miércoles, 6 de septiembre de 2017

En algo sí llevan razón: no hay conexión


Documento secreto nº --------/2017

Extracto de conversación entre Carles Puigdemont y el chofer del Sr. Ministro del Interior, agente nº ----- adscrito a los servicios de inteligencia del Estado, --------------------------, conocido como “geti” / “barlochi” / “mangurrian” / también conocido como el “trastornao”.
Ocurrida con fecha --------, a las --------- horas, debido al olvido del móvil del Señor Ministro en el coche oficial, con motivo de una reunión urgente.

 
Sonido del móvil del Sr. Ministro.
"Unda, ¿pero qué cojones suena?, pero.... pero será gilipollas este zampabollos, mira que dejarse el móvil aquí, andaluz tenía que ser" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil sigue sonando.

"¿Carles? ¿Pero qué Carles será éste? A saber con quién andará este tontarrio, que país madre, así nos va" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil suena por segunda vez.
"¡Y dale al Carles de los cojones! ¡Será gilipollas! ¡Que no está copón!" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil sigue sonando.
“La madre que le parió, que mañana me va a dar el Carles de los cojones, estoy por cogerlo…” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil suena por tercera vez.
“!A tomar por culooooo!” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

 - ¿Síiiiiiiiii?
- ¿Juan Ignacio?
- ¡Que no soy Juan copón!, ¡que no está!
- ¿Cómo dice?
- ¡Que soy Getino! 
- ¿Getino?
- Si, comisaria de información, lucha antiterrorista.
- Quería hablar con el Sr. Zoido.
- Y dale…. ¡que no está! Es que he tenió que traerle urgente a un acto de estos de los políticuchos sabe usté y se ha olvidao el móvil aquí en el coche…
- Lo mío también es urgente, póngame en contacto con él.
- ¿Pero Uste me escucha? Que se ha dejao el móvil aquí copón...
- Soy Carles Puigdemont, necesito con urgencia hablar con él.
- ¿Es Usté catalán no?
- ¿Cómo?
- Cataluña coponaria, se le nota por el acentillo.
- Si, por supuesto, soy catalán.
- Catalufo, ya lo decía yo. Qué región madre, ¿no será Uste de Gerona?
- Pues si, soy de Girona.
- ¿No joda? ¿En serio? Copón... yo es que estuve destinao en Gerona, hace ya 30 años, mi primer destino.
- Ya, entiendo. Quiero que le de un mensaje urgente al Sr. Ministro.
- En Gerona capital, 2 años allí. Qué recuerdos copón. Ara… entre Usté y yo…, se vive bien allí, un poco caro eso sí. Que paisajes, que playas, la ostia. Yo vivía en un apartamento y ni me llegaba con el sueldo que nos daban, tenía que pedirle a mi padre que me mandase algo to los meses.
- Getino me ha dicho que se llamaba, ¿no?
- Escuche, escuche. Ya por aquellos años tocaban los cojones los independistas estos. Copón, me acuerdo una vez… en una manifestación por el casco viejo, madre, pero si éramos 4 policías, na, 4 contra cientos.
- Eh….
- Y nos dice el Sargento ¡a por ellos! uy a por ellos, corríamos como conejos, copón si me quemaron hasta la moto los hijoputas. Tuvimos que escondernos en el cuartelillo y pedir refuerzos, si salió hasta en las noticias, ¿lo recuerda Uste?
- ¿Qué si lo recuerdo? ¿A qué se refiere?
- Jajajaja, espere espere, y un día, ay copón, yo patrullaba la ciudad con mi motejo, y un día ¿me sigue? Un día nos dieron aviso de un robo. Allí que me planté con la moto, yo sólo eh, y alcancé al ladrón, un moro de estos, y el tontarrio va y me saca un cuchillo. Y jajajaja, espere espere, total, que tiré un tiro al aire….
- Le digo que yo solo quería hablar urgente con el Sr. Ministro.
- Y oye chico, yo no sé dónde reboto la bala de los cojones, que de repente se pone a chillar y saltar como un energúmeno, !ayayayayayay! y yo diciendo unda ¿Qué la pasa a este ahora? ¿Qué le pasa? Jajajaja ¿Qué qué le pasa? ¡que la había dao en el culo! Jajajaja
- ¿Me va a poner al habla con el Sr. Ministro o no?
- Me abrieron expediente y to, no se crea. Oiga Carlos, ¿Necesita aceite Uste?
- ¿Aceite?
- Hombre por allí tienen olivejos también, pero na, más de 3.000 llevo yo en mi pueblo, 60.000 kilos este año.
- No necesito aceite, le he dicho que….
- Yo es que aparte de ser policía, lucha antiterrorista ¿se lo he dicho no? cultivo olivos en mi pueblo, en la Alcarria, la Alcarria joder, no me diga que no sabe dónde está, que Uste ha debio estudiar. Que olivos madre, los mejores de to la zona. Cuando venga por Madrid le vendo un par de cajas, me ha caído bien.
- ¡Cállese de una vez! ¡Póngame urgente con el Sr. Ministro! 
- ¿Quiere nueces también? Que nogales tengo oye, un bosque de nogales, los plantó mi padre hace más de 40 años y oye, ¡madre!, no hay nada igual en mi pueblo. Copón, jajaja, las vendo por aquí a to quisqui, y a restaurantes buenos también eh, no se crea. Me las quitan de las manos ¿no quiere? Tres mil eurillos que me gano con las nueces ¡a la saca!, que to son gastos, y la chica se me casa.
- Esto es inaguantable, voy a colgar.
- Espere copón, ¿Qué prisa tiene? ¿Quiere cebollas o ajos? Esas se las regalo hombre, pero cebollas de las buenas, de las rojas, le preparo una bolseja si quiere. ¿Y qué le iba a decir? Ah, ya, ¿Cómo llevan por ahí lo de la independencia? Madre, la que están liando, no me diga que no, ara… si fuera yo… les ponía a cortar tamujos a tos, menuda panda de matagatos. En mi pueblo hay 3 tipos de tontos, los tontos a secas, los celorrios y la burra de paco. Pues estos son la burra de paco, ya se lo digo yo.

