso C.G…

- Déjales. Ya tendrán tiempo de sufrir un poco. Déjales que disfruten ahora.
- ¿Sabes? Espero que no me odien por todo esto.
- Bah, ya son mayorcitos...
- Jajaja, pues sí. Lo sé. Tú lo sabías desde un principio.
- Te conozco Kike Potter…, tú serás el puto amo, pero yo soy un mago.
- Me duele por ese Rey blanco.
- Así tenía que ser, no sufras por ello. Has ganado la batalla y creo que definitivamente la guerra.
- Ya veremos.
- ¡Descansa de una vez! Ya está bien Kike, ¡ya está! ¡Disfruta joder!

 

 

 

 

jueves, 26 de marzo de 2015

Lo vi cruzar

No creo en los fantasmas. Los fantasmas no existen.
Hubo un tiempo que me quedaba a oscuras, arrodillado, sólo. Y rogaba, imploraba, que existieran. Cerraba los ojos, deseaba que algo, lo que fuese, me rozase. No sentía ningún tipo de miedo, sólo era excitación porque ocurriese. Hablaba. Contaba mi vida, esperando que me escucharan. Buscaba consuelo y apoyo.
Apoyo poco encontraba. Consuelo a veces. En cambio, lloraba. Y eso me calmaba en parte.

Con los años, aunque no paraba de reír, mi rostro se endureció. Mi ceño se frunció. Y nunca dejé de entrar en esa habitación, cada vez más fría. Y no me arrodillaba. Me quedaba de pie, mirando. Quería una explicación. Miraba fijamente a los ojos. Y esos ojos me sonreían. Y mi rostro se iba sosegando, mi ceño se iba apaciguando. Lo que no cambiaba eran mis lágrimas.

Nunca un ruido. Ni un suspiro. Ni una ráfaga de aire. Ni una luz. Nada. Me hacía la ilusión, al menos, de que existiría tranquilidad, sosiego, calma. Pero irónicamente, al mismo tiempo, a mí, a veces, me hacía sentirme rabioso, cabreado, pues ni siquiera me había dicho adiós.  

Esa noche estaba tumbado en la cama de mi habitación, con mi nene al lado, cogiéndole de la mano y acariciando su pelo. Era madrugada y por el balcón entraba la claridad de la noche, los sonidos de esa lechuza que me acompaña desde que era niño. La paz era total y yo, como otras muchas noches, aprovechaba dando vueltas a mi cabecita loca.

Miré hacía el pasillo. Lo vi cruzar. Muy despacio, muy lentamente. Era una luz muy blanca, con forma humana, que se dirigía a esa habitación fría, oscura, a la que ya nadie entraba nunca, sólo yo. Note como mis ojos se agrandaron, como mi cuerpo se sobrecogió de la emoción. Me di cuenta que había provocado en mí una sonrisa, que me había calmado hasta el punto de estar casi flotando. Cerré los ojos. Había sido real.

 
Me levanté. Me dirigí a esa habitación. Entré. Estaba allí, en una silla, mirándome, sonriéndome. Había envejecido, como si realmente hubiera pasado el tiempo. Así hubiera sido. Era alucinante. Me acerqué. Notaba, sentía, oía los latidos de mi corazón en mi pecho, iba a explotar. Me arrodillé delante. Descansé mi cabeza en su pecho y posó sus manos en mí, una en mi cabeza, la otra en mi hombro. Sin decir nada. Sentí su calor, su calma. Había deseado algo así durante años de larga espera. Me quedé así, allí, no recuerdo cuanto tiempo, quizás toda la noche. Caían mis lágrimas sin cesar, sentía como resbalaban por mi rostro continuamente, pero no estaba sollozando, ni gimiendo, ni siquiera suspirando. No estaba triste. Era un placer. Había sido un sueño. Maravilloso.

 
Los fantasmas no existen, pero los ángeles sí, aunque a veces te abandonen.

viernes, 13 de marzo de 2015

Chica dibujante


Estaba en mi apartamento, recostado en la cama, casi ya cerrando los ojos y empecé a oír ese ruido: tac tac tac tac tac tac tac tac.
Muy rápido, sin parar, seguido, así durante unos minutos. Paraba y volvía de nuevo a empezar.
Realmente no me molestaba, ni me infundía ningún tipo de sobresalto ni temor, sólo era curiosidad por saber que huevos era aquello.

A la noche siguiente, ya de madrugada, de nuevo el mismo ruido, o parecido: bum bum bum bum bum bum.
Seguía el mismo ritmo, rápido, aunque el tono era diferente. Me senté en la cama. Me levanté.
Sin duda provenía del apartamento del piso superior. Abrí la ventana y me fumé un cigarro, mirando hacia arriba por si divisaba algo.

