viernes, 13 de marzo de 2015

Chica dibujante


Estaba en mi apartamento, recostado en la cama, casi ya cerrando los ojos y empecé a oír ese ruido: tac tac tac tac tac tac tac tac.
Muy rápido, sin parar, seguido, así durante unos minutos. Paraba y volvía de nuevo a empezar.
Realmente no me molestaba, ni me infundía ningún tipo de sobresalto ni temor, sólo era curiosidad por saber que huevos era aquello.

A la noche siguiente, ya de madrugada, de nuevo el mismo ruido, o parecido: bum bum bum bum bum bum.
Seguía el mismo ritmo, rápido, aunque el tono era diferente. Me senté en la cama. Me levanté.
Sin duda provenía del apartamento del piso superior. Abrí la ventana y me fumé un cigarro, mirando hacia arriba por si divisaba algo.

Así estuve con el dichoso ruidito varios días, siempre de madrugada, cuando todos callaban o dormían. Me dormía con ese sonido rítmico en mis oídos.
El caso es que el ruido se iba haciendo cada vez más fuerte, más acelerado y más constante.
Era el momento de solucionar aquello. Tenía ganas de decir unas palabritas a la persona que estuviera con aquel juego. Era curiosidad.

Salí al rellano y subí las escaleras. Delante de la puerta del piso de arriba. Toqué suavemente la puerta, pues tampoco quería despertar a nadie ni formar un escándalo a esas horas.
Nada, nadie contestaba. Tampoco quise insistir. No me gusta ser pesado. Así que me di la vuelta para volver a mi apartamento. Cuando empezaba de nuevo a bajar las escaleras oí el ruido de una puerta al abrir, era la del apartamento al que había llamado. La puerta se estaba abriendo poco a poco, muy despacio.
Por el hueco brotaba una tímida claridad y una música un poco rarita, española, pero de algún grupo de estos nuevos, que no había oído en mi vida. Yo es que me quedé en Radio Futura y la verdad, actualmente, sólo escucho U2 y, en el coche, Máxima FM, para olvidar.
Os lo digo en serio, no sentí miedo, ni incertidumbre, ni dudas. Casi era excitación. Era curiosidad. Sólo quería hablar.

Habló una voz, de chica: “Hola, ¿quién es?” Me quedé a un par de metros de la puerta, no quería asustarla, aunque no soy tan feo. “Perdona, soy el vecino de abajo”. “¿Y qué quieres?”. “Nada, es que últimamente oigo un ruido continuo todas las madrugadas, como golpes pequeños, a ver, no es que me moleste, sólo era curiosidad”. “Ah… pues seré yo sí, lo siento, intentaré que no vuelva a ocurrir”. No sabía si acercarme hasta la puerta. Era curiosidad. “No pasa nada, no te preocupes, disculpa tú por molestarte a estas horas”. “No es molestia”. Seguía detrás de la puerta y yo a dos metros. “Bueno, pues… hasta mañana”. “Hasta mañana”. Empecé a bajar las escaleras. La puerta se cerró. Que imbécil eres chico.

A la noche siguiente el silencio era absoluto. Es una zona residencial, de apartamentos, y las calles están vacías, sólo de vez en cuando pasa algún coche o moto a toda ostia. Me imagino si no lo habrán robado o será alguien con mucha prisa.
Toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc toc
Casi me entró la risa. La madre que me pario…., ¡¡cada vez sonaba más fuerte!!
Cogí el palo de la fregona y di un golpe firme, seco, en el techo.
El ruido paró. Casi hasta me sentí culpable. Quizás era un ruido necesario para ella.
No paso ni media hora y vuelta de nuevo. ¿¿Se estaba riendo de mí?? Bueno, ahora parará.
Paraba sí. Pero volvía a los 5 o 10 minutos. Cadencioso. A un ritmo cada vez más vertiginoso.
Sonaba como si estuviera dándose cabezazos continuos, rapiditos y leves contra la pared.

