lunes, 30 de mayo de 2016

No es el fin del mundo


Si ya lo sé que no es el fin del mundo, pero jode, bastante. Imagino que alguno de estos años se conseguirá, pero hasta entonces, te quedas con cara de gilipollas, de tontito.

Un madridista esta mañana en el trabajo lo primero que me ha dicho, nada más verme, ha sido: “Lo siento”. Como si hubiese muerto alguien o se hubiese acabado mi mundo. Yo creo que lo ha dicho con miedo, así por lo bajini, porque sabía que cualquier otro comentario podría haber acabado con una bofetada mía en forma de respuesta.

En general (al menos conmigo) los madridistas, muy propensos muchos de ellos a mofarse del contrario, pues no saben ganar (no les han enseñado) y menos aún perder (no están acostumbrados), han actuado con mesura. Ni wasaps, ni llamadas, ni comentarios. Silencio y calma total. Y no es que no lo deseasen (el regocijarse en la desgracia ajena me refiero,) pero creo que en esta ocasión les ha podido la sospecha a las posibles contestaciones (con razón).

Únicamente algún perdido, que entiende de futbol lo que yo de física, se ha dedicado a lanzar y copiar mensajitos. Uno de ellos, en el wasap de tenis y pádel, ha puesto como imagen del grupo a alguien aún más borderline que él mismo: S. Ramos. Y acto seguido este comentario: “dedicado a Enrique, un madridista reconocido”. Le veré mañana y seguro que alguna tontería saldrá de su boca. Depende de cómo me pille quizás se le acaben las ganas de hacer bromas conmigo durante una temporada.

Sinceramente tenía malas vibraciones. No tenía ninguna esperanza de ganar. Sabía que de nuevo se perdería, como hace dos años, así que me lo tome con filosofía. Cuando no esperas nada, cualquier cosa vale.

Hace dos años vi el partido fuera de Madrid. Después de vivir una ilusión durante toda la temporada, de soñar con conseguir lo que anhelas, te encuentras de bruces con una patada en los morros, en forma de injusticia y desprecio fuera de tiempo y lugar.

Vi el partido con mi amigo Pablo. Le felicite según iban pasando esos minutos regalados que ya no servían para absolutamente nada, y él, conocedor de mi dolor, no dejo entrever un solo atisbo de alegría en su comportamiento. Terminó el partido y nos tomamos un fresquito, fumándonos un cigarro, en el silencio de la noche, comentando momentos triviales de la final, dejándome en paz, pues sabía que para mí era un sueño incumplido, una historia muy mal acabada.

He aprendido en estos dos años a creer en muy pocas cosas. Las situaciones y las personas te van enseñando a comprobar que la crueldad se va regalando sin más. Que las palabras sin sentido (sin sentir) se venden baratas. Que el mercado de los sueños está podrido por dentro, aunque la manzana reluzca por fuera. Que el populismo de usar y tirar absolutamente todo está de moda, a la orden del día. En definitiva, el famoso refrán: “ande yo caliente… ríase la gente”, tomado en su acepción de: me importa tres cojones como te vaya en la vida, que la mía me va de puta madre, ya te usé para lo que me servías. A otra cosa mariposa.

Este año he visto el partido en Madrid, en casa de mi hermana. No tienen televisión (hay gente para todo) y pensaron de proyectar en la pared la señal de internet desde el portátil. Resultado: vimos el partido (cuando pudimos) con una media de 5-10 minutos de retraso. Vimos el partido en nuestro mundo, apartados de la realidad. Una realidad vivida casi en un sueño, sin ningún sentido, pero casi igual de emocionante.

Al menos fue divertido y me alegre por mi hijo, que saltaba como un mono al terminar los penaltis. Aun siendo un niño, le salió el tufillo mal criado madridista, así que le cogí por banda, a él y al primo y les dije: “tenéis que estar contentos porque ha ganado vuestro equipo, no porque ha perdido el contrario. Esta feo y es cruel reírse de la derrota del otro”. Se me quedaron mirando con carita. “Venga, ¡vamos a chillar por la ventana!, que os voy a encender unas bengalas”. “Yupiiiiiiiiiiiiiii”.

Ya había aprendido en mi vida a valorar lo realmente importante, aquello que merece la pena. Ahora he aprendido a valorar a las personas, a aquellas que realmente merece la pena cuidar y respetar. He aprendido a dar según recibes. He aprendido a querer únicamente a aquellas personas que te miran a los ojos y te sonríen. A aquellas personas a las que les interesa y les emociona tu existencia.

De pequeño yo era del Madrid. Pero lo llevaba en secreto, pues todo el mundo pensaba que por tradición familiar yo debía ser del Atleti. Y era gracioso, pues me alegraba y emocionaba con las victorias del Madrid, aunque se supone me la debía traer floja. Pero me llegaba al alma la forma de despreciar y mofarse de los atléticos de ciertos madridistas. No lo entendía. Y eso hizo que, cada vez con más fuerza, me acercará al sentimiento Atlético, hasta terminar apoyándoles y sufriendo con ellos.

