miércoles, 25 de febrero de 2015

¡Buenos días Don Enrique!


Mi madre me lavaba la cara, me peinaba mis rizos. Era invierno y los inviernos en los pueblos son muy duros. Me ponía mi abrigo, mis guantes y aquel gorrito que me tapaba casi entero, ¡ay! ¡¡jo mama!! Calla… que hace mucho frio.

Por el camino te ibas encontrando con los chicos del pueblo. Llovía o nevaba muchas veces, era divertido. Llegabas empapado al colegio.

¡¡Buenos días Don Enrique!! ¡¡¡¡Buenos días Don Enrique!!!!

Buenos días chicos. Daba unas palmadas, pero no de orden, sino de ánimo para empezar el día. Vamos a encender la estufa, que ahora vengo. Y se iba. Y nos dejaba allí un rato solos nada más empezar la clase. Como conocía a los niños… ese rato de estar solos, contando las tonterías del día anterior, haciendo travesuras, riendo y gritando.

Volvía y parecía no importarle nuestras trastadas, se nos quedaba mirando un rato, hasta que nuestra energía se iba apaciguando.

Ufff que frío chicos. Miraba la estufa. Echaba otro tronco. Se frotaba las manos. ¿Dónde nos quedamos ayer?

Nos poníamos todos alrededor de la estufa, en círculo. Todos iguales, como en una mesa redonda. Como la Tabla Redonda del Rey Arturo.

Don Enrique nos daba Sociales, Lenguaje y Francés. Nos leía, le encantaba leer y a mí me encantaba escuchar como leía. Su voz era profunda, pero dulce, un poco carrasposa, tosía de vez en cuando, siempre estuvo un poco enfermo. Paraba, alzaba la vista, nos miraba y se levantaba a hacer alguna explicación en la pizarra. Se acariciaba su bigote o su barba, pensando. Y fumaba, porque antes los profesores fumaban en las clases.

Nos miraba detenidamente, fijamente. Y puedo asegurar que sólo lo hacía por un profundo amor hacía nosotros. Quería cuidarnos, quería saber que en el futuro seriamos felices.
No le recuerdo jamás una mala palabra, una voz ni un mal gesto, a ninguno de nosotros.
Apasionado, comprometido, noble. En definitiva, un hombre bueno.

Crecer, pasar la infancia, con una persona así, es bonito.

Nos enseñó a darnos cuenta de nuestros errores, sin decir nada, sin tener que reconocerlo.
Nos enseñó a jugar a la petanca.
Nos enseñó a amar nuestro pueblo.
Nos enseñó el mundo.
Nos enseñó.
 
A mí me enseñó a amar leer. Metiéndome en la historia, en los personajes. Me enseñó a amar las palabras, a colocarlas de forma que pudieran transmitir algo. Quería enseñarme que los sueños son posibles. Quería enseñarme a creer en mí.

Espero verle este fin de semana. Darle la mano y mirarle tal como él me miraba a mí.
Y le daré esta hoja, para que sepa que le recuerdo como si fuera hoy, para que sepa que sigo escribiendo, para sacarle una sonrisa.

maestros-delgado

viernes, 13 de febrero de 2015

Tomb Raider: Black Jack



Nos gustaba ir por la Cava Baja o la zona de Huertas, deambulando por las callejuelas.
Después de tomarnos unas cervezas en la “Taberna de Elisa”, nos íbamos a la zona de pubs y casi siempre terminábamos en el “Black Jack”, en una esquina de la Plaza de Santa Ana. Era el último en cerrar por la zona. Era un local de dos plantas, con dos ambientes. A mi me gustaba.

Después de recorrer la calle Huertas y la Plaza de Santa Ana el descojone iba en aumento y más si, como aquella noche, nos acompañaba Pulido.
Pulido era un amigo de Fernando. Pequeño (casi enano), peludo y feo como el sólo; pero todo eso lo compensaba con mucha simpatía, con desparpajo.
Entraba a todo lo que se movía. Y huían haciendo fu como el gato. Pero no le importaba. Volvía sonriendo. Entraba a los locales y no perdía tiempo en subirse encima de la tarima, bailando con aquellas tías que algunas veces le daban capones en la cabeza. Se apartaban y le dejaban sólo, incluso algunas veces se quitaba la camiseta y empezaba a moverse como un loco. Fernando y yo nos partíamos de la risa, se nos saltaban las lagrimas. El tío era feliz.

Estábamos en la planta de arriba. Charlando.
Al lado un grupo de chicas y ese Pulido que va para allá, no perdía oportunidad el tío.
Algunas veces ya ni mirábamos, ¿para que? no tardaría ni un minuto en volver al redil.
Pero no volvía. Miré. Allí estaba Pulido, hablando con ... joder!...jo...der....
Morena, melena larga, pivón, muñeca. Parecía que la habían dibujado. Parecía un comic. Me vino a la mente Lara Croft, como un flash.
¿Cómo...? ¿Cómo era posible...? ¿Cómo era posible que esa tía estuviera hablando con Pulido...?
¿Cómo era posible que, en tantas noches, todas y cada unas de las tías a las que entraba, fueran como fuesen, salieran corriendo despavoridas y aquella morenaza estuviera, siguiera aún, charlando y riéndose animadamente con él?