¿Que podía pasar? Y no me refiero sólo a que pudiera estar pasando arriba, me refiero a que podría pasar si volvía a subir.
Allí estaba plantado de nuevo delante de la puerta. Esta vez llame normal. Oí un ruido de pies descalzos aproximarse. Y observé como me observaban por el agujerito.
La puerta se abrió. La misma claridad y música rarita.
Tendría poco más de 25 años. Alrededor de 1.70, media melena de color castaño, rizos. Carita redonda, sonrojada, y con un lunar encima del labio superior, muy sexy. Delgadita. Se la marcaban sus hombros, sus brazos. Pechos pequeños y después me di cuenta que trasero perfecto.

Me sonreía con coloretes. “Perdona, de verdad, no es mi intención hacer ningún ruido”. Reí bajando la cabeza, la miré a sus ojitos, “No, no pasa nada, si ya te dije que es curiosidad, pero oye, es que cada día que pasa va en aumento, el ruido me refiero”. Soltó la risa, “Ainss, lo siento”. “¿Pero que es lo que haces?”. “Estoy dibujando…”. “¿Y dibujas a punterazos sobre el papel o qué?, ¿algún tipo de posesión demoniaca?”. Esta vez soltó la carcajada… “jolin, no, no sé qué será, de verdad, estoy nerviosa, se me va la pinza”.

No quise preguntar más sobre el tema. Me quedé mirando. “¿Te apetece hablar? Te prometo que sólo quiero hablar, un rato, no te molestaré, si quieres nos podemos tomar un café”. “No me gusta el café, pero te invitó a tomar uno, yo me tomaré un té y…si, me apetece hablar, ¿porque no?”. “Gracias…”.
Pasé a su apartamento, muy parecido al mío. Luz tenue. Música baja. Sobre una mesa amplia tenía el ordenador y multitud de dibujos, bocetos y apuntes esparcidos sobre el escritorio, también tirados sobre el suelo. Papeles por todas partes. “La que tienes montada, ¿no?” “Es un proyecto…” “Ya…”.
Hablamos. Empatía. Interesante. Lista como ella sola. Y… la verdad… me ponía.

El ruido no cesaba. Todas las noches igual. Incluso por el día. Así que cogí por costumbre acercarme y charlar un rato. Me gustaba. La gustaba. Nos gustaba.
Empezaba el ruidito por las noches y subía. Casi era como nuestro secreto. Era la señal para avisarme. Pero no lograba descifrar el enigma de dónde provenía ese ruido ni ella me lo decía.

Me gustaba mirar como dibujaba. Y ella sentada, con una pierna doblada encima de la silla y la otra apoyada en el suelo. Y empezó. Pum pum pum pum pum pum pum pum pum pum pum.
La miré. Estaba abstraída con sus dibujos. Y descifré el enigma.
Era su pierna. Nervios. Se movía a una velocidad endiablada. Y su talón golpeaba el suelo de forma frenética. Abrí la boca para decir algo, pero no dije nada. No se daba cuenta. La miré sonriendo. Ternura. Me acerqué despacio y posé mi mano en su muslo muy lentamente. Sentí su piel. Se sobresaltó. Me miró. La miré. Tranquila… tranquila chica dibujante…, fue parándose, relajándose, hasta parar por completo. Nos sonreímos.

martes, 3 de marzo de 2015

Es que no vamos a perder, ¡vamos!


Vi a Fernando en el pueblo y, como siempre, nos abrazamos.
A pesar de la distancia, de las circunstancias, de haber perdido casi todo por el camino.
A pesar, el abrazo nos sale sólo.

Hablamos de jugar algún día al padel. Ok, cuando quieras, avísame, yo tengo menos lío que tú. Y me avisó. Y quedamos.

Y nos pusimos juntos de pareja contra dos tíos que le daban bastante bien.
Hacía tanto tiempo que no jugábamos juntos…

 
Tendríamos 13 o 14 años, él jugaba atrás en el frontón. No fallaba una. Una pared.
Yo jugaba delante, siempre arriesgando, siempre jugándomela, era mi forma de jugar, así me habían enseñado. Así había aprendido.
La compenetración era absoluta. Y nadie nos ganaba. Da igual que fueran de nuestra edad o con 20 años más. Así durante 5 o 6 años. Nos aplaudían.
Mía… era mía Fernando…, ¡es que tú tienes que estar más adelante joder! Pero que dices… estás agotado, ¡¡te tienen frito hostias!! Tú dedícate a tu zona. ¡No me sale de los huevos!. Vamos a ganar. Ya lo sé.
Y a veces “discutíamos”. ¡Vete a la mierda! ¡Que te jodan tío! ¡Que te jodan!! Venga va… vamos a calmarnos… ¡cálmate tú! Jajajaja… no lo hacemos mal, ¿no?? Ay madre…