Fin de la conversación en el móvil del Sr. Ministro.


“Unda, ¿Qué pasa aquí? ¿Pero ha colgao? ¿Carlos? ¿Carles? Que si hombre, que ahora veré al andaluz…, ¿Oiga? Na, ha colgao, menuda tropa, anda que les den por culo” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

 

 

 

lunes, 10 de abril de 2017

Nuestro querido ratoncito

¿Qué puedo hacer para que me crean? ¿Cómo convencer a todos estos millones de niños? ¿Cómo hacer para que siga existiendo?

La desesperación se había adueñado de Ratoncito Pérez. Mientras merendaba un trocito de queso en su escondite pensaba y requetepensaba la posible solución a todos sus males, pues los niños empezaban a dudar de su existencia, pues ¿Cómo era posible que un ratón se colase en su habitación? ¿Cómo era posible que, aun pudiéndose colar al ser tan diminuto, pudiese cargar con todos aquellos regalos para todos aquellos niños? Estas “dudas” y otras “sugerencias” parecidas le llegaban vía tuit últimamente.

Llegaba a pensar que si creían en él era solo por interés “por el interés te quiero Andrés”, y eso le hacía ponerse más triste aun.

Durante años y años de fatigoso trabajo había tenido que sobreponerse a todos los peligros con los que se había ido enfrentando últimamente: desratización en alcantarillas, proliferación de gatos domésticos, alarmas de movimiento, ventanas de doble seguridad, etc. Aun así, Ratoncito Pérez, por milagros del destino, seguía vivo y, nunca mejor dicho, coleando.

Igualmente la variedad de regalos que los niños le pedían le hizo tener que darse de alta en “Amazón” y crear una autentica red de contactos y oficinas a nivel mundial. Ratoncito Pérez siempre estuvo muy ocupado, pero poca gente reconocía su valor y dedicación, hasta el punto que muchos niños se habían dado de baja de su red de amigos.

Pensó incluso en darse a conocer un día públicamente, salir en el “Sálvame” o convencer a Bertín Osborne para que visitase su escondrijo y prepararle algún plato con queso gratinado.

La soledad y cansancio de Ratoncito Pérez le hacía estar triste. Ya a muy pocos les hacía ilusión sus regalos y menos aún se molestaban siquiera en agradecerle su labor.

Quizás la fantasía y los sueños sonrientes antes de cerrar los ojos habían desaparecido para siempre.

Quizás este era el mundo preparado ahora por y para los niños, un mundo donde los sueños quedaban aparcados por aprenderse de memoria la lección del día siguiente. Un mundo donde la ilusión y la fantasía quedaban apartadas por “proyectos” de futuro, como si fuesen arquitectos y el futuro ya lo tuvieran en sus manos, sin saber que es impredecible y que lo único que importa es el presente.

Pero… ¿Cómo explicar a los niños que yo, Ratoncito Pérez, realmente soy su Hada? ¿Cómo explicarles que, hace tantos años que ya casi ni me acuerdo, me convertí en este pequeño roedor para poder derrotar al mal que les hacía daño? ¿Cómo explicarles que en esa ardua tarea perdí todos y cada uno de mis dientes?