Todos los tíos la miraban. La devoraban con la mirada. Siempre fue así, en todo momento y en todas partes. Y ella, con esos ojazos oscuros enormes, sólo miraba a Pulido, que le llegaba a sus pechos (perfectos). Su postura era dulce, todos sus movimientos eran dulces. Erotismo puro.
Me quedé embobado. No sólo por ella, sino por la situación. Fernando no decía nada, pensaba lo mismo.
¿Cuanto tiempo paso? No me acuerdo.
Me miró un par de veces, de forma totalmente disimulada.

Eran más de las 5 de la mañana. Sus amigas ya se habían ido.
¿Se iba a liar con Pulido? No..., no me lo creo...
Se puso su abrigo, era diciembre, se dieron dos besos y se despidieron. 
Nunca me ha gustado entrar. Lo odiaba. No le encontraba sentido. Me encontraba más cómodo mirando a los ojos, acercándonos, que surgiera lo que tuviera que surgir.
Pero..., aquella noche de invierno, en aquel local, a esas horas, no podía irse sin que la dijera nada. Observé como se iba hacía la salida. No lo pensé. Fui detrás y la cogí casi en la puerta.

-          Hola, perdona, ¿ya te vas?
-          Si, es muy tarde.- Hasta su voz era sensual.
-          Ya..., sí, lo es. Sólo..., sólo quería decirte que eres preciosa, no se, se que suena raro, pero.... ¿nos podríamos ver otro día?.- Sonrió. Me miró con aquellos ojazos.-
-          Apúntame tu número y tu nombre.- Fui a la barra, pedí un boli y volví rápido.-
-          ¿Tienes algo donde pueda apuntártelo?.- Abrió su bolsito, con una dulzura y erotismo que me dejaba pasmado. Sacó una tarjeta.-
-          Apuntalo aquí.
-          Vale. Toma.- Nos quedamos mirándonos. No sabía que decirla.-
-          Me tengo que ir...
-          Bueno, pues...adiós...
-          Adiós.
-          ¿Cómo te llamas por cierto?

Hasta el nombre era diferente. Se fue. Sonreí. Estaba convencido que no se llamaba así y que jamás me llamaría, pero bueno, había sido emocionante y lo había hecho, sino, me hubiera quedado con esa sensación dentro.
Me di la vuelta y me encontré de bruces con Pulido. Me miraba con cara de mala ostia.

-          ¿Qué haces?
-          Nada tío.
-          ¿Cómo que nada? Me tiro toda la noche hablando con esa chica, y ahora vas tú detrás ¿a qué?
-          Sólo quería saludarla. No he podido evitarlo.

Lo vi venir, pero no me aparté. En cierto modo me lo había ganado. Casi tuvó que saltar (y yo que agacharme) para darme el puñetazo que me dió. Ni me inmuté. No dijé nada. Él tampoco. Nos quedamos mirándonos. Me toqué la boca, estaba sangrando. Tragué. Se dió la vuelta. Quedó para siempre entre nosotros. 

El viernes siguiente sonó el teléfono.

-          ¿Sí?
-          Buenas tardes, ¿está Quique?.- Reconocí inmediatamente esa voz...pero, no me lo acababa de creer.-
-          Si, soy yo, ¿Quién es...?
-          Sábado pasado, Black Jack, ¿ya no te acuerdas de mí?
-          Claro que me acuerdo de ti...

Paseando por el centro, por la Plaza Mayor, por Opera, por Sol, me dirijo a la Plaza de Santa Ana y siempre me quedo mirando.
El Black Jack hace tiempo que esta cerrado. Chapado. Literalmente chapado.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Cleo


Buscando entre mis papeles viejos, me he quedado con la carta entre mis manos.
Esas líneas escritas a máquina en un trozo de hoja.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí en el cajón? ¿20 años casi? Ni me acuerdo.
Ya en su momento me dejó turbado, pero ahora, al mirar de nuevo aquellas letras, un escalofrío recorre mi cuerpo entero.

Si pudiera saber que me quieres como me abrazas
Si pudiera hacer morir esta pasión que siento en tus labios.
Jamás sabrás quien soy, quien escribe estas líneas,
pues el miedo a tu rechazo es algo que me atormenta continuamente.

Me dejó turbado porque no sabía de quién podía ser. Incertidumbre. Casi hasta me parecía un juego. Era un niñato. Jamás pregunté, ni quise saber. Y la persona que me escribió así, se quedaría con ese sentimiento, con esa sensación. Una sensación cruel.