Me caía el sudor a chorros. Casi no tenía aliento. Miré atrás. Fernando apoyado en la pared. Me acerqué… le abracé, me acuerdo, tengo la imagen gravada, le hablé: “que mal sienta perder colega”. Me contestó “es que no vamos a perder, ¡vamos!”. Le sonreí. Casi hasta me hubiera descojonado de la risa sino hubiera sido porque no me llegaba ya el oxigeno a las piernas.
Perdimos aquella final. Llegaría un momento que perderíamos. Y… fue raro…
Terminamos el partido. Dimos la mano y la enhorabuena a los ganadores.
Nos sentamos, bebiendo agua. Sin hablar. Sin decir una sola palabra. Me quedé observando el sudor en mi piel. Dejé que las gotas cayeran por mi rostro. Goteaba.
Allí sentados. Seguíamos sin hablar. Para que hablar. ¿Para que…?, nos jodía haber perdido, pero, realmente, lo que más nos jodía era saber que aquella etapa terminaba, que habíamos perdido por no cuidar, por estar a otras cosas, porque queríamos estar a otras cosas, nos jodía porque ¡¡mierdas!! Ya no éramos los mismos.
Bajamos juntos para casa. Luego nos vemos. Venga. Hasta luego. Hasta luego.

 
No juega mal al padel. Yo pensaba que lo haría peor. Aun así nos metieron un 6-0 el primer set los hijo putas. Venga va… no la olemos tío. Veremos ahora.
El segundo set nos ganaron 6-3. ¿Ves? Tampoco son tan buenos, se van a cagar. Quiero ganarles. Jajajaja joder Fernando… Tú métela dentro, no arriesgues tanto joder, dos tíos como nosotros por arriba no nos pasan, vamos a presionarles.
Sonreí. Me emocionó. Se me vinieron a la mente recuerdos.

El tercer set no lo terminamos, 4-2 nos ganaban. A la próxima… porque habrá próxima… no tengo duda que ganaremos. No hacemos mala pareja la verdad.

miércoles, 25 de febrero de 2015

¡Buenos días Don Enrique!


Mi madre me lavaba la cara, me peinaba mis rizos. Era invierno y los inviernos en los pueblos son muy duros. Me ponía mi abrigo, mis guantes y aquel gorrito que me tapaba casi entero, ¡ay! ¡¡jo mama!! Calla… que hace mucho frio.

Por el camino te ibas encontrando con los chicos del pueblo. Llovía o nevaba muchas veces, era divertido. Llegabas empapado al colegio.

¡¡Buenos días Don Enrique!! ¡¡¡¡Buenos días Don Enrique!!!!

Buenos días chicos. Daba unas palmadas, pero no de orden, sino de ánimo para empezar el día. Vamos a encender la estufa, que ahora vengo. Y se iba. Y nos dejaba allí un rato solos nada más empezar la clase. Como conocía a los niños… ese rato de estar solos, contando las tonterías del día anterior, haciendo travesuras, riendo y gritando.

Volvía y parecía no importarle nuestras trastadas, se nos quedaba mirando un rato, hasta que nuestra energía se iba apaciguando.

Ufff que frío chicos. Miraba la estufa. Echaba otro tronco. Se frotaba las manos. ¿Dónde nos quedamos ayer?

Nos poníamos todos alrededor de la estufa, en círculo. Todos iguales, como en una mesa redonda. Como la Tabla Redonda del Rey Arturo.

Don Enrique nos daba Sociales, Lenguaje y Francés. Nos leía, le encantaba leer y a mí me encantaba escuchar como leía. Su voz era profunda, pero dulce, un poco carrasposa, tosía de vez en cuando, siempre estuvo un poco enfermo. Paraba, alzaba la vista, nos miraba y se levantaba a hacer alguna explicación en la pizarra. Se acariciaba su bigote o su barba, pensando. Y fumaba, porque antes los profesores fumaban en las clases.