En definitiva, solo quisiera decirles que soy feliz cuando sonríen por la mañana y cuando cierran los ojos por la noche con la ilusión en su carita. Quisiera decirles que yo ya hice mi labor: preciosa, increíble, heroica. Y que, ahora, los protagonistas de la historia son ellos.

 
La historia de Ratoncito Pérez, para quién no la conozca, se remonta hace muchísimo tiempo.

Un antiguo Reino, situado muy al Norte, estaba gobernado por un tirano, cruel y maléfico, que había asesinado al Rey legítimo.
El tirano, ansioso de poder y gloria, no buscaba el bienestar de sus ciudadanos, a quienes tenía sumidos en el hambre y el frio, esclavizando incluso a los niños.
El hijo del Rey, el Príncipe del Reino, luchaba valerosamente contra los ejércitos del tirano, pero nunca llegaba a obtener la victoria definitiva, pues el tirano estaba escondido en lo más alto y recóndito de su castillo, lugar al que era imposible acceder.

El Príncipe, desesperado ante la situación, decidió viajar al Mundo de Fantasía y pedir ayuda. Allí se encontró con un Hada que le escucho y se apiado de las calamidades que estaban sufriendo los niños del Reino. Esto le dijo el Hada al Príncipe:

“Me convertiré en un ratón, un ratón diminuto, pero fuerte y valiente. Viajaré contigo a tu Reino y me colaré en el castillo del tirano. Una vez dentro de su torre, iré abriendo todas las puertas para que tú y el resto de tus caballeros podáis entrar y derrotarle definitivamente”.

Y esto le contesto el Príncipe:

“Oh Hada, si logras hacerlo, mi Reino y yo estaremos siempre en deuda contigo, eternamente te lo agradeceremos”.

A lo que el Hada contesto:

“No lo haré por ti ni por tu Reino, únicamente lo haré por los niños”

Dicho y hecho. El Hada, convertida en un ratón diminuto, regreso al Reino junto al Príncipe, lográndose colar en la torre más alta del castillo del tirano.

Pero el destino tenía guardado una sorpresa inesperada al Hada, pues junto cuando iba a abrir la puerta de la torre, de repente apareció el tirano y tuvo que ocultarse para no ser encontrada.
Se escondió debajo de la almohada de la cama del tirano, con tal mala suerte que éste, al tumbarse, aplastó a la pequeña Hada convertida en ratoncito. Logro escabullirse, pero salió de debajo de la almohada magullado y sin dientes.
Aún así, nuestro valeroso ratoncito, aprovechando que el tirano dormía, logró abrir una a una todas las puertas del castillo, logrando así dejar camino libre al Príncipe para derrotar y encadenar definitivamente al tirano.

Nuestro Hada, nuestro ratoncito, quedó maltrecho y sin dientes, pero más feliz que una perdiz, viendo como los niños dejaban de sufrir y ser esclavos.
Pero no volvería a su estado original hasta que no recobrase todos y cada uno de sus dientes.

De esta manera, los niños del Reino, agradecidos, empezaron a dejar debajo de su almohada los dientes que se les caían, lo cual recompensaba siempre nuestro Hada, nuestro ratoncito, con algún regalo.

El destino de nuestro Hada, de nuestro pequeño, valeroso y fiel ratoncito, quedó sellado para siempre.
Esta es la historia de Ratoncito. Una historia valerosa, bonita y que nunca jamás debería olvidarse.

 
Pero como decía al principio de este cuento, nuestro Ratoncito estaba triste y apenado, pues sentía que ya los niños no creían en él ni soñaban con su mundo de fantasía.

Como no sabía qué hacer, ni a quién acudir, pensó en visitar al Príncipe del Reino, que ya era Rey, y compartir con él sus dudas, esperando comprensión y ayuda por su parte.

El Rey vivía en un majestuoso castillo construido por sus súbditos, vivía en inmensa alegría, había recuperado su Reino y la felicidad y la fiesta inundaban su vida. Reía en su trono. Esto le dijo el Rey a nuestro querido ratoncito:

“Oh ratoncito, ya te dije que te estaría eternamente agradecido, pero en cuanto a la angustia que padeces y la ayuda que reclamas, yo no puedo hacer nada”.

¿Existe peor respuesta? ¿Es posible que en los siglos de los siglos?, ¿que en universos infinitos?, ¿qué debajo de las piedras haya tal contestación?