En fin, que soñado lo soñado y vivido lo vivido, lo mejor es preparar una buena fiesta, con su barbacoa y sus coloraos (y coloras). Estáis todos invitados (incluidos los madridistas).

martes, 26 de abril de 2016

Cierra los ojos

Como un astronauta aterrizando en algún planeta lejano, como un paracaidista cayendo en un desierto, como un buzo andando por el fondo del mar.
Como un monigote, como un click de famobil, asustado al principio, andando con sigilo por esa espalda. Era suavidad, ternura.

Aterrizó y rodo por la cuesta. Sus pequeñas piernas le hicieron levantarse y huir asustado. Se asomó con miedito y empezó a andar.

Sus pies empezaron a subir despacio, como descubriendo un nuevo mundo. Subiendo, hasta la nuca. Y se adentró en su melena, con mucho cuidado, con mucho mimo, desenredando. Volvió a salir y fue andando por el borde hasta los hombros. Allí se quedó un rato. Le encantaban aquellos hombros, contemplar el horizonte desde allí.

Se sentía relajado y sentía la relajación bajo sus pies.
No quería abandonar aquellos hombros, pero volvió sobre sus pasos, escalando de nuevo por su cabello. Sintió calor, el roce de un abrigo y allí se quedó a dormir, ronroneando a gustito.

Despertó hecho un ovillo, como un koala. Miro afuera y contempló el día. Cogió su trineo y se deslizó hacía abajo como un niño pequeño sobre la nieve. Le gustó tanto que volvió a subir y volvió a lanzarse. Y volvía a subir, agarrándose con las uñas por los costados hasta sus hombros, sintiendo como el suelo se estremecía a su paso. Se tumbaba allí y besaba el suelo.

Volvió a lanzarse rodando sobre sí mismo, haciendo la croqueta. Le gustaba tanto que saltaba de la emoción. Cansado se detuvo en aquel valle, tumbado, acariciando, allí no llegaba el viento. Volvió a dormirse, era un dormilón.

Trepó aquella cuesta, descalzo, no había tenido nunca una sensación así. El silencio era absoluto. Paseando. Acariciando la tierra bajo sus pies. Se dejó llevar. Lo quería para sí. Lo quería agarrar y hasta morder. Desprevenido cayo al precipicio, no le importó.

Ese planeta, ese desierto, el fondo de aquel mar, giraron para él. Ese mundo deseaba estar más relajado aun. Y él sabía cómo relajar al mundo.

Lentamente. Tan lento que los segundos no avanzaban. Milímetro a milímetro, acercando sus yemas, hasta posarlas muy poco a poco. Acariciándolo. Ardiendo.
Era su rostro. Su frente, sus parpados, su nariz, sus pómulos, su boca… Ahondando en su cabello, desenredando y peinando su melena.

Si, como un imán. Lo que no sabía ese mundo es que era su rostro el que realmente acariciaba y relajaba.

¿Qué es lo que más te gusta? Esto cariño, esto.
Cierra los ojos pequeña.
¿Sabes? Solo por esto hubiera viajado en una nave espacial, me hubiera tirado en paracaídas o habría bajado al fondo del mar.

martes, 19 de abril de 2016

19 de Abril

El viernes pasado me di un buen golpazo jugando al pádel. Reboté contra la pared y boté en el suelo, como si fuera la mismísima pelota. Me quedé tumbado boca arriba sin respiración. Me gusta darlo todo, también en el pádel, aunque me quede sin aire. Se acercaron todos corriendo. “Nada, tranquilos, me he dado ostias peores”. Me levanté yo solo, medio mareado. Un día como hoy, de hace tantos años ya que casi ni me acuerdo, murió mi padre. Quizás por eso me decido a escribirlo, porque los recuerdos se van diluyendo, aunque si cierro los ojos y fuerzo la mente, los flashes me vienen a la memoria.

Ayer mismo soñé con él. Tengo ya comprobado que cuando me quedo dormido en el sofá boca arriba, tengo los sueños más estrambóticos. Fue gracioso. Soñé que estaba en mi casa y unos clientes de mi empresa aparecieron de repente para firmar un contrato. Eran las ocho y media de la tarde. No los esperaba, aunque luego me enteré que sí que había quedado con ellos. Encendí mi portátil buscando el puto contrato, pero no lo encontraba en ninguna carpeta. No tenía conexión a internet. Me estaba empezando a poner nerviosito. Ya no sabía que decirles ni dónde meterles. Me puse a buscar por toda la casa el puto contrato, abriendo los cajones. Lo único que apareció fueron mis raquetas antiguas. Y mi padre al lado de mí todo el rato, observando mis movimientos, sonriéndome de forma dulce y compasiva, imagino le haría gracia la situación.