Nos miraba detenidamente, fijamente. Y puedo asegurar que sólo lo hacía por un profundo amor hacía nosotros. Quería cuidarnos, quería saber que en el futuro seriamos felices.
No le recuerdo jamás una mala palabra, una voz ni un mal gesto, a ninguno de nosotros.
Apasionado, comprometido, noble. En definitiva, un hombre bueno.

Crecer, pasar la infancia, con una persona así, es bonito.

Nos enseñó a darnos cuenta de nuestros errores, sin decir nada, sin tener que reconocerlo.
Nos enseñó a jugar a la petanca.
Nos enseñó a amar nuestro pueblo.
Nos enseñó el mundo.
Nos enseñó.
 
A mí me enseñó a amar leer. Metiéndome en la historia, en los personajes. Me enseñó a amar las palabras, a colocarlas de forma que pudieran transmitir algo. Quería enseñarme que los sueños son posibles. Quería enseñarme a creer en mí.

Espero verle este fin de semana. Darle la mano y mirarle tal como él me miraba a mí.
Y le daré esta hoja, para que sepa que le recuerdo como si fuera hoy, para que sepa que sigo escribiendo, para sacarle una sonrisa.

maestros-delgado

viernes, 13 de febrero de 2015

Tomb Raider: Black Jack



Nos gustaba ir por la Cava Baja o la zona de Huertas, deambulando por las callejuelas.
Después de tomarnos unas cervezas en la “Taberna de Elisa”, nos íbamos a la zona de pubs y casi siempre terminábamos en el “Black Jack”, en una esquina de la Plaza de Santa Ana. Era el último en cerrar por la zona. Era un local de dos plantas, con dos ambientes. A mi me gustaba.

Después de recorrer la calle Huertas y la Plaza de Santa Ana el descojone iba en aumento y más si, como aquella noche, nos acompañaba Pulido.
Pulido era un amigo de Fernando. Pequeño (casi enano), peludo y feo como el sólo; pero todo eso lo compensaba con mucha simpatía, con desparpajo.
Entraba a todo lo que se movía. Y huían haciendo fu como el gato. Pero no le importaba. Volvía sonriendo. Entraba a los locales y no perdía tiempo en subirse encima de la tarima, bailando con aquellas tías que algunas veces le daban capones en la cabeza. Se apartaban y le dejaban sólo, incluso algunas veces se quitaba la camiseta y empezaba a moverse como un loco. Fernando y yo nos partíamos de la risa, se nos saltaban las lagrimas. El tío era feliz.

Estábamos en la planta de arriba. Charlando.
Al lado un grupo de chicas y ese Pulido que va para allá, no perdía oportunidad el tío.
Algunas veces ya ni mirábamos, ¿para que? no tardaría ni un minuto en volver al redil.
Pero no volvía. Miré. Allí estaba Pulido, hablando con ... joder!...jo...der....
Morena, melena larga, pivón, muñeca. Parecía que la habían dibujado. Parecía un comic. Me vino a la mente Lara Croft, como un flash.
¿Cómo...? ¿Cómo era posible...? ¿Cómo era posible que esa tía estuviera hablando con Pulido...?
¿Cómo era posible que, en tantas noches, todas y cada unas de las tías a las que entraba, fueran como fuesen, salieran corriendo despavoridas y aquella morenaza estuviera, siguiera aún, charlando y riéndose animadamente con él?




Todos los tíos la miraban. La devoraban con la mirada. Siempre fue así, en todo momento y en todas partes. Y ella, con esos ojazos oscuros enormes, sólo miraba a Pulido, que le llegaba a sus pechos (perfectos). Su postura era dulce, todos sus movimientos eran dulces. Erotismo puro.
Me quedé embobado. No sólo por ella, sino por la situación. Fernando no decía nada, pensaba lo mismo.
¿Cuanto tiempo paso? No me acuerdo.
Me miró un par de veces, de forma totalmente disimulada.

Eran más de las 5 de la mañana. Sus amigas ya se habían ido.
¿Se iba a liar con Pulido? No..., no me lo creo...
Se puso su abrigo, era diciembre, se dieron dos besos y se despidieron. 
Nunca me ha gustado entrar. Lo odiaba. No le encontraba sentido. Me encontraba más cómodo mirando a los ojos, acercándonos, que surgiera lo que tuviera que surgir.
Pero..., aquella noche de invierno, en aquel local, a esas horas, no podía irse sin que la dijera nada. Observé como se iba hacía la salida. No lo pensé. Fui detrás y la cogí casi en la puerta.