Y, ahora, un escalofrío recorre mi cuerpo. Quizás me lo merezca.

Por aquella época.... pensando ahora...

Ra no pudo ser. No lo creo. Era mayor que yo, me sacaba unos años y aunque había cariño y complicidad, sólo había morbo, sólo había sexo, sólo buscaba eso en mí.

Re menos aún, era rara como ella sola, pero besaba tan bien... Aunque, sinceramente, no la veía, ni la veo, poniéndose delante de una máquina de escribir.

Ro... ¿sería Ro? Ro era muy guapa. Guapísima. Con aquellos ojazos y esos labios en esa carita. Naricita alargada, en punta. Yo la llamaba Cleo (Cleopatra), de forma cariñosa.
Morena, con melena larga, bajita y muy delgada. Poquita cosa, pero a mi me encantaba. Sólo iba al pueblo algunos fines de semana del verano.

Al principio me veía y venía corriendo a saludarme, con esa sonrisa que ocupaba toda su cara, me daba dos besos, los ojos la chispeaban y se iba otra vez corriendo con sus amigas. ¿Cuántas veces se acercaba y se iba en toda la noche? ¿en todas las noches? Me tenía aturdido. Me hacía reír, una chica que necesitaba consuelo.

Abrázame...
Si yo te abrazo... pero me apetece besarte esa boca.
Ay no... no... por favor Quique...
¿Pero que es lo quieres de mi?
Que sólo quiero que me abraces.
¿Qué te pasa pequeña?
Déjame sentir tu pecho... sólo eso...  

Mis amigos me decían que estaba loca, perturbada, chiflada. Y encima no entendían porque yo la hacía caso. Porque seguía con aquello. Perdiendo el tiempo decían. En cierto modo quizás llevaban razón.
Pero era llegar el sábado por la noche y sólo verla me hacía sonreír, aunque supiera que iba a intentar arrastrarme, cogerme de la mano y alejarme de mis amigos, sólo para que la abrazara.

A ver como besas...
Me desconciertas... ¿lo sabes no?
Rózame...mm...me gusta...levántate la camiseta...
Jajaja, ¿Qué me levante la camiseta?
Si, para verte... uf... ¡¡¡adiós!!!

Me dejaba así muchas noches. Desaparecía como una cenicienta.
La miraba marcharse correteando. Hasta nuestro próximo encuentro...

Y los encuentros se sucedieron, muchas noches más. Aunque estuviera loca.

Paso el tiempo. No llegaba a entender del todo su actitud. Y yo con tanto por entender aún. Casi muchas veces hasta la esquivaba y eso ella lo noto.

Fiesta, risas, música, tías, cubatas, de un sitio a otro, de aquí para allá.
Y de repente me paré. Estaba allí, en un rincón, encogida, solita.
Pero... ¿pero que haces aquí Cleo?
Nada...

¡Vamos Quique! ¡Joder tío! ¡Pasa de ella de una puta vez! Mis amigos me llamaban.
No... No. Me quedo aquí. Después nos vemos.
¡Que te den! ¡Nos vamos!!

No tienes porque quedarte, vete si quieres.
Quiero quedarme. Hazme sitio.

No quería hablar. No hablaba. Yo tampoco. La abrace fuerte. La acurruque en aquel rincón de aquella peña. Con las risas y gritos fuera. Me di cuenta... de lo pequeña que era... la envolví con mi cuerpo. Poso su cabeza en mi pecho y cerro los ojos.
Fue pasando la noche y las voces y risas se fueron acallando. Ya no había nadie, pero seguíamos acurrucados. No había intentando tocarla... ni besarla... ni ella a mí, porque, en el fondo, por fin, me di cuenta que, como ella, sólo quería que me abrazase.

 

lunes, 2 de febrero de 2015

Almería


Era despertarse y sentir ya el calor por la ventana. Oyendo el bullicio que provenía de la Puerta de Purchena. Me encantaba ese sonido.
Sin ninguna inquietud, sin que tu mente tuviera recuerdos, sólo abrazar ese cuerpo desnudo y volver a hacerlo... No había prisa, nunca me han gustado las prisas, recorrer... con aquel sudor húmedo con el que amanecías.

Voy a bajar al Mercado a comprar, ¿vienes? ¿bajas conmigo?
Mmm... me quedo aquí, no te vayas lejos... vuelve rápido...
Vale, como quieras...
Esa imagen entre las sabanas, se te queda grabada en la retina.
Bajaba al Mercado, ese desparpajo de la gente, esa gracia, que te hacían sentirte cómodo.
Al volver buscaba las sombras, pues el sol ya ardía.

Esa inmensa playa con la ciudad atrás. Sin nada especial, sólo ese sol, esa claridad, esa luz.

Volvías empapado, de sal, de sudor. Te duchabas, en plural...
Una ensalada, algo fresco, pues hacía un calor que tenía hasta ruido propio. Vida propia.