“Yo no puedo hacer nada”. Es cruel y vacía. Esa respuesta no la dan ni los médicos cuando tienen que comunicar una enfermedad sin cura. No la dan ni los políticos cuando quieren lavarse las manos. No la dan ni los curas cuando no pueden perdonar nuestros pecados. Ni siquiera la dan los ignorantes, ni los tuercebotas. Eso pensaba nuestro ratoncito.

Se despidió de él, con bonitas palabras, para nunca más aparecer por su castillo engalanado.

Nuestro Hada, nuestro ratoncito, encontró consuelo y ayuda en una Lechuza. Una noche, correteando por la calle al ir a la casa de un niño en uno de sus múltiples trabajos, fue divisado por una lechuza. Nuestro ratoncito iba ensimismado en sus pensamientos, y no se percató de la llegada de la lechuza, que le cogió entre sus garras para zampárselo.

Sin embargo, tuvo suerte nuestro ratoncito, pues la lechuza, aunque hambrienta, no se lo comió, sino que, muy al contrario, ofreció su ayuda para siempre al ratoncito, tras conocer su historia y la labor que realizaba desde un tiempo infinito.

El destino se apiado en esta ocasión de nuestro ratoncito y empezó a comprender muchas cosas.

Pero…, a cambio ¿Qué ayuda podía ofrecer él a quién le había perdonado la vida y hasta entonces consideraba uno de sus mayores enemigos?
Medito durante un tiempo y una vez más tomo una decisión heroica: traspaso a la lechuza parte de su magia, de su poder, parte de lo que había sido y sería; perdiendo así toda posibilidad de volver a convertirse en el Hada que fue.

Así, nuestro ratoncito perdió parte de su magia, pero a cambio dedico todos sus esfuerzos a aquellos niños que aun creían en los sueños, en la fantasía, imaginando y creando un mundo diferente por el que luchar y vivir cuando fuesen mayores.

Nuestro Ratoncito era, es y será siempre lo que queramos nosotros los niños.

Será el Hada que te arrope por las noches, que vigilará tu sueño, que mirará mientras duermes, que acariciará tu cabello, que cuidará de ti, que luchara para que el Mundo de Fantasía no te abandone nunca y te acompañe siempre.

Lo hará, lo haré, por ti, porque esto está dedicado a TI.

 

lunes, 13 de febrero de 2017

El robot mohino


Hace unos días fui a hacer unas gestiones con unos de los jefes de mi empresa.

Como es más tonto que una albarda fuimos en metro. No es que me moleste viajar en metro, lo que pasa es que hacerlo con alguien con el cual no tienes ningún tipo de conversación, ni empatía, ni afinidad, ni nada que se le parezca, pues se hace interminable. Con el sueldo que cobra el muy palurdo podríamos haber cogido un taxi, yo a veces no entiendo a la gente.

El sujeto es como lo describo a continuación: estirado, con barba, con gafas, la dentadura hecha un asco, feo, con una panza que le crece por momentos desde que le operaron una ulcera del estómago (hasta entonces le llamábamos el tonto de la sal de frutas) y con la piel de los dedos levantada y casi en carne viva (a saber a lo que se dedicará en sus ratos libres).

Anda despacio hasta cansarte, como un robot, una pierna después de la otra, en 13 años no le he visto saltarse un semáforo. Come más despacio aún, siempre tenemos que esperar a que el muy mendrugo vaya rumiando sus platos, pues come como una vaca, mirándote con sus ojos saltones y moviendo las manos de una forma que te dan ganas de estamparle el pan en su careto.

Se supone que es el jefe de personal, pero en 13 años no le he visto hacer nada por las personas, al contrario, si puede dejar que te den por culo, lo hace, y parece deleitarse con ello. Pone cara de imbécil redomado cuando le preguntas por algo relacionado con salarios, vacaciones, puentes, etc…

Es del Madrid y encima dice ser de izquierdas, me descojono vivo.

Tiene siempre el don de la inoportunidad y siempre aparece en la cocina cuando te estas tomando un café tranquilamente. Y siempre suelta las mismas gilipolleces por esa boca mugrienta.

Es de los típicos que te suelta la mierda en la cara en el trabajo, que nunca dará la cara por ti y que siempre hará lo posible por escaquearse.

Hicimos trasbordo en Avenida de América. Es tan merluzo que aun habiendo asientos libres, es incapaz de sentarse. Se queda de pie, con esa cara de tonto a las tres, con los botones de la chaqueta abrochados y agarrado a la barra pensando en dios sabe qué.

Le miro y me entra la risa floja. Como no sé qué decirle, ni me apetece hablar, me pongo a pensar.