-          Hola, perdona, ¿ya te vas?
-          Si, es muy tarde.- Hasta su voz era sensual.
-          Ya..., sí, lo es. Sólo..., sólo quería decirte que eres preciosa, no se, se que suena raro, pero.... ¿nos podríamos ver otro día?.- Sonrió. Me miró con aquellos ojazos.-
-          Apúntame tu número y tu nombre.- Fui a la barra, pedí un boli y volví rápido.-
-          ¿Tienes algo donde pueda apuntártelo?.- Abrió su bolsito, con una dulzura y erotismo que me dejaba pasmado. Sacó una tarjeta.-
-          Apuntalo aquí.
-          Vale. Toma.- Nos quedamos mirándonos. No sabía que decirla.-
-          Me tengo que ir...
-          Bueno, pues...adiós...
-          Adiós.
-          ¿Cómo te llamas por cierto?

Hasta el nombre era diferente. Se fue. Sonreí. Estaba convencido que no se llamaba así y que jamás me llamaría, pero bueno, había sido emocionante y lo había hecho, sino, me hubiera quedado con esa sensación dentro.
Me di la vuelta y me encontré de bruces con Pulido. Me miraba con cara de mala ostia.

-          ¿Qué haces?
-          Nada tío.
-          ¿Cómo que nada? Me tiro toda la noche hablando con esa chica, y ahora vas tú detrás ¿a qué?
-          Sólo quería saludarla. No he podido evitarlo.

Lo vi venir, pero no me aparté. En cierto modo me lo había ganado. Casi tuvó que saltar (y yo que agacharme) para darme el puñetazo que me dió. Ni me inmuté. No dijé nada. Él tampoco. Nos quedamos mirándonos. Me toqué la boca, estaba sangrando. Tragué. Se dió la vuelta. Quedó para siempre entre nosotros. 

El viernes siguiente sonó el teléfono.

-          ¿Sí?
-          Buenas tardes, ¿está Quique?.- Reconocí inmediatamente esa voz...pero, no me lo acababa de creer.-
-          Si, soy yo, ¿Quién es...?
-          Sábado pasado, Black Jack, ¿ya no te acuerdas de mí?
-          Claro que me acuerdo de ti...

Paseando por el centro, por la Plaza Mayor, por Opera, por Sol, me dirijo a la Plaza de Santa Ana y siempre me quedo mirando.
El Black Jack hace tiempo que esta cerrado. Chapado. Literalmente chapado.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Cleo


Buscando entre mis papeles viejos, me he quedado con la carta entre mis manos.
Esas líneas escritas a máquina en un trozo de hoja.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí en el cajón? ¿20 años casi? Ni me acuerdo.
Ya en su momento me dejó turbado, pero ahora, al mirar de nuevo aquellas letras, un escalofrío recorre mi cuerpo entero.

Si pudiera saber que me quieres como me abrazas
Si pudiera hacer morir esta pasión que siento en tus labios.
Jamás sabrás quien soy, quien escribe estas líneas,
pues el miedo a tu rechazo es algo que me atormenta continuamente.

Me dejó turbado porque no sabía de quién podía ser. Incertidumbre. Casi hasta me parecía un juego. Era un niñato. Jamás pregunté, ni quise saber. Y la persona que me escribió así, se quedaría con ese sentimiento, con esa sensación. Una sensación cruel.

Y, ahora, un escalofrío recorre mi cuerpo. Quizás me lo merezca.

Por aquella época.... pensando ahora...

Ra no pudo ser. No lo creo. Era mayor que yo, me sacaba unos años y aunque había cariño y complicidad, sólo había morbo, sólo había sexo, sólo buscaba eso en mí.

Re menos aún, era rara como ella sola, pero besaba tan bien... Aunque, sinceramente, no la veía, ni la veo, poniéndose delante de una máquina de escribir.