Baja la ventanilla, no pongas el aire, bájala, deja que entre el viento, deja que entre el calor, que más da, si todo ya es calor.
Ibas siempre con la piel mojada. Subía sus piernas al salpicadero.
No me mires así... no me toques...

Era como estar en otro país, en otro continente. Seco, agrietado, mustio, muerto.
Arena, polvo. No sólo los caminos, también esas carreteras estrechas.
Todo parecía abandonado a su suerte. Abandonado a ese sol que lo abrasaba todo, que parecía quemarte vivo. Pero que no te mataba del todo.

Vamos a San José. Y después por esa pista de tierra, quiero llegar... lo deseo...
Andando se abría ante ti la Playa de los Genoveses. Un paraíso virgen, casi, sin nada, rodeado de nada, ni siquiera gente. Solo esa arena fina, esos árboles para darte sombra si querías, ese viento y esa agua, caliente.

Había tanta claridad, tanto sol, que se formaba niebla para no quemarte, para dejarte vivo aún. Y no te quemabas, te ibas poniendo negro sin darte cuenta.
Túmbate, la arena esta ardiendo, pero no quema... túmbate aquí.

Vamos a la Playa de Mónsul. Más lejos, más virgen aún... ese azul del mar.
Me apetece desnudarme, pasear desnuda, bañarme desnuda...
En serio?
Si...
Pues hazlo si quieres...

Sin nada a los lados de la carretera. Ni un mísero arbusto. Piedras, arena y alguna planta raquítica que se empeñaba en sobrevivir en aquel desierto, en aquella miseria.
Sube, sube hasta arriba por favor... pero despacio... como tú sólo sabes.
Tienes ojos de gata, como este sitio, que parece el fin del mundo.
Parece que te lleva el viento, pero te da lo mismo, en el cabo donde todo te da igual, al fin y al cabo, todo da igual.
Si nos caemos nos llevará el viento, no te preocupes, nos llevará a cada uno a un lugar diferente, pero a salvo.

Cae la noche y el calor se apacigua. Por las ramblas, por la calle Real, por los alrededores de la Catedral, por el barrio árabe a la entrada de la Alcazaba.
Ponte detrás amor... arrincóname... empuja... hazme soñar... ¡empújame! hazme reír... hazlo... hasta que dejemos de hacerlo...

jueves, 29 de enero de 2015

La única persona que ríe y que saluda


Debe ser la quinta vez que suena. Abro el ojo y miro: 8:15 horas.
¡¡¡Mecagoento!!! ¡Quique! ... ¡¡¡Quique!!! ¡Vamos, vamos! ¡¡Corre chico corre!

Es lo que tiene vivir así. ¡Te duermes por las mañanas! Llego tarde, en realidad siempre llego tarde a todo, pero aún así me lo tomo con calma. Mi café en la cocina. Ducha. Ya estoy más espabilado y a correr. Sin ponerme la corbata. Lo bueno de este rincón es que esta a dos pasos del metro. Salgo y ya casi me caigo dentro.

Casi siempre la misma gente. Ya me los conozco. Casi todos con su móvil o esos aparatos electrónicos que utilizan para leer, escuchar música o incluso ver pelis.
Ya nadie se mira. Nadie mira a los ojos. Y casi nadie sonríe.

Ya en el andén van apareciendo las mismas personas de todos los días. Me suelo quedar atrás, no me gusta estar al borde, esperando a que llegue.

Pasan algunas personas que conoces, con prisas, dirigiéndose a la otra punta del anden. Pasa esa chica que este año se ha apuntado al grupo de tenis, es tan joven aún, parece avergonzarse, baja la mirada y sigue adelante.

Entro y me quedo apoyado de pie. Me gusta ir de pie en el metro.

Los mismos personajes.

Esa madre de pelo corto, con gafas, con carita de agotada. Y esa niña, con síndrome de down, que parece hiperactiva, no para de cantar, a voz en grito. Es la única persona que ríe y que saluda. Es la única persona que se te queda mirando a los ojos sin tapujos, hasta que no puedes hacer otra cosa que sonreírla. La gente que es la primera vez que ve la situación mira a la niña y después a la madre, con pena. Pero la madre lee tranquilamente, la deja que cante y que se ría, sólo la dice que no se aleje de ella... Me hace sentirme a gusto, sonreír por la mañana. Se bajan en mi estación, salen y esperan un autobús. Un autobús especial, que espero la llevé a algún sitio especial, como ella.

Esa madre “choni”, con cara de angustiada, con ojeras que la bajan por el rostro, la que da voces es ella y no la niña, asustada. Parece que quiere que el vagón entero se entere de lo desgraciada que es su vida, de lo mucho que lucha y de que te puede meter un par de hostias en cualquier momento, sólo la falta decir lo de por mi hija mato. En cierto modo me da lástima, no por la niña, sino por ella. Solo la voz ya la delata.