Llegamos a nuestro destino y vamos a hacer las gestiones. Antes de salir ya le había avisado que yo no tengo porque ir. Insiste para luego pasar lo de siempre, es decir, mi presencia no es en absoluto necesaria, pero me quiere allí por lo que pueda pasar. Cuando salimos se lo rebozo por la cara, casi insultándole, pero sigue andando estilo robótica.

Sigo pensando que hacer.

Volvemos de nuevo en metro. Esta vez hacemos un itinerario diferente y hacemos trasbordo en Goya. El tren está a punto de llegar y chico, que quieres que te diga, no aguanto más, no pude remediarlo. Es tan mohíno que se queda atrás del todo, sin moverse, así que tuve que agarrarle del abrigo y tirar de él con fuerza para arrastrarlo y lanzarlo al metro, joder, que a gusto me quedé.


No le tire a la vías, no, aún no tengo instinto asesino. Simplemente le empotré hacía el interior, se cerraron las puertas y yo me quedé fuera. Puse exactamente la misma cara de gilipollas que pone él, mirándole con sorpresa como si no supiera que había podido pasar.

Salí fuera, volví andando al trabajo, me tome un café con mi bollito en la terraza del Giangrossi y me fumé un cigarro tranquilamente.

Levanté la mirada y le vi venir subiendo la calle Velázquez, el tonto de los cojones esta de vuelta, el robot mohino para más señas. 




lunes, 6 de febrero de 2017

¡Cuidado con los pozos!


Mi madre siempre ha tenido cosas de cobardica. Cualquier atisbo de apuro siempre ha significado para ella peligro de muerte. ¿Quién sabe? Quizás ese desasosiego constante a que me pasará algo, haciéndome ver el riesgo a cada paso, hace que ahora siga estando vivo, ¿Por qué no? Puede ser. Cualquiera sabe.

 
¡Cuidado con los pozos!

Esta frase me ha acompañado desde que era un mico. Para mi madre, todos los caminos, solares, tierras, parcelas, eras, valles, etc… de mi pueblo estaban (y están) plagados de pozos, ocultos y profundos, donde podías caer para no volver a salir, a cualquier paso que dabas. En verdad, aunque actualmente casi la inmensa mayoría están cubiertos  o sellados, antiguamente en los pueblos proliferaban los pozos, pues la gente tenía que beber y lavarse. En el huerto enfrente de mi casa donde juagábamos y pasábamos las tardes, en una esquina había un pozo. Aunque estuvo siempre tapado, era emocionante acercarse hasta el borde, dejar caer una piedrecita por una rendija y escuchar el ¡plof! después de unos segundos interminables.

Yo siempre en esto he sido muy obediente y os aseguro que jamás me he visto en el fondo de ningún pozo (al menos físicamente).

 
¡Ni el primero ni el último!

Sabía reflexión de mi madre. Siempre que salía con los amigos por el pueblo y sus alrededores me lo repetía hasta la saciedad. Escaquearse de ir el primero era fácil, pues siempre estaba el valiente o chulito del grupo, es decir, el listillo o sabiondo, el enteradillo para entendernos. En cambio no ir el último era complicado, pues creo que a ninguno nos hacía gracia, y siempre estabas a empujones o adelantamientos aprovechando cualquier despiste.

En este caso, para mi desgracia, no la he hecho mucho caso en la vida, pues, aunque casi sin quererlo, he tenido que ponerme el primero varias veces. Así me ha pasado, que tengo un largo historial de pescozones y golpazos en mis mejillas.

 
¡Cuidado con los adelantamientos!

Nada de “ten cuidado” o “ves despacio” o “no corras”. Mi madre, imagino que conocedora de las estadísticas de la DGT,  tiene obsesión con los adelantamientos. Me he percatado que la velocidad no le afecta, pues cuando la llevo en el coche y aprieto el acelerador, ni se inmuta, incluso parece que va a gusto pues creo percibir una sonrisilla de placer. Vamos, que no rechista. Eso sí, como me vea con la intención de adelantar, ya está a vueltas con la matraca.

 
¡Ojo con las raspas no te vayas a atragantar!

Para mi madre cualquier pescado, molusco, marisco o similar, están plagados de espinas, y ten por seguro que a ti te tocará una que se te incrustará en la garganta y como consecuencia de ello llegarás a atragantarte y morir acto seguido.

 
¡Mira como viene el cielo de negro¡¡ No te asomes a la ventana! ¡Apaga la televisión!

El miedo de mi madre a las tormentas es digno de estudio. Para ella cualquier nube negra en el horizonte significa peligro. No cualquier tormentilla de verano, sino tornado con inundaciones. Prohibido salir de casa. Y no solo salir, sino también mirar por puertas y ventanas, pues de seguro cualquier rayo caerá sobre tu cabeza. Y apaga la televisión, pues, ese mismo rayo, sino te cae en la cabeza, caerá sobre la antena, bajará por el cable y la tele explotará, friéndote delante de ella (la tele) sin poder decir ni mu.