Ro... ¿sería Ro? Ro era muy guapa. Guapísima. Con aquellos ojazos y esos labios en esa carita. Naricita alargada, en punta. Yo la llamaba Cleo (Cleopatra), de forma cariñosa.
Morena, con melena larga, bajita y muy delgada. Poquita cosa, pero a mi me encantaba. Sólo iba al pueblo algunos fines de semana del verano.

Al principio me veía y venía corriendo a saludarme, con esa sonrisa que ocupaba toda su cara, me daba dos besos, los ojos la chispeaban y se iba otra vez corriendo con sus amigas. ¿Cuántas veces se acercaba y se iba en toda la noche? ¿en todas las noches? Me tenía aturdido. Me hacía reír, una chica que necesitaba consuelo.

Abrázame...
Si yo te abrazo... pero me apetece besarte esa boca.
Ay no... no... por favor Quique...
¿Pero que es lo quieres de mi?
Que sólo quiero que me abraces.
¿Qué te pasa pequeña?
Déjame sentir tu pecho... sólo eso...  

Mis amigos me decían que estaba loca, perturbada, chiflada. Y encima no entendían porque yo la hacía caso. Porque seguía con aquello. Perdiendo el tiempo decían. En cierto modo quizás llevaban razón.
Pero era llegar el sábado por la noche y sólo verla me hacía sonreír, aunque supiera que iba a intentar arrastrarme, cogerme de la mano y alejarme de mis amigos, sólo para que la abrazara.

A ver como besas...
Me desconciertas... ¿lo sabes no?
Rózame...mm...me gusta...levántate la camiseta...
Jajaja, ¿Qué me levante la camiseta?
Si, para verte... uf... ¡¡¡adiós!!!

Me dejaba así muchas noches. Desaparecía como una cenicienta.
La miraba marcharse correteando. Hasta nuestro próximo encuentro...

Y los encuentros se sucedieron, muchas noches más. Aunque estuviera loca.

Paso el tiempo. No llegaba a entender del todo su actitud. Y yo con tanto por entender aún. Casi muchas veces hasta la esquivaba y eso ella lo noto.

Fiesta, risas, música, tías, cubatas, de un sitio a otro, de aquí para allá.
Y de repente me paré. Estaba allí, en un rincón, encogida, solita.
Pero... ¿pero que haces aquí Cleo?
Nada...

¡Vamos Quique! ¡Joder tío! ¡Pasa de ella de una puta vez! Mis amigos me llamaban.
No... No. Me quedo aquí. Después nos vemos.
¡Que te den! ¡Nos vamos!!

No tienes porque quedarte, vete si quieres.
Quiero quedarme. Hazme sitio.

No quería hablar. No hablaba. Yo tampoco. La abrace fuerte. La acurruque en aquel rincón de aquella peña. Con las risas y gritos fuera. Me di cuenta... de lo pequeña que era... la envolví con mi cuerpo. Poso su cabeza en mi pecho y cerro los ojos.
Fue pasando la noche y las voces y risas se fueron acallando. Ya no había nadie, pero seguíamos acurrucados. No había intentando tocarla... ni besarla... ni ella a mí, porque, en el fondo, por fin, me di cuenta que, como ella, sólo quería que me abrazase.

 

lunes, 2 de febrero de 2015

Almería


Era despertarse y sentir ya el calor por la ventana. Oyendo el bullicio que provenía de la Puerta de Purchena. Me encantaba ese sonido.
Sin ninguna inquietud, sin que tu mente tuviera recuerdos, sólo abrazar ese cuerpo desnudo y volver a hacerlo... No había prisa, nunca me han gustado las prisas, recorrer... con aquel sudor húmedo con el que amanecías.

Voy a bajar al Mercado a comprar, ¿vienes? ¿bajas conmigo?
Mmm... me quedo aquí, no te vayas lejos... vuelve rápido...
Vale, como quieras...
Esa imagen entre las sabanas, se te queda grabada en la retina.
Bajaba al Mercado, ese desparpajo de la gente, esa gracia, que te hacían sentirte cómodo.
Al volver buscaba las sombras, pues el sol ya ardía.

Esa inmensa playa con la ciudad atrás. Sin nada especial, sólo ese sol, esa claridad, esa luz.

Volvías empapado, de sal, de sudor. Te duchabas, en plural...
Una ensalada, algo fresco, pues hacía un calor que tenía hasta ruido propio. Vida propia.