Esa chica rubia, de ojos oscuros, que he visto algún día pasear a sus perros por el parque, siempre leyendo, siempre con ropa muy ajustada. ¿Que leerá?

Ese hombre y esa mujer que siempre entran juntos. Ella bajita, con gafas y media melena, intenta ir atractiva; y él, alto, con su traje, seguro que debe oler bien. Deben ser vecinos, o amigos, y deben trabajar en el mismo sitio, o al lado. No son pareja, pero se nota a la legua que a ella le encanta él. Le mira, se ríe con cualquier comentario que haga. Es sobre todo la mirada de ella a él. ¿Estarán liados? 

Mi amigo. A ver, no es mi amigo, de hecho no le he saludado en mi vida, pero suele ponerse al lado de mi, de pie. Y se baja en mi estación. Y debe trabajar cerca pues le he visto por la calle Velázquez algún día. Es observador. Con esa medía sonrisa.

Ese tío que me descojono con él. El típico. Entra con su traje, repeinado, con su maletín. Con su móvil. Con sus cascos. Pero..., ¿porque cojones siempre esta con el ceño fruncido? ¿Estará igual en el trabajo? ¿En su casa? Nos mira a todos como si fuéramos enemigos, como si todos fuéramos a intentar ese día quitarle su puesto de trabajo o la cartera, yo que se. 

Ese grupo de madres, que dejarán a sus hijos en alguno de los colegios cercanos, siempre son 5 ó 6, ya me conozco sus historias, hacen circulo y te van arrinconando. Y esa otra madre, morena con gafas, que me he cruzado alguna vez en el centro comercial, me mira de arriba abajo, con ojitos.

Ese hombre, inmutable, pleno invierno y sólo va con la camisa (sin corbata) y el traje, sin abrigo. Joder, ¿no pasará frio? Camina despacio.

Esa chica, tan bien vestida siempre, con ese estilo. Entra y se queda de pie, con melena castaña y ojos oscuros, guapa, se mueve con dulzura, siempre me recuerda a alguien. Alguna vez nos quedamos mirándonos.

Ese chico de color, vamos, que es negro. Perfectamente trajeado, impecable. Después de haber visto “Samba” me pregunto sino será todo fachada para que no le echen del país, un sin papeles. Espero que no sea así. Parece buen tío.

Esa chica alta, de pelo rubio largo, despampanante, siempre con tacones que no se como es capaz de moverse. Entra y, si puede, se desploma en algún asiento y al poco rato cierra los ojos y creo hasta se queda dormida. Dormirá poco, ¿no?

Pasas de repente a estar en el centro de Madrid. Me gusta el paseo que tengo hasta el trabajo. Por Príncipe de Vergara, Goya, hasta Velázquez. Por el camino siempre compró mi bollito. En esa tienda de barrio, antes vacía, que ahora se ha convertido en una cafetería – pastelería “Granier”, siempre llena. La misma señora, no me da los buenos días, sino que me desea que pase un buen día, me lo dice sonriéndome, eres el único que antes y ahora, sigue comprando mis bollitos.

Cruzo por delante de ella, sentada en su banco, con el pelo rubio, casi rapada, muy delgada, hace tiempo que nos damos los buenos días, al hacerlo baja un poco la cabeza ante mi, como diciéndome: gracias por hacerlo, por darme los buenos días.

Enciendo el ordenador y voy a la cocina. Cocinita. Pequeña. Estrecha. Me tomo mi café con mi bollito. Me fumo un cigarro. Bueno cabecita loca..., es hora de dar un poco de caña a todos estos, de alegrarles la mañana, parecen tristones.

 

miércoles, 14 de enero de 2015

Corazón de tiza en la pared


Imagino que alguna vez me lo pondría Susanita, en aquellas cartas que nos enviábamos.
Pero no era con pasión. No había pasión. Sólo había cariño, al menos por su parte.

-          Enrique, hijo, este fin de semana habría que pintar los balcones, están ya muy mal.
-          Vale Mama, no te preocupes, mañana a primera hora me pongo.

Siempre había que hacer algo. Siempre. Ese sábado habría que volver a madrugar. Me levanté temprano. Busque la pintura. Brochas. Escalera. Subiendo y bajando siempre. Siempre. Menos mal que mis primos me ayudaban.
 
-          Buenos días hombre.
-          ¿Qué pasa primo? Buenos días.
-          ¿Qué haces...?
-          Joder macho, ¿tú que crees? Pues pintar.
-          Eso ya lo veo, pero no te das cuenta que esa pintura es de hace años, tendrías que lijar antes de pintar encima.
-          Eh... ¿lijar?
-          Si, con una lija de hierro, anda, acompáñame y te dejo la herramienta que necesitas.