Tenía escrito, descrito, como murió. Esas horas y momentos interminables. Todo visto desde los ojos de un chico que no entendía nada, que pensaba que todo aquello era una pesadilla de la que no tardaría en despertar. Tenía descrita cada una de mis miradas, cada uno de mis sentimientos. Tenía descrita la crueldad y la muerte delante de mí. Cómo un cuerpo caliente pasa en horas a estar frio como el hielo, hasta casi quemarte. No recuerdo llorar, pues estaba ido. Lloré después, pues el dolor en el pecho se te agudiza cuando eres consciente de la ausencia.

Me han dicho que no describa su muerte. Ese día de muerte. Que me lo guarde para mí. Que es algo íntimo. No suelo hacer caso a nadie, pero en este caso lo haré. También porque mi hermana me ha empezado a leer y, joder, no creo que le guste demasiado reencontrarse con esos recuerdos, menuda bienvenida más cojonuda le daría a mi blog.   

Hace casi 2 meses que no escribía nada. ¿Por qué? Ni puta idea. Como si a esa carpeta “personal” con mis “historias y relatos” la hubiese puesto una contraseña que ni yo mismo era capaz de recordar ni descifrar.

Mi padre era un hombre cualquiera en un pueblo cualquiera.
Más bien bajito, casi sin barriga, con entradas en su pelo rizado, la piel de la cara y brazos muy morena, curtida por el sol, ojos oscuros, boca y nariz bonitas. Más bien serio, aunque, cuando se reía, su carcajada era inconfundible y resonaba como ella sola. Fue concejal de mi pueblo. Yo siempre lo recuerdo en el Ayuntamiento, más que en nuestra propia casa.

Hay gente que escribe por simple negocio. Tienen en su mente un proyecto mercantil y lo siguen a rajatabla. Hay gente que escribe por amor. Un cobarde es incapaz de mostrar amor, hacerlo está reservado para los valientes.

A mi padre le encantaba el deporte. Cualquier deporte. Su obsesión fue construir el frontón municipal y la pista polideportiva. Hasta que no lo consiguió no paró. Y ese sueño, el sueño de su vida, fue en parte la causa de su muerte. Porque fumaba como un carretero, dos paquetes de ducados al día, y después lo daba todo en el frontón. Le encantaba jugar. Jugar con sus amigos. Jugar conmigo.

Nunca hablé mucho con mi padre. Cosas triviales. Nunca fue muy cariñoso conmigo.
Aprendí de él por sus actos y sus silencios. Amaba a mi madre por encima de todas las cosas. Amaba a su pueblo por encima de su propia casa.
Crecí rodeado de televisiones, radios, planchas, etc, etc, de todos los vecinos del pueblo. Pues mi padre era un “manitas” y, en sus ratos libres, se dedicaba a arreglar los aparatos de los demás. Sin cobrar una mísera peseta. Por aquel entonces, el 100 % de las antenas de las casas de mi pueblo fueron colocadas por mi padre. Siempre imaginé que moriría cayendo de algún tejado.

Hay gente que solo escribe cuando le invade la tristeza, la soledad, el silencio. Las letras se convierten en pequeñas hormigas trabajadoras, que se afanan por llevar su carga a algún sitio escondido bajo tierra. Hay gente que escribe sueños, ilusiones, fantasías, sin saber que los sueños son el final del camino.

Le encantaba pescar. Recuerdo los veranos, deseando salir a las 3 del cole, bajar corriendo a casa, comer y bajar al rio con mi padre. Si pescar puede ser aburrido, ver pescar ya ni te cuento. Aun así, siempre bajaba con él, porque el rio ejercía sobre mí una atracción extraña. Me acercaba hasta casi el borde, mirando como mis pequeñas zapatillas se mojaban con el agua, balanceándome, mirando. Mi padre me reñía, según él porque espantaba a los lucios. Así que me dedicaba a explorar y observar. A comer moras y membrillo, a recoger flores para mi madre, a buscar tréboles de 4 hojas. Me gustaba el sonido de los abejorros.

Le encantaba ir a coger setas. A mí también. Pasear entre los chopos del valle, ir de uno a otro, buscando cerca de las raíces. Me hechizaba apartar las hojas secas, no sabiendo si te encontrarías una seta o un sapo. Volvíamos a casa sucios, embarrados, pero contentos con nuestras setas.
Al mus era un hacha. Eso decían. Me hubiera gustado haber podido jugar con él, aunque hubiera sido una sola mano. Yo me ponía a su lado en el bar, mirando. No entendía absolutamente nada, pero me gustaba mirar como cogía las cartas, como las trataba, los comentarios que hacía, como sacaba de sus casillas a los contrarios. Me flipaba escuchar su risa. “Anda hijo, vete para casa, que ya es tarde”.

Hay gente que escribe para otras personas. Mandando mensajes como en una botella, que casi nunca llegan a ninguna playa, pues se pierden en mitad del mar. También los hay que escriben por puro placer, oyendo como su corazón se ralentiza y relaja.