Baja la ventanilla, no pongas el aire, bájala, deja que entre el viento, deja que entre el calor, que más da, si todo ya es calor.
Ibas siempre con la piel mojada. Subía sus piernas al salpicadero.
No me mires así... no me toques...

Era como estar en otro país, en otro continente. Seco, agrietado, mustio, muerto.
Arena, polvo. No sólo los caminos, también esas carreteras estrechas.
Todo parecía abandonado a su suerte. Abandonado a ese sol que lo abrasaba todo, que parecía quemarte vivo. Pero que no te mataba del todo.

Vamos a San José. Y después por esa pista de tierra, quiero llegar... lo deseo...
Andando se abría ante ti la Playa de los Genoveses. Un paraíso virgen, casi, sin nada, rodeado de nada, ni siquiera gente. Solo esa arena fina, esos árboles para darte sombra si querías, ese viento y esa agua, caliente.

Había tanta claridad, tanto sol, que se formaba niebla para no quemarte, para dejarte vivo aún. Y no te quemabas, te ibas poniendo negro sin darte cuenta.
Túmbate, la arena esta ardiendo, pero no quema... túmbate aquí.

Vamos a la Playa de Mónsul. Más lejos, más virgen aún... ese azul del mar.
Me apetece desnudarme, pasear desnuda, bañarme desnuda...
En serio?
Si...
Pues hazlo si quieres...

Sin nada a los lados de la carretera. Ni un mísero arbusto. Piedras, arena y alguna planta raquítica que se empeñaba en sobrevivir en aquel desierto, en aquella miseria.
Sube, sube hasta arriba por favor... pero despacio... como tú sólo sabes.
Tienes ojos de gata, como este sitio, que parece el fin del mundo.
Parece que te lleva el viento, pero te da lo mismo, en el cabo donde todo te da igual, al fin y al cabo, todo da igual.
Si nos caemos nos llevará el viento, no te preocupes, nos llevará a cada uno a un lugar diferente, pero a salvo.

Cae la noche y el calor se apacigua. Por las ramblas, por la calle Real, por los alrededores de la Catedral, por el barrio árabe a la entrada de la Alcazaba.
Ponte detrás amor... arrincóname... empuja... hazme soñar... ¡empújame! hazme reír... hazlo... hasta que dejemos de hacerlo...

jueves, 29 de enero de 2015

La única persona que ríe y que saluda


Debe ser la quinta vez que suena. Abro el ojo y miro: 8:15 horas.
¡¡¡Mecagoento!!! ¡Quique! ... ¡¡¡Quique!!! ¡Vamos, vamos! ¡¡Corre chico corre!

Es lo que tiene vivir así. ¡Te duermes por las mañanas! Llego tarde, en realidad siempre llego tarde a todo, pero aún así me lo tomo con calma. Mi café en la cocina. Ducha. Ya estoy más espabilado y a correr. Sin ponerme la corbata. Lo bueno de este rincón es que esta a dos pasos del metro. Salgo y ya casi me caigo dentro.

Casi siempre la misma gente. Ya me los conozco. Casi todos con su móvil o esos aparatos electrónicos que utilizan para leer, escuchar música o incluso ver pelis.
Ya nadie se mira. Nadie mira a los ojos. Y casi nadie sonríe.

Ya en el andén van apareciendo las mismas personas de todos los días. Me suelo quedar atrás, no me gusta estar al borde, esperando a que llegue.

Pasan algunas personas que conoces, con prisas, dirigiéndose a la otra punta del anden. Pasa esa chica que este año se ha apuntado al grupo de tenis, es tan joven aún, parece avergonzarse, baja la mirada y sigue adelante.

Entro y me quedo apoyado de pie. Me gusta ir de pie en el metro.

Los mismos personajes.

Esa madre de pelo corto, con gafas, con carita de agotada. Y esa niña, con síndrome de down, que parece hiperactiva, no para de cantar, a voz en grito. Es la única persona que ríe y que saluda. Es la única persona que se te queda mirando a los ojos sin tapujos, hasta que no puedes hacer otra cosa que sonreírla. La gente que es la primera vez que ve la situación mira a la niña y después a la madre, con pena. Pero la madre lee tranquilamente, la deja que cante y que se ría, sólo la dice que no se aleje de ella... Me hace sentirme a gusto, sonreír por la mañana. Se bajan en mi estación, salen y esperan un autobús. Un autobús especial, que espero la llevé a algún sitio especial, como ella.