 
¡No te metas mucho en la playa!

De pequeño su obsesión era directamente que no entrase en la piscina, así me pasaba que llegué a tener un miedo reverente a todo lo relacionado con el agua (me refiero a piscinas, ríos, pantanos y /o similar). De mayor, aun sabiendo que esa batalla la tiene perdida, se ha forjado en su mente una nueva película: el mar, incluso solo unos metros adentro de la playa, está repleto de fosas submarinas, mareas peligrosas y animales asesinos de toda índole que te pueden arrancar un pie a la mínima. Y si todo eso no funciona, directamente el agua estará tan fría que te dará un patatus y ahí te quedaras para siempre sin que nadie pueda llegar a socorrerte.

 
¡Cuidado con los venenos!

Dependiendo de la época del año, en mi pueblo, era normal que los chavales bajáramos al valle, a los huertos o al río, a hacer el cabra y también, aprovechando, a comer todo lo que se pusiera a tiro: moras, higos, pepinos, tomates, pipas, maíz, etc…

Pues bien, para mi madre, cualquier cosa comestible que hubiera sido plantada, estaba infestada de venenos que los hortelanos de mi pueblo se dedicaban a fumigar día y noche. Así que cada vez que agarraba un pepino lo observaba detenidamente de arriba abajo y lo pulía hasta sacarle brillo con mi camiseta.
 

¡No mires las chispas!

Mi tío tenía una fragua en el pueblo. Y allí trabajaban él y mis primos. Y a mí me encantaba subir muchas tardes después del cole a estar con ellos, a ver lo que hacían, a mirar como trabajaban, pues eran (y son) unos auténticos currantes.

Eso sí, tenía absolutamente prohibido tocar nada, pues el martillo me aplastaría un dedo, la sierra me rebanaría la mano en un santiamén y el yunque se me caería en un pie dejándome cojo. Y no solo prohibido tocar, sino también mirar, pues según mi madre si miraba las chispas mientras forjaban me quedaría ciego sin remedio. Así que cada vez que se ponían con el soldador, me alejaba correteando a una esquina y me tapaba los ojos. Así ha pasado, que a mis primos les chifla todo lo relacionado con la pólvora, cohetes y petardos, y a mí me produce auténtico pánico.

 


Pues sí, así es, mi madre siempre ha tenido mucho, muchísimo miedo. ¿Cómo explicarla que una cosa es la prudencia y otra la irresolución? No debo hacerlo, pues aunque miedosa, no conozco persona más valiente que ella.

 

 

miércoles, 25 de enero de 2017

Estoy visto para sentencia

Después de más de 40 años me doy cuenta que debo ser yo. Me ha costado descubrirlo, pero como dice el refrán, más vale tarde que nunca. No son las circunstancias, el tiempo, modo, ni lugar, ni siquiera son los demás, soy yo.
Soy yo y mis terribles defectos lo que hace que las personas se alejen de mí y no sea capaz de retenerlas. Ni siquiera soy capaz de plasmarlo por escrito.  

Serán mis silencios, quedarme callado muchas veces, simplemente mirando a los ojos o al infinito, sin dar una respuesta convincente. Será mi forma de hablar, de expresarme, de contestar, de dirigirme a los demás.

Serán mis actos, impulsivo muchas veces, indeciso la mayoría. Será que, como dice el refrán, soy más vago que la chaqueta de un guardia.

Será que no he estudiado ni leído lo suficiente para aprender. Será que he leído muchas veces los mismos libros, sin ningún sentido, y las primeras páginas aburridas de otros me hagan amontonarlos en mi mesilla, sin orden ni concierto.

Será también mi sentido del humor, pues quizás ni sea gracioso, ni tenga ningún sentido. Será que mi pasado no me permite amoldarme al presente ni percibir el futuro.

Debe ser que no se amar, o quizás mi amor lo he ido regalando a borbotones, sin dejar nada para nadie, ni siquiera para mí. Deber ser que no se ser amado, o quizás nunca lo he sido, quizás lo necesite, aunque seguramente no lo merezca.

Será mi apariencia, será que doy miedo, será que doy asco, será que impongo, será que parezco tonto, posiblemente sea simplemente que aparento lo que soy.

Será que no soy ni cariñoso, ni detallista, ni romántico. Será que otras virtudes que, ¿quién sabe?, pueda tener, queden desapercibidas, sin ser siquiera valoradas.