Con mi Padre se asfaltaron las calles principales del pueblo, donde antes solo había tierra y barro. Se construyó el Centro Social, el Centro Médico. Se instaló el repetidor de televisión. Se empezó a recoger la basura de las casas. Se construyeron viviendas como nunca. Mi pueblo bullía de vida y gente. De unión y risas. Esto, está claro, no viene a cuento ni le importa a nadie, pero a mí sí. Hizo añicos su coche bajando a los motores del río, para arreglarlos con sus propias manos, para que la gente, su gente, pudiera beber agua y lavarse la cara. Eso es compromiso por quién te ha elegido para un puesto. Todo lo demás para mí no existe.

Le encantaba hacerme rabiar. Cogerme en el sofá y aprisionarme haciéndome cosquillas. Le encantaba hacerme correr jugando al frontenis. Aprendí a jugar dándolo todo, a arriesgar siempre, pues él era un pillo jugando. Su risa. Su risa.
Cuando me ponía malo, lloriqueaba para que viniese a verme a la cama, mi médico. Llegaba, se arrimaba a mi lado, ponía su mano en mi frente. “No tienes nada, venga, a dormir, mañana se te habrá pasado”. La relajación invadía mi mundo y me dormía como lo que era, un niño pequeño.

Mi padre fue respetado y querido, por todos y cada uno de los vecinos del pueblo y por toda su familia. Aun hoy, tantos años después, a muchos de ellos se les humedecen los ojos cuando me hablan de él en el bar del pueblo. Vivió y murió. Nada volvió a ser lo mismo, ni en mi pueblo ni en mi casa. Pero estoy aquí. Y veo a mi hijo, y le veo a él, pues son idénticos.

La ostia del viernes en el pádel me ha dejado dolor de costillas, se me pasará en unos días. La muerte de mi padre me dejó un dolor en el pecho durante muchos años, una cicatriz invisible en los ojos. Realmente siempre me ha jodido por él, no por mí.

He escrito sobre mi Padre, no sobre la muerte. He vuelto a escribir porque cada día amo más a mi Padre, aunque cada día lo recuerde menos.

lunes, 22 de febrero de 2016

5 escopetas, 38 céntimos, algún cacahuete pérdido y una tirita


Estamos de mudanza en mi empresa. Con ésta es la tercera desde que trabajo aquí.
Ahora mismo están todos (casi) revisando cajones y armarios, tirando o guardando para las nuevas oficinas, haciendo cajas sin parar. Yo les digo que estoy con el resumen mensual. ¡Qué gran invento mi famoso resumen mensual!

Me gustan las mudanzas. Es un buen momento para hacer limpia. Para tirar todo aquello que, desde hace tiempo, está ahí, pero no sabes muy para qué está ahí.
¿Me puede servir para algo? Ainss me da tanta pena tirar esto…
¿Y si aún lo necesito? Quizás algún día…
¿Y esto qué narices hace aún aquí?
¡A tomar por culo! ¡Con lo que mola trocear y tirar papeluchos!
Es una lucha encarnizada entre tu yo romántico y tu yo práctico.

Me gustan las mudanzas porque los marrones, esas cosas y papeles que te asquean, que llevan ahí meses sin terminar de solucionarse, cabe todo ello en una caja, y aún sobra sitio. Y te das cuenta de lo imbécil que eres, pues todos tus problemas se reducen a una pequeña caja de mudanza. Caja que podrías llevar a tu nueva oficina dando patadas por la calle, como un niño al salir del cole.

 
Mi padre y mi tío cazaban. Y tenían entre ambos 5 escopetas. Como ambos murieron, la Guardia Civil las requiso. Mi familia me encargó la tarea de intentar recuperarlas, pues eran un recuerdo. Y como soy así de gilipollas, pues a ello que me puse.

Después de varias pesquisas y visitas, pude comprobar que aún existían y que estaban depositadas en dependencias de la Guardia Civil. Para recuperarlas, tuve primero que sacarme la licencia de armas, lo cual es un engorro, porque aparte de la pasta que te cuesta, debes aprenderte el Reglamento de Caza, pasar un examen escrito, otro examen práctico (atine la diana de puro milagro), pasar un psicotécnico (más milagro todavía superarlo) y hacerme un seguro.

Sabiendo donde estaban las escopetas y ya con mi licencia de armas, tuve que recoger la firma de mis primos y hermana, legitimadas ante Notario, autorizándome para recoger las escopetas y ponerlas a mi nombre.

Y allí que fui, ya con todos los deberes hechos, a recoger esa parte de las reliquias de mi familia, ese recuerdo, al depósito de armas de la Guardia Civil, que, si no recuerdo mal, estaba por la zona de Atocha.

Llegué y me atendió un simpático Guardia Civil.

-          Hola, buenos días.
-          Buenos días.
-          Venía a recoger unas escopetas antiguas de familiares míos, que están aquí depositadas.
-          ¿Tiene Usted su referencia?
-          Si. Son estas.

Le enseñé un listado con las escopetas, que me había facilitado en otra anterior visita un compañero suyo. Hizo la oportuna consulta en el ordenador.