Sería pleno mes de julio, empezaba a hacer un calor insoportable, así que me quité la camiseta encima de aquella escalera. Lijando y pintando. Me gustaba pintar la verdad, tenía su gracia.
Vi acercarse a dos chicas, bajando la calle, venían de la parada del autobús, con sus mochilas. Las dos con gafas de sol. Me sonaba la cara de una de ellas, de haberla visto otros veranos, pero la otra era desconocida. Justo al pasar por debajo de mi, una de ellas soltó el silbido, miré hacía abajo y las vi pasar. Se partían de la risa.
 
-          Hasta luego...
-          !Hasta luego guapo!

Me quedé mirando como se alejaban, sonriendo. La desconocida se dio la vuelta y se me quedó mirando. En fin... vamos Quique, a lo tuyo.

Por la noche nos juntábamos para ir a la discoteca de verano del pueblo, a las afueras. Aún no teníamos edad, pero siempre nos colábamos o nos dejaban pasar...
Allí se congregaba toda la juventud del pueblo y parte de la de los pueblos de alrededor, siempre estaba lleno. Según iba avanzando la noche nos íbamos quedando sólo los chavales del pueblo.

Bailando en la pista con mis amigos, haciendo el chorra. Y ellas dos, que llevaban revoloteando por allí toda la noche, se pusieron al lado. Eran realmente simpáticas.

Me senté en el murete que rodeaba toda la pista, mirando como bailaba la gente, abstraído, pensando en marcharme ya para casa. Me dio esa sensación que tienes cuando intuyes que alguien te esta mirando, giré la cabeza y allí estaba, sentada, justo al lado, con las piernas cruzadas, mirándome. Me sobresalte, por la forma en que me miraba.

-          ¿Te pasa algo...?
-          No, sólo miraba...
-          Ah...vale...

Volví a dirigir mi mirada a la pista, un instante. Volví a girar mi cabeza. Seguía igual. 

-          Jajaja, ¿Por qué me estas mirando así?
-          Me pareces alucinante.
-          ¿Estas de coña no?
-          No...

Aquí pasaba algo raro. Nervios por saber con certeza que algo iba a pasar.
Su amiga se marcho de repente.
No recuerdo su nombre, sólo recuerdo que la acompañe hasta su misma puerta.
Bajando hacía el pueblo, riéndonos. Se tardan 5 minutos, pero se nos fue toda la noche por el camino, amaneciendo.
Nos parábamos, nos escondíamos...fue bonito...fue salvaje...nos quemábamos.

-          Ay jo, tengo que volver, no soy de aquí, me van a decir algo cuando llegué y tenga que llamar para que me abran...
-          Por eso mismo que no eres de aquí, quédate un rato más, ¿Qué te pueden decir?
-          Quique por favor, claro que me quedaba... pero ya es casi de día...
-          Ya, vale, tienes razón..., es muy tarde.
-          Mañana temprano volvemos a Madrid, cogemos otra vez el autobús, ¿nos podemos ver un rato antes de que salga?
-          Si, claro.
-          ¿Dónde esta tu casa desde aquí? No conozco el pueblo...
-          Aquí al lado, tu amiga seguro que lo sabe.
-          Vale, hasta mañana...
-          Hasta mañana...

El último beso. Volví a casa. Aunque estaba agotado de todo el día, me costo dormirme.

-          Enrique hijo, despierta, ha venido una chica a buscarte ya dos veces.
-          ¿Como? ¿Qué dices...? ¿Una chica??
-          Si, una chica. Ha estado esperando enfrente de casa un buen rato.

La noche anterior me vino a la mente como un vendaval. Todos los recuerdos se agolparon ahí, intentando colarse todos a la vez. Vértigo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Salté de la cama.
¿¿Que hora es?? ¡¡¡Mierdas!!! ¡¡¡Mierdas joder!!! ¡¡¡Quique joder!!!
Salí a la calle. Ya no había nadie. Ya era tarde...
Cruce la plaza, enfrente de mi casa. En la pared de la casa en ruinas, escrito con una tiza, en mayúsculas, en grande: QUIQUE TE QUIERO.

Me quedé mirando con la boca abierta. Sin saber que hacer. Era la primera vez que me lo decían así, sintiéndolo. Jamás volví a verla en mi vida.

  

martes, 13 de enero de 2015

Un romano paleto en Madrid


No era miedo, era algo así como incertidumbre, como desvelo. Imagino que simplemente nervios a lo desconocido.
Conocía Madrid, claro que si, pero una cosa es ir siempre con la familia, al cine, al Corte Ingles, al Retiro, al restaurante de abajo a comer unas tortitas; y otra, diferente, es que te dejen allí, con tu maleta y tu cara de chico tonto, para que estudies y te conviertas en alguien con futuro.

Me daba la impresión de que se reirían de mí, de que estaría sólo. Realmente tampoco me importaba mucho, sólo era la duda de cómo sería todo aquello.