Así estuve con el dichoso ruidito varios días, siempre de madrugada, cuando todos callaban o dormían. Me dormía con ese sonido rítmico en mis oídos.
El caso es que el ruido se iba haciendo cada vez más fuerte, más acelerado y más constante.
Era el momento de solucionar aquello. Tenía ganas de decir unas palabritas a la persona que estuviera con aquel juego. Era curiosidad.

Salí al rellano y subí las escaleras. Delante de la puerta del piso de arriba. Toqué suavemente la puerta, pues tampoco quería despertar a nadie ni formar un escándalo a esas horas.
Nada, nadie contestaba. Tampoco quise insistir. No me gusta ser pesado. Así que me di la vuelta para volver a mi apartamento. Cuando empezaba de nuevo a bajar las escaleras oí el ruido de una puerta al abrir, era la del apartamento al que había llamado. La puerta se estaba abriendo poco a poco, muy despacio.
Por el hueco brotaba una tímida claridad y una música un poco rarita, española, pero de algún grupo de estos nuevos, que no había oído en mi vida. Yo es que me quedé en Radio Futura y la verdad, actualmente, sólo escucho U2 y, en el coche, Máxima FM, para olvidar.
Os lo digo en serio, no sentí miedo, ni incertidumbre, ni dudas. Casi era excitación. Era curiosidad. Sólo quería hablar.

Habló una voz, de chica: “Hola, ¿quién es?” Me quedé a un par de metros de la puerta, no quería asustarla, aunque no soy tan feo. “Perdona, soy el vecino de abajo”. “¿Y qué quieres?”. “Nada, es que últimamente oigo un ruido continuo todas las madrugadas, como golpes pequeños, a ver, no es que me moleste, sólo era curiosidad”. “Ah… pues seré yo sí, lo siento, intentaré que no vuelva a ocurrir”. No sabía si acercarme hasta la puerta. Era curiosidad. “No pasa nada, no te preocupes, disculpa tú por molestarte a estas horas”. “No es molestia”. Seguía detrás de la puerta y yo a dos metros. “Bueno, pues… hasta mañana”. “Hasta mañana”. Empecé a bajar las escaleras. La puerta se cerró. Que imbécil eres chico.

A la noche siguiente el silencio era absoluto. Es una zona residencial, de apartamentos, y las calles están vacías, sólo de vez en cuando pasa algún coche o moto a toda ostia. Me imagino si no lo habrán robado o será alguien con mucha prisa.
Toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc
Casi me entró la risa. La madre que me pario…., ¡¡cada vez sonaba más fuerte!!
Cogí el palo de la fregona y di un golpe firme, seco, en el techo.
El ruido paró. Casi hasta me sentí culpable. Quizás era un ruido necesario para ella.
No paso ni media hora y vuelta de nuevo. ¿¿Se estaba riendo de mí?? Bueno, ahora parará.
Paraba sí. Pero volvía a los 5 o 10 minutos. Cadencioso. A un ritmo cada vez más vertiginoso.
Sonaba como si estuviera dándose cabezazos continuos, rapiditos y leves contra la pared.

¿Que podía pasar? Y no me refiero sólo a que pudiera estar pasando arriba, me refiero a que podría pasar si volvía a subir.
Allí estaba plantado de nuevo delante de la puerta. Esta vez llame normal. Oí un ruido de pies descalzos aproximarse. Y observé como me observaban por el agujerito.
La puerta se abrió. La misma claridad y música rarita.
Tendría poco más de 25 años. Alrededor de 1.70, media melena de color castaño, rizos. Carita redonda, sonrojada, y con un lunar encima del labio superior, muy sexy. Delgadita. Se la marcaban sus hombros, sus brazos. Pechos pequeños y después me di cuenta que trasero perfecto.

Me sonreía con coloretes. “Perdona, de verdad, no es mi intención hacer ningún ruido”. Reí bajando la cabeza, la miré a sus ojitos, “No, no pasa nada, si ya te dije que es curiosidad, pero oye, es que cada día que pasa va en aumento, el ruido me refiero”. Soltó la risa, “Ainss, lo siento”. “¿Pero que es lo que haces?”. “Estoy dibujando…”. “¿Y dibujas a punterazos sobre el papel o qué?, ¿algún tipo de posesión demoniaca?”. Esta vez soltó la carcajada… “jolin, no, no sé qué será, de verdad, estoy nerviosa, se me va la pinza”.

No quise preguntar más sobre el tema. Me quedé mirando. “¿Te apetece hablar? Te prometo que sólo quiero hablar, un rato, no te molestaré, si quieres nos podemos tomar un café”. “No me gusta el café, pero te invitó a tomar uno, yo me tomaré un té y…si, me apetece hablar, ¿porque no?”. “Gracias…”.
Pasé a su apartamento, muy parecido al mío. Luz tenue. Música baja. Sobre una mesa amplia tenía el ordenador y multitud de dibujos, bocetos y apuntes esparcidos sobre el escritorio, también tirados sobre el suelo. Papeles por todas partes. “La que tienes montada, ¿no?” “Es un proyecto…” “Ya…”.
Hablamos. Empatía. Interesante. Lista como ella sola. Y… la verdad… me ponía.