Será que solo soy un hombre bueno, pero no sepa demostrarlo. Será que me han demostrado lo que es el mal, y por eso no soy un mal hombre del todo.

Quizás sea que a las pocas personas a las que se les ilumina la cara solo con sentir mi presencia, sin importarles nada más, sin fijarse ni juzgar nada más, ni siquiera a ellas soy capaz de cuidarlas.

Por todo ello, por todo lo expuesto Señoría, merezco una sentencia condenatoria, a las pruebas me remito (tengo que admitir que, al menos en esto, soy bueno, pues el pobre fiscal se quedó boquiabierto, sin posibilidad de alegar nada más en mi contra).


Tienes Usted mucha razón en lo que aquí nos ha expuesto, estimado Kike Potter; sin embargo, todos tenemos malos días, en los que te sientes derrumbado y melancólico. Su alegato casi hasta me ha convencido, no obstante, como a Usted le gusta decir “Siempre, siempre hay esperanza”. Mi sentencia les será comunicada a todas las partes en unos días, pueden retirarse. Gracias.
 
 
Escrito por Kike Potter
25 de enero de 2017

 

lunes, 16 de enero de 2017

Papel tosco y barato: Rufino y la situación con la china


Rufino Sanchez de la Ermita era su nombre. Un hombre que vivía porque tiene que haber de todo en el universo. Si no existiera lo tendrían que inventar.

Su mundo se reducía básicamente a sus labores como inspector. No inspector de policía, lo que quizás hubiese dado más vidilla y emoción a su existencia, sino inspector de trabajo.
Como su capacidad intelectual (aparte de apariencia) le había impedido poder optar a cualquier puesto de trabajo medianamente honroso, tomo la decisión de presentarse a unas oposiciones. Estuvo 16 años presentándose año tras año para inspector de trabajo, aun sin cumplir ni uno solo de los requisitos exigidos, con la excepción de ser español y mayor de edad.

Al final, por misericordia de Leandro, presidente del jurado, que se jubilaba ese año y al que Rufino conocía (pues era vecino del barrio, haciéndole la compra semanal y sacándole al perro por la mañana y noche, aparte de otra serie de favores que no es menester citar ahora), obtuvo una plaza.

Era más bien bajito y regordete. Con pelo en espalda, orejas y nariz. Con gafas culo botella, barba descuidada y maraña por cabello. Más feo que una cabra. Solía vestir con pantalones de pana, náuticos prehistóricos y camisa de cuadros. En vez de maletín, acudía al trabajo con una mochila roída de cuando iba al instituto.
Su usada vestimenta, unida a su falta de higiene y propensión al sudor, hacía que muchas veces desprendiera un olor nauseabundo.

Cuando aparecía en los centros de trabajo, normalmente le daban alguna limosna, taper de comida o bocata a medio empezar, otras veces directamente le decían que no había trabajo, que no se molestase en dejar su curriculum, otras que no compraban nada e incluso en alguna ocasión, las menos por suerte, le echaban a gorrazos y golpes de las empresa a las que acudía. En una de esas penosas situaciones, le volaron sus gafas partiéndolas por la mitad. Desde entonces las tenía unidas por un trozo de esparadrapo, deambulando de esta guisa por la ciudad.

Cuando lograba balbucear que era inspector de trabajo, enseñando su credencial, se le quedaban mirando de arriba abajo, volviéndose a repetir las situaciones citadas anteriormente, con mayor o menor descojone y con mayor o menor violencia, hasta que la aparición de la policía municipal lograba descifrar el entuerto.

Su vida social se reducía a sus cortas conversaciones con las casas de comida a domicilio y teléfonos eróticos. Por Navidades creaba grupos de WhatsApp con los contactos obtenidos de sus visitas a las empresas, esperando así lograr conversación y amistades, encontrándose, sin embargo, con que a las pocas horas todos habían abandonado el grupo, no sin antes haberle insultado con saña y hasta la saciedad aquellos que le recordaban por un motivo u otro.

Esta era la vida de Rufino. Aun así, el tipo era feliz, pues había construido un mundo a su alrededor de depravados y sinvergüenzas, siendo él el único salvador y garante de los derechos laborales de los oprimidos obreros.

Aquella mañana Rufino debía acudir a un edificio de la ciudad, en su propio barrio. Tenía el aviso de que la empresa que se ocupaba de la limpieza del mismo sólo tenía una persona contratada, cuando el volumen de negocio y facturación de la misma daba a entender que necesitaría un número mayor de trabajadores a su cargo.