Para comprender mejor la situación, comentaré una. Una situación me refiero.
Era necesario hacerse fotos. Siempre te piden fotos. Vayas donde vayas. ¿Donde hacerlas?
Existían los llamados “fotomatón”, ¿fotomatón? ¿Era así no? Esos artefactos que te encontrabas por la calle donde podías hacerte fotitos. Creo que queda alguno en alguna estación de metro.
Había uno al lado del Instituto. Allí que fui con 300 pesetas en el bolsillo. 3 monedas de 100 pesetas, en total, 300 pesetas.
Me coloque a un par de metros de aquel artilugio. Lo miré de arriba abajo. Me metí dentro. Miré. Salí. Volví a mirar. Volví a entrar. Volví a salir. Instrucciones. Meter monedas. Sentarse rápido y poner cara de gilipollas. Vale.
Vi una ranura en el exterior del artefacto (¿espacial?), con una flecha y una manita que indicaban unas “monedas”. Bien Quique bien, vas bien, tranquilo.
Metí mis 3 monedas de 100 pesetas. Una detrás de otra lo aseguro. No había casi dejado caer la tercera cuando ya estaba volando hacía el interior, sentándome en aquel taburete giratorio, no fuera a ser que saltara el fogonazo sin estar yo preparado.
Miraba al frente, sin inmutarme, sin pestañear. Oí un ruido. Paso el tiempo. ¿Me habría ya echo la foto? Aquí no pasa nada..., aquí no sale nada. ¿Y si salgo fuera? No, espera, a ver si justo cuando salgas salta el fogonazo. Espérate Quique...
Sin moverme. Silencio allí dentro, detrás de aquella cortinilla.
Pasaron los minutos...me decidí a moverme...me acerque a la pantallita, observe detenidamente. Miré arriba. Miré debajo del taburete. Sentado, mis ojos recorrían lo que tenía delante, no quería moverme mucho, no fuera a ser que ¡justo! saltara el fogonazo...
Buscaba una respuesta, algo. Y...la encontré...vi...una segunda ranura para monedas... ¿entonces? ¿Donde cojones he metido yo las mías? ¡Era también una ranura para monedas!
Mierdas Quique...¡¡¡Mierdas!!! Voy a salir...¡Que no joder! Espera... ¿pero que cojones voy a esperar...? Que mis monedas están fuera, lo mismo alguien se las ha llevado en los más de 10 minutos que llevó aquí sentado.
Alomejor hay que dar algún botón, activarlo de alguna manera. ¡Si! ¡Puede ser! Bien pensado Quique, eres un monstruo.
Busque algún botón, una indicación que dijera: “para el tonto que ha metido las monedas en la ranura exterior, puede solucionarlo apretando aquí”. Pero no, ni había botón, ni indicaciones de ese tipo.
Había que decidirse. Me levante. Salí fuera. Volví a mirar aquel artilugio de arriba abajo.
Observe la ranura donde había metido mis preciosas monedas. Apreté el botón de devolución. Nada. Volví a entrar. Me volví a sentar. Quizás es que el artefacto era lento...
Estaba empezando a comprender que algo iba mal. Volví a salir. Volví a mirar las instrucciones.
Observé una especie de cajetín en la parte baja del artefacto. Me acerque, había algo...
Cogí 3 maravillosos llaveros de plástico para fotos. Mire alrededor, imaginando que medio Madrid se estaba partiendo el culo de mí. Guarde los llaveros en mis bolsillos. Volví a casa, casi llorando de la risa, pero totalmente deprimido.

  
El primer día de clase no sabía si llegar con antelación, que casi no hubiera nadie aún, o llegar tarde, y que estuviera todo el mundo. No tuve elección. Llegué tarde, como siempre, yo diría que el último.
La mayoría hablaban entre ellos y se reían. Se conocían de los colegios o del barrio. Yo no conocía a nadie y casi nadie reparo en mí cuando entré.
El primer día nos sentaron por orden alfabético de apellidos. Me toco sentarme al lado de Mari Sol. La describiré: pelirroja, con pecas, con faldita de flores, parecía que aún estaba en el cole, una auténtica niña. Cuando me senté a su lado lo primero que me dijo fue: “que bien que te haya tocado conmigo, donde vas a estar mejor ¿verdad?”. Sino me conocía de nada la mosquita muerta..., ¿me estaba tirando los tejos? La sonreí.
Durante los primeros días no paraba de mirarme ensimismada, parpadeando sin parar, mordiéndose el labio inferior y suspirando. Literalmente tal como lo cuento.
No paraba de sonreírme. A ver..., he de reconocer que guapa era...pero también...vamos, que no era mi tipo, ¿que se le va a hacer?.
Con los años, se convirtió en una de las tías más buenas del instituto, pero ya no me miraba. En fin, cosas que pasan.

-          Enrique, ¿you understand?
-          ¿Qué? Como dice?
-          Que si estás entendiendo algo...
-          Absolutamente nada señorita.