-          ¿Tiene licencia de armas?
-          Sí, claro.
-          ¿Y autorización para retirarlas?
-          Sí, están a nombre de mi padre y mi tío. Aquí traigo toda la documentación: certificados de defunción, el documento de Ustedes por el cual las requisaron en su día y la autorización de sus herederos para que yo pueda recuperarlas.

Se me quedó mirando con cierta ternura.

-          ¿Para qué quiere Usted estas escopetas?
-          La verdad para nada, para recuperarlas, son un recuerdo.
-          Le entiendo, ¿Tienen un valor sentimental para Ustedes?
-          Sí…, creo que sí.
-          Entiendo que puedan tener ese valor sentimental, pero sólo serán una carga.
-          Pero mi madre y mi tía quieren recuperarlas, les hace ilusión.
-          Pero la carga será para Usted.
-          No entiendo…
-          Tendrá que comprar un armero para guardarlas en su casa. Pasarlas revisión, renovar su licencia de armas y su seguro. Eso durante el resto de su vida, sino, se expone Usted a que se las vuelvan a requisar o a que se le imponga una sanción sino lo hace cuando deba hacerlo.
-          Ya..., bueno, pues lo haré.
-          Acompáñeme por favor.

Me llevó hasta una enorme sala, llena de mesas, repletas de escopetas, de todos los modelos, colores y tamaños. Varias personas y guardias se paseaban por la sala, echándolas una ojeada. Al rato, se me acercó con las 5 escopetas.

-          Aquí tiene Usted las escopetas de su padre y su tío.
-          Gracias.

Me quedé mirándolas. No tenían nada de especial. 5 viejas escopetas de caza, sucias y desvencijadas. Imaginé a mi padre y mi tío con ellas al hombro por los cerros de mi pueblo, disparando a los conejos.

-          ¿Le gusta a Usted la caza?
-          ¿A mí? No he cazado en mi vida.
-          Se lo digo porque estas escopetas ya no le servirían para cazar.
-          No pretendo cazar. Ya le he dicho que sólo es.., no sé, el hecho de recuperar algo de la familia.

Volvió a mirarme despacio, sonriendo.

-          Mira, te seré sincero. Ya te he dicho que entiendo el posible valor sentimental que puedan tener para ti o tu familia, pero estas escopetas solo te van a generar problemas. No te gusta la caza, aunque con estas ya poco podrías cazar. No son lo suficientemente antiguas para que puedan tener un valor económico, ni ahora, ni nunca, pues no tienen nada de particular. Si las dejas aquí depositadas, saldrán a subasta y te aseguro que nadie pujaría por ellas, no darían ni un céntimo, ni siquiera algún coleccionista. Como estas o parecidas hay miles, y mucho más modernas.
-          No busco dinero.
-          Lo sé. Tu madre y tu tía las verán, se quedarán satisfechas, pero se olvidarán. Y tú tendrás que guardarlas, conservarlas, pasarlas revisión, eso aparte de tener que renovar tu licencia de armas y tu seguro.
-          Si las dejo aquí, las sacarán a subasta y si nadie las coge como dice Usted, al final las destruirán.
-          Si, así es. Mira, haz lo que quieras, está en tu mano. Si quieres llevártelas, hacemos el papeleo y te marchas hoy con ellas. Como tú, en tu caso, han pasado otros por aquí, solo te digo todo esto por experiencia. No te merece la pena. Solo son problemas.

Miré las escopetas. Pensé en todo lo que había hecho hasta llegar allí, solo para llevármelas. Medité sobre las obligaciones que tendría.
A mis primos se la traía floja las escopetas, y ya no decir de mi hermana. Pero pensé en mi tía y mi madre.

-          Te dejo aquí un rato para que lo pienses o si quieres llamar a alguien. Decidas lo que decidas, dímelo.
-          Vale, gracias, hasta luego.

 
En las mudanzas tienes que elegir. Aquello que tiras de forma definitiva, aquello que decides no tirar pero dejarlo en el archivo y aquello que irá contigo a tu nuevo despacho. He tirado muy poco. He dejado mucho en el archivo. Y me llevo solo lo que se me puede valer para el futuro. El pasado no existe y el presente se nos va de las manos.

Muy pocas veces abrimos los cajones. Y te encuentras con cosas realmente sorprendentes. Cds que no sabes ni lo que contienen. Clips de estos enormes, tamaño gigante. Algún cacahuete perdido. Una corbata de la época de Matusalén. Pilas ¿funcionarán? Cables de ordenador. Gomas. Fotos tamaño carnet. Un mechero. Una calculadora de estas de chicos pequeños. 38 céntimos de euro. Una navaja multiusos. El informe médico sobre mis cervicales. Llaveros de empresa. Dos sobres de azúcar. Una tirita. Y, al fondo, un poster del Atleti, de cuando fue campeón de liga.

He cogido los 38 céntimos, que junto con 12 céntimos más, me servirán para tomarme un café aguachirri en la máquina de la empresa.
Y me he guardado la tirita, para curar una herida, pues siempre contaré con ella.