El ruido no cesaba. Todas las noches igual. Incluso por el día. Así que cogí por costumbre acercarme y charlar un rato. Me gustaba. La gustaba. Nos gustaba.
Empezaba el ruidito por las noches y subía. Casi era como nuestro secreto. Era la señal para avisarme. Pero no lograba descifrar el enigma de dónde provenía ese ruido ni ella me lo decía.

Me gustaba mirar como dibujaba. Y ella sentada, con una pierna doblada encima de la silla y la otra apoyada en el suelo. Y empezó. Pum pum pum pum pum pum pum pum pum pum pum.
La miré. Estaba abstraída con sus dibujos. Y descifré el enigma.
Era su pierna. Nervios. Se movía a una velocidad endiablada. Y su talón golpeaba el suelo de forma frenética. Abrí la boca para decir algo, pero no dije nada. No se daba cuenta. La miré sonriendo. Ternura. Me acerqué despacio y posé mi mano en su muslo muy lentamente. Sentí su piel. Se sobresaltó. Me miró. La miré. Tranquila… tranquila chica dibujante…, fue parándose, relajándose, hasta parar por completo. Nos sonreímos.

martes, 3 de marzo de 2015

Es que no vamos a perder, ¡vamos!


Vi a Fernando en el pueblo y, como siempre, nos abrazamos.
A pesar de la distancia, de las circunstancias, de haber perdido casi todo por el camino.
A pesar, el abrazo nos sale sólo.

Hablamos de jugar algún día al padel. Ok, cuando quieras, avísame, yo tengo menos lío que tú. Y me avisó. Y quedamos.

Y nos pusimos juntos de pareja contra dos tíos que le daban bastante bien.
Hacía tanto tiempo que no jugábamos juntos…

 
Tendríamos 13 o 14 años, él jugaba atrás en el frontón. No fallaba una. Una pared.
Yo jugaba delante, siempre arriesgando, siempre jugándomela, era mi forma de jugar, así me habían enseñado. Así había aprendido.
La compenetración era absoluta. Y nadie nos ganaba. Da igual que fueran de nuestra edad o con 20 años más. Así durante 5 o 6 años. Nos aplaudían.
Mía… era mía Fernando…, ¡es que tú tienes que estar más adelante joder! Pero que dices… estás agotado, ¡¡te tienen frito hostias!! Tú dedícate a tu zona. ¡No me sale de los huevos!. Vamos a ganar. Ya lo sé.
Y a veces “discutíamos”. ¡Vete a la mierda! ¡Que te jodan tío! ¡Que te jodan!! Venga va… vamos a calmarnos… ¡cálmate tú! Jajajaja… no lo hacemos mal, ¿no?? Ay madre…

Me caía el sudor a chorros. Casi no tenía aliento. Miré atrás. Fernando apoyado en la pared. Me acerqué… le abracé, me acuerdo, tengo la imagen gravada, le hablé: “que mal sienta perder colega”. Me contestó “es que no vamos a perder, ¡vamos!”. Le sonreí. Casi hasta me hubiera descojonado de la risa sino hubiera sido porque no me llegaba ya el oxigeno a las piernas.
Perdimos aquella final. Llegaría un momento que perderíamos. Y… fue raro…
Terminamos el partido. Dimos la mano y la enhorabuena a los ganadores.
Nos sentamos, bebiendo agua. Sin hablar. Sin decir una sola palabra. Me quedé observando el sudor en mi piel. Dejé que las gotas cayeran por mi rostro. Goteaba.
Allí sentados. Seguíamos sin hablar. Para que hablar. ¿Para que…?, nos jodía haber perdido, pero, realmente, lo que más nos jodía era saber que aquella etapa terminaba, que habíamos perdido por no cuidar, por estar a otras cosas, porque queríamos estar a otras cosas, nos jodía porque ¡¡mierdas!! Ya no éramos los mismos.
Bajamos juntos para casa. Luego nos vemos. Venga. Hasta luego. Hasta luego.

 
No juega mal al padel. Yo pensaba que lo haría peor. Aun así nos metieron un 6-0 el primer set los hijo putas. Venga va… no la olemos tío. Veremos ahora.
El segundo set nos ganaron 6-3. ¿Ves? Tampoco son tan buenos, se van a cagar. Quiero ganarles. Jajajaja joder Fernando… Tú métela dentro, no arriesgues tanto joder, dos tíos como nosotros por arriba no nos pasan, vamos a presionarles.
Sonreí. Me emocionó. Se me vinieron a la mente recuerdos.

El tercer set no lo terminamos, 4-2 nos ganaban. A la próxima… porque habrá próxima… no tengo duda que ganaremos. No hacemos mala pareja la verdad.

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...