Se partían de la risa conmigo. Era ese chico raro de pueblo que llegaba a Madrid, con un humor diferente, que se reía de lo que a ellos les parecía serio,y que no se inmutaba cuando ellos se doblaban de la risa.

Sin embargo, he de reconocer que las primeras semanas fueron duras. No conocer a nadie, no poder compartir con nadie. Lo de que fuera de pueblo parecía divertirles, algunos intentaron ser crueles. Pero no conocen a alguien de pueblo, lo corté de raíz cogiendole del cuello en plena clase y empujándole contra la pared para atizarle.

Yo conocía algo el francés, pero el inglés era inaudito para mí. Bostezaba en clase.

-          Señorita, es que yo jamás he dado inglés.
-          Ohhh ¡can not be! ¡You fool me, You should strive more …
-          ¿Folmi? ¿¿Estrib?? ¿Qué dice ahora esta tía? – “que la engañas, que te esfuerces, eso dice”, me susurraba Ernesto -
-          ¿Como? ¡Perdón! ¡Oiga! ¡Señorita!, de verdad que no la engaño, que es que no tengo ni puñetera idea..., de verdad se lo digo.

Parecía enojarse, y se ponía a escribir en la pizarra como una loca.

-          ¿You understand now???
-          Eh…yes yes yes.
-          Ok…¡¡very good!!

Joder que sudores me hacía pasar.

Era gracioso porque tenían mucho respeto a ciertos profesores. Por la “fama” que tenían. Por lo que les habían contado de ellos. Me hacía gracia cuando sólo verles venir por el pasillo, tan serios, tan estirados, tan chulos, todos corrían a sus sitios y se sentaban sin abrir el pico.
Sin embargo para mi eran los mejores, sinceramente creo que tenía complicidad con ellos.

 
En segundo conocí a Pedro. Una de las mejores personas que jamás se han cruzado en mi vida. Me sentía bien con él y su grupo. Me sentía cuidado. Me sentía querido.
Y nos reíamos, no tanto como lo hacía con Ernesto, pero nos reíamos.
En aquella clase y con aquella gente, saliendo con ellos, empecé a conocer y sentir Madrid. 

Que si joder, que vale, que le llamé hijo puta. No me arrepiento. No es que fuera el hijo de una puta, ni quisiera decir eso a su madre, dios me libre; es que era dañino, mala persona, el típico profesor que se las daba de “compi”, de gracioso, de “guay”, y luego te la clavaba por la espalda, se le veía en los ojos. Personajes a los que ya empezaba a cruzarme en mi vida.
Me expulsaron temporalmente del Instituto. Delante del Director y del Jefe de Estudios, admití mi pecado. Admití, sin ningún reparo, que le había llamado hijo de puta, y no tenía defensa ni excusa, pues la única era decirles que realmente lo era para mí. Me miraban despacio, mirando mi expediente. Decidieron expulsarme una semana. Lo peor fue explicárselo a mi tía y mi madre.

En el viaje a Italia, en Roma, me emborraché. Lo reconozco, me puse chuzo total, no fui el único, eso si. Me llevaron a la habitación del hotel, me metieron al baño, me desnudaron y me dejaron en la ducha cayendo el agua.
Me desperté ahí, en la ducha. Me miré y me asuste. Guardaba las liras en un pequeño colgante que llevaba al cuello, pues decían que robaban. Y el colgante era rojo. Y se había descolorido con el agua. Tenía el pecho y parte del resto de mi cuerpo rojo.
¡¡Me cago en to!!. Me levante, cogí una sabana de la cama y me la enrolle al cuerpo.
Salí para fuera, por los pasillos del hotel. Un tío casi en bolas, con una sabana, manchado el cuerpo de rojo, con cara de pirado. La gente huía gritando a mi paso.
Cuando Pedro y los demás me descubrieron se descojonaban de la risa:
“¡Romano! ¡Romano! ¡¡Romano!!”

Con romano me quedé. Me metí en el grupo que hacía la revista del Instituto.
Es gracioso, es sorprendente, como puedes pasar de ser el paletillo aislado que viene del pueblo a ser uno de los personajes más “populares” del “insti”.
Me buscaban en los descansos entre clases, me buscaban al salir y para salir, me buscaban para hacer “pellas” o “peyas” o como se escriba y se partían de la risa conmigo, aún no entiendo porque.

Sin embargo, terminas y, poco a poco, vas perdiendo el contacto con todo el mundo, unos detrás de otros. Y en cierto modo duele.

Hace poco me encontré con Pedro en un Centro Comercial del barrio, así, de sopetón y muchos recuerdos vuelven a tu mente. A pesar de los años, nos reconocimos de inmediato. Sin ni siquiera saludarnos, nos miramos, nos reímos, nos chocamos las manos y nos abrazamos. Volver a recuperar su amistad, volver a poder tomarme cañas con él, conversar con él, ha sido realmente emocionante. Pedrito...¿te acuerdas cuando...?


 
 

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...