¡Ah! Por cierto…, para los que quieran saber lo que paso con las escopetas, decirles que no las recogí. Salió victorioso mi lado práctico y cómodo.
Cuando en alguna reunión familiar sale el tema, yo intento convencerles (convencerme más bien) de que tomé la mejor decisión; pero, en el fondo de mí, mi alma, mi corazón, me dicen que no, y me arrepiento. Me dicen que realmente quería recoger esas escopetas, cargar con ellas, aunque solo hubiera sido para poder haber notado, sentido, la cara de ilusión de mi tía y de mi madre.

 

viernes, 12 de febrero de 2016

Necesito una chimenea

Este fin de semana dan lluvias. A mí también me gusta cuando llueve.
Estoy deseando irme al pueblo y encender la chimenea. Cuando llego mi madre ya la tiene preparada, solo tengo que encender la cerilla, acercarla y esperar.
La habitación de la chimenea es silenciosa y, por alguna razón misteriosa, no tienes conexión a nada, como si de repente desaparecieras y te apartaras del universo.

Un buen lugar para sentarse, observar las llamas y escuchar la lluvia.
Un buen lugar para leer o tomarte un café.

La Comunidad del Anillo no tiene preparada ninguna fiesta ni celebración, así que tendré la excusa perfecta para no tener que cerrar la taberna.

Espero que por el día la lluvia deje un poco de margen, para poder coger la bici y subir al monte o bajar al río con Ricardo.
Si vamos hacía el monte, lo malo será la subida. Pero nos podremos perder entre los caminos y encinares, quizás nos crucemos con alguna rapaz. Lo divertido será la bajada.
Si vamos hacía el río, la bajada nos hará partirnos de la risa. Veremos el río, que relaja mi mente cada vez que lo miro. Lo malo será la subida, Ricardo empezará a lloriquear y tendré que cargar con bicis y mochilas. No me importa.    
En ambos casos, seguramente, nos llenaremos de barro.

Y espero que por la noche la lluvia aparezca sin cesar, que llueva tanto que limpie todo, que llueva tanto que haga que se vaya la luz, para encender velas y quedarme delante de la chimenea.

 
Quizá todavía tenéis miedo de la niebla, la sombra de los árboles, el agua profunda, las criaturas del bosque, ¡No temáis!, Pues esta noche estáis bajo techo.
Os limpiareis las manos sucias y os lavareis las caras cansadas. Fuera esos abrigos embarrados. Peinad esas melenas enmarañadas.
¡Tened paz ahora! No prestéis atención a ningún ruido nocturno. Pues nada entra aquí por puertas y ventanas salvo el claro de luna, la luz de las estrellas y el viento que viene de las cumbres, ¡Buenas noches!

miércoles, 3 de febrero de 2016

El trastornao


A veces pasas momentos apurados, ya sea en el trabajo o en tu relación con los demás. De estas veces que te dan ganas de descojonarte de la risa y, al mismo tiempo, no sabes cómo salir del embrollo.
Es gracioso hacía donde pueden derivar las conversaciones y relaciones con los demás, los malos entendidos y nunca conocer verdaderamente sus razones, o no querer entenderlas, o no saber, o no poder.  

¿Qué esperamos de los demás? ¿Qué somos o hemos sido con toda la gente con la que te cruzas en la vida? ¿Por qué me hago estas preguntas? Quizás sea por haberme quitado peso de encima. De hecho, hace tiempo que no me duelen las cervicales, aun así admito masajes. Es como un corredor de fondo, que sabe que tiene todas las papeletas para ganar la carrera, pero está agotado, ya no puede más, y solo piensa en llegar a la meta. Y alucina pensando en cómo lo va a celebrar, en las declaraciones que hará, en las fiestas que se montará, pero, llega a la meta y se desploma. Y solo piensa en recoger la medalla, escuchar el himno y desaparecer.

Me gustaría poder mirar a los ojos y preguntar a ciertas personas: ¿Qué he sido para ti? ¿Qué he significado para ti? Si es que he sido algo, si es que he significado algo.
O simplemente preguntar algo tan sencillo como: ¿Por qué?
Nos empeñamos en buscar donde no te quieren encontrar, en mirar donde no quieren que les mires, donde ya no hay nada, en sentir cuando al otro lado hay encefalograma plano, en recordar cuando la memoria no ha existido nunca.

Hace un tiempo me dijeron que hacía felices a los demás. Y me quedé pensativo. Y durante un tiempo esa observación hacía que todo tuviera sentido. También que soy un hacedor de sonrisas, lo cual me hace sonreír. O que soy una luz en la oscuridad, lo cual es precioso, lo quiero, eso es, me quedo con tu luz.

 
El trastornao, del que he hablado en algunos de mis relatos anteriores, es un personaje de mi pueblo. Tendría cabida en alguna novela de Eduardo Mendoza o en alguna película de Torrente, de hecho, se tira el firiguiti de que ha actuado en alguna de ellas, haciendo cabriolas con la moto.