Esa madre “choni”, con cara de angustiada, con ojeras que la bajan por el rostro, la que da voces es ella y no la niña, asustada. Parece que quiere que el vagón entero se entere de lo desgraciada que es su vida, de lo mucho que lucha y de que te puede meter un par de hostias en cualquier momento, sólo la falta decir lo de por mi hija mato. En cierto modo me da lástima, no por la niña, sino por ella. Solo la voz ya la delata.

Esa chica rubia, de ojos oscuros, que he visto algún día pasear a sus perros por el parque, siempre leyendo, siempre con ropa muy ajustada. ¿Que leerá?

Ese hombre y esa mujer que siempre entran juntos. Ella bajita, con gafas y media melena, intenta ir atractiva; y él, alto, con su traje, seguro que debe oler bien. Deben ser vecinos, o amigos, y deben trabajar en el mismo sitio, o al lado. No son pareja, pero se nota a la legua que a ella le encanta él. Le mira, se ríe con cualquier comentario que haga. Es sobre todo la mirada de ella a él. ¿Estarán liados? 

Mi amigo. A ver, no es mi amigo, de hecho no le he saludado en mi vida, pero suele ponerse al lado de mi, de pie. Y se baja en mi estación. Y debe trabajar cerca pues le he visto por la calle Velázquez algún día. Es observador. Con esa medía sonrisa.

Ese tío que me descojono con él. El típico. Entra con su traje, repeinado, con su maletín. Con su móvil. Con sus cascos. Pero..., ¿porque cojones siempre esta con el ceño fruncido? ¿Estará igual en el trabajo? ¿En su casa? Nos mira a todos como si fuéramos enemigos, como si todos fuéramos a intentar ese día quitarle su puesto de trabajo o la cartera, yo que se. 

Ese grupo de madres, que dejarán a sus hijos en alguno de los colegios cercanos, siempre son 5 ó 6, ya me conozco sus historias, hacen circulo y te van arrinconando. Y esa otra madre, morena con gafas, que me he cruzado alguna vez en el centro comercial, me mira de arriba abajo, con ojitos.

Ese hombre, inmutable, pleno invierno y sólo va con la camisa (sin corbata) y el traje, sin abrigo. Joder, ¿no pasará frio? Camina despacio.

Esa chica, tan bien vestida siempre, con ese estilo. Entra y se queda de pie, con melena castaña y ojos oscuros, guapa, se mueve con dulzura, siempre me recuerda a alguien. Alguna vez nos quedamos mirándonos.

Ese chico de color, vamos, que es negro. Perfectamente trajeado, impecable. Después de haber visto “Samba” me pregunto sino será todo fachada para que no le echen del país, un sin papeles. Espero que no sea así. Parece buen tío.

Esa chica alta, de pelo rubio largo, despampanante, siempre con tacones que no se como es capaz de moverse. Entra y, si puede, se desploma en algún asiento y al poco rato cierra los ojos y creo hasta se queda dormida. Dormirá poco, ¿no?

Pasas de repente a estar en el centro de Madrid. Me gusta el paseo que tengo hasta el trabajo. Por Príncipe de Vergara, Goya, hasta Velázquez. Por el camino siempre compró mi bollito. En esa tienda de barrio, antes vacía, que ahora se ha convertido en una cafetería – pastelería “Granier”, siempre llena. La misma señora, no me da los buenos días, sino que me desea que pase un buen día, me lo dice sonriéndome, eres el único que antes y ahora, sigue comprando mis bollitos.

Cruzo por delante de ella, sentada en su banco, con el pelo rubio, casi rapada, muy delgada, hace tiempo que nos damos los buenos días, al hacerlo baja un poco la cabeza ante mi, como diciéndome: gracias por hacerlo, por darme los buenos días.

Enciendo el ordenador y voy a la cocina. Cocinita. Pequeña. Estrecha. Me tomo mi café con mi bollito. Me fumo un cigarro. Bueno cabecita loca..., es hora de dar un poco de caña a todos estos, de alegrarles la mañana, parecen tristones.

 

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...