El trastornao dice ser policía (nacional, sí, aún tenemos Nación). Dice trabajar en la Comisaria de Información, dice trabajar en la lucha antiterrorista (sí, cada vez hay más terroristas). Si tú le ves por la calle, casi te dan ganas de darle unas monedillas. Más bien bajo, con la barriga cada vez más pronunciada, de tez morena, orejas pequeñas y ojos negros muy vivos, con andares de pueblerino hasta decir basta, que parece que le han molido a palos hace escasamente cinco minutos. Suele vestir de manera casi andrajosa, vergonzosa sin duda. Creo que se afeita una o dos veces al mes y el tema de los baños ya lo desconozco. Si le escuchas como habla, tus dudas de que se pueda tratar de un paleto asilvestrado trastornado guarro, se corroboran al momento.

Si quieres reírte, escúchale. Si quieres descojonarte vivo, siéntate con él a comer.
Porque en el fondo, es todo una farsa. Todo es mentira.
Es un artista y lo hace bien.
Móvil. Sonando. Llamada entrante.

-          ¿Qué pasa trastornao? ¿Cómo te va?
-          Enrique, ¿Enrique?
-          Dime, sí.
-          Ah, Enrique, ¿eres tú?
-          Pero cómo que si soy yo, pero si me has llamado tú.
-          Que me has dado un toque.
-          ¿Qué te he dado un toque?
-          Si, copón, que me has dado un toque, ¿Qué quieres?
-          ¿Pero qué dices?
-          Que si quieres algo, que me has dado un toque.
-          ¿Qué te he dado un toque? Joder macho, cada día estas peor, no sé de qué me hablas.
-          No me digas que no, porque ya voy entendiendo estas cosas.
-          ¿Pero qué cosas? ¿Qué cojones dices?
-          Coponaria, ¿sabes que la Susi me hizo un Facebook no?
-          A ver trastornao, como no lo voy a saber si fui tu primer amiguito, después de la Susi.
-          Bueno, a ver, a lo que voy, es que esta mañana me he metido, porque ya voy entendiendo de estas cosas eh, y me habías dado un toque.
-          Jajajaja, pero te lo di hace tiempo, porque tú me lo diste a mí.
-          ¿Y qué quieres?
-          Que no quiero nada, que te devolví tu toque, solo eso.
-          ¿Qué yo te di un toque?
-          Si, nada más abrir tu Facebook, y yo te agregue y devolví tu toque.
-          Pero yo no te di ningún toque.
-          Eh… que si Toño, por favor, que me lo distes.
-          Pues no sé, estaría cogiendo olivas y te daría un toque sin querer.
-          ¿Cogiendo olivas? A ver, que no fue una llamada perdida, que es una opción de dar un “toque” a alguien en Facebook.
-          ¿Y qué quería?
-          Y yo que cojones sé que querías, que no querrías nada, que le darías sin darte cuenta, déjalo, de verdad.
-          Entonces, ¿quieres algo? ¿necesitas algo? ¿Quieres algo para tu madre?
-          Que no…, de verdad, gracias.
-          ¿Estuviste el otro día? No te vi.
-          Estuve pero me fui rápido, tenía al chico malo.
-          Yo estuve trabajando.
-          ¿Entonces como cojones me vas a ver si no estuviste?
-          Ya, pero no vi el coche ni na. ¿Vienes a la candelaria?
-          No creo.
-          Ven y me compras la angula.
-          ¿La angula?
-          Si, ya le he dicho a tu madre que no la saquen a 120 euros, que luego al final me la tengo que comprar yo a mí mismo, como siempre.
-          No te entiendo macho.
-          La angula me cuesta 113 euros, y estas tontarrias la sacan a 120 euros, ¿quién cojones se va a gastar ese dinero en una angula? Ya les he dicho, este año, ¡sacarla a 50 euros! Y de ahí que vayan subiendo.
-          Pues no creo que vaya, así que no podré comprar tu angula.
-          ¿Qué haces?
-          ¿Qué qué hago? Coño, pues estoy en el trabajo.
-          25.000 kilos llevo este año.
-          ¿De olivas?
-          Sí, tengo que recuperarme, que entre la boda de la chica y demás gastos. Ahora… que olivos tengo macho, mejor que nadie, atarragaos.
-          Te vas a deslomar.
-          Estoy cansado sí, menos mal que este año con la máquina… aunque están duras las jodias. Luego algunos gilipollas se ríen de mí, anda que les den por culo.
-          ¿Ya has terminado?
-          Es como en la procesión, que calorina hacía, en mangas de camisa, y estas celorrias con los trajes de pieles, vamos no me jodas.
-          ¿Pero qué cojones dices ahora?
-          Un calor, y los celorrios con el abrigo, y las celorrias con las pieles, si ya lo decía Alfonso X “El Sabio”, que la Alcarria era tierra de analfabetos, incultos y maliciosos. Tontarrios y malos.
-          Es el día grande joder, además, habrá de todo hombre.
-          El 90% analfabetos integrales, te lo digo yo.
-          Ya será menos, ¿Cuándo comemos?
-          Estoy mu liao. A ver si acabo con las putas olivas y me invitas.
-          ¿Qué te invite? Si me debes ya no sé cuántas comidas y cenas.
-          Que si, que te debo alguna sí, ya lo sé, pero tú luego me invitas al café ahí en esa terracita…
-          Jajaja, venga va. Llámame.
-          Aleeeeeee venga, yo te llamo, hasta luego, hasta luego.
-          Ale, adiós.

Si no conoces al trastornao, puedes llegar a sentir, en determinados momentos, autentica repulsa, asco y vergüenza ajena hacía él.
Pero, la auténtica diferencia, es que, sí está en él, da su vida por ti.
Y siempre dispuesto a hacerte cualquier favor que necesites.

Necesitaba renovar mi DNI. Así que llamé a mi contacto, pues hasta hace relativamente poco las colas para este trámite eran interminables. A las 16:00 horas en el punto indicado. Una compañera, que se enteró de donde iba, pidió venirse conmigo, pues también necesitaba renovarlo. Llame a mi contacto y éste accedió sin problemas.

Llegamos al punto indicado a las 16:03 horas. La cola ya recorría la calle, y justo en la entrada de la comisaría nos esperaba mi contacto, es decir, el trastornao.
Con su casco en la mano, haciéndonos señas para que nos acercáramos. Ni las buenas tardes nos dio. A voz en grito, a voces:

-          ¡Pero a ver!, ¿¿A qué hora os he dicho que estuvierais aquí??
-          A las 4.
-          ¿Y qué horas es? ¿¿Qué hora es??
-          Las 4 y cinco casi.
-          ¿Y ahora qué hago yo? ¿Eh? ¿¿Cómo cojones os voy a colar con toda esta gente ya delante?? ¡¡Si os digo a las 4, era a las 4, joder!! ¿Qué escusa voy a poner ahora? Hay que ser un poco más responsables, ¡ostias!

La gente de la cola nos miraba, le miraba más bien, con la boca abierta, se hizo un silencio sepulcral. El loco.
Mi compañera se puso roja como un tomate, bajo la cabeza, se dio la vuelta muy despacito y se fue calle atrás a ponerse a la cola.
A mí me entró la risa floja.

-          ¿Pero donde cojones va esta mujer ahora?
-          Jajajaja, yo que sé, la has asustado.
-          ¿Eh? ¿Qué la he asustado? ¡Señora! ¿Cómo dices que se llama?
-          Sagrario.
-          ¡¡¡Sagrario!!! ¡¡¡Oiga!! ¿Pero dónde va? Que la entrada está aquí. ¿Pero trabaja contigo?
-          Si.
-          Qué país madre.

Mi compañera no quería volver. Casi a rastras.

-          Ay por favor, cállese Usted, se lo ruego.
-          ¿Qué me calle?
-          Si, que hable más bajo, no he pasado más vergüenza en mi vida.
-          Copón señora, es que si les digo a las 4, es a las 4. Yo soy un hombre ocupado, y no puedo colarles sino hacen exactamente lo que yo les diga, ¿Entiende?
-          Si… pero baje la voz, por favor. Dios mío que situación.
-          Deje de lloriquear señora y vamos a organizarnos. Voy a entrar a ver qué puedo hacer, ¡no os mováis de aquí!

A los cinco minutos estaba de vuelta, aun con el casco en la mano. Se plantó en mitad de la acera, nos empezó a guiñar el ojo de forma evidente y estrambótica, y empezó de nuevo a voces:
 
-          ¡Oigan! ¡los del pasaporte que pasen directamente por aquí! ¡los del pasaporte por favor!

Mi compañera se quedó blanca en esta ocasión. Yo le miraba ensimismado. La gente alucinaba con el loco.
 
-          ¡¡¡Los del pasaporte!!! ¡¡¡¡¡Los del pasaporte!!!!!
-          Sí, yo quiero renovar el pasaporte.
-          ¿Y Usted señora?
-          ¿Yo…?
-          ¿Pero no me ha dicho que quería renovar el pasaporte? ¡Aclárese de una vez copón!
-          Sí, no… ¿el pasaporte?
-          El pasaporte sí, el pasaporte. Ande, ande, pase Usted, que no se entera de nada y luego van diciendo que somos los de pueblo los analfabetos.

Mi pobre compañera estaba temblando y yo ya no sabía dónde meterme. A una mesa directamente. El funcionario miraba el ordenador, sin levantar la vista.
 
-          Anda, hazles el DNI a estos barlochis.
-          Primos tuyos ¿no?, como siempre.
-          Éste sí. Es mi primo del pueblo. Esta mujer me la he encontrado en la calle berreando, que tenía pánico a las colas y aglomeraciones.

No pude más con mi vida. Explote a reír.

Ahora que lo pienso, no sé porque empiezo escribiendo chorradas y acabo contando gilipolleces. Quizás es que soy yo el trastornao.

 

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...