A Rufino le gustaba estar con antelación delante de su objetivo del día, pues le chiflaba eso de fisgonear y sentirse importante. En alguna ocasión, en polígonos industriales de las afueras de la ciudad, ésta manía suya de indagar y fisgar por los alrededores, le había traído malas consecuencias, siendo apaleado y apedreado por obreros de todo pelaje, sobre todo por aquellos sin papeles, aun cuando gritaba que estaba allí para salvaguardar sus derechos. ¡Vete a guardar a tu puñetera madre! ¡Desgraciao! ¡So guarro! ¡Mirón asqueroso!

Tras dar 3 vueltas por el barrio y pasar 5 veces por delante de la puerta de entrada al edificio, decidió al final acceder al mismo. Eran más de las 10 de la mañana. El conserje, al verle aparecer con esas pintas y la mochila al hombro se dirigió a él:

-          Buenos días, la publicidad puede dejarla aquí, que ya me ocupó yo de meterla en cada buzón.
-          Mi nombre es Rufino Sánchez de la Ermita, soy inspector de trabajo.

Félix el conserje, hombre de más de 1.90 y casi 100 kilos de peso, grande como una mula, le miro sin inmutarse.

 -          ¿Y qué quiere?
-           Tengo el aviso de comprobar la situación laboral de la limpiadora de esta Comunidad, Doña Claudia Gómez.
-          ¿La situación laboral?
-          Si.
-          ¿A qué se refiere?
-          Eso no es de su incumbencia caballero.
-          ¿Y yo en qué puedo ayudarle?
-          ¿Puede indicarme donde se encuentra Doña Claudia?
-          No la he visto en toda la mañana, debe estar ocupada.
-          ¿No estará Usted ocultándola u oponiéndose a la autoridad laboral?
-          ¿Cómo dice?

Rufino, hombre valeroso, pero tremendamente resarcido ya de porrazos y pescozones, dio unos pasos atrás ante la mirada de Félix el conserje.

-          Soy un representante de la ley, autoridad laboral en pro de los derechos de la oprimida clase obrera.
-          A ver cómo te lo explico pedazo de gilipollas, que me estas empezando a tocar los cojones. Tienes 10 segundos para salir de aquí y desaparecer de mi vista.
-          ¡Ni se le ocurra ponerme la mano encima!

Félix agarro a Rufino de la solapa de la camisa, arrastrándole hasta la puerta del Edificio. En el fondo, Félix estaba profundamente enamorado de Claudia.

-          ¡Esto tendrá consecuencias! ¡Voy a llamar ahora mismo a la policía municipal!
-          Llama a quien te salga de los mismísimos huevos, pero que no te vuelva a ver por aquí, ¡atontao!

Mientras sacaba tembloroso el móvil de su bolsillo para teclear el 112, Rufino se fijó en una china de pequeña estatura que deambulaba por la acera. La buena señora andaba muy despacio, mirando los edificios y la calle como si tal cosa.

A Rufino, muy observador para estas cosas, le pareció raro, pues aun estando en el centro de la ciudad, no era aquella zona lugar de visitas ni turismo, sino más bien residencial.
La siguió durante unos minutos, caminando detrás de ella a una distancia prudencial, pues le vino a la memoria la somanta hostias que le asestaron en el chino al lado de su casa, por pedirles el carnet de manipulador de alimentos y alta como autónomos, con la amenaza de denunciarles ante las autoridades.
De repente la oriental entró en un pequeño bar de nombre “La Ventura de Lozano”.
Rufino paso despacio por la puerta, miro su interior y observo a la china delante del mostrador, como con intención de pedir un café con leche.

Como ya había decidido dejar a Claudia para una mejor oportunidad y la situación le había resultado chocante, decidió indagar un poquito más. Cruzó al otro lado de la calle, se sentó en un banco y allí se quedó, con la mirada fija en la puerta de “La Ventura de Lozano”, esperando a ver qué pasaba con su china.

Pasaron los minutos y nada. Se levantó y decidió pasar de nuevo por delante de la puerta del bar y mirar de reojo a ver que se cocía dentro. Así lo hizo y pudo observar a la china en la misma posición, un señor ya mayor detrás de la barra (debía ser el dueño) y dos clientes más, también de avanzada edad, sentados en taburetes al otro lado de la barra.

¿Qué hacía una china con pintas de turista en aquel bar mugroso a esas horas de la mañana? ¿Por qué estaba delante de la barra sin aparentemente consumir nada? Rufino se hacía éstas y otras preguntas mientras volvía a sentarse en el mismo banco, pues había decidido no marcharse de allí sin descifrar qué buscaba la china en aquel bar y que oscuros negocios y trapicheos estaban detrás de todo aquello.

Tras una hora sentado con la mirada fija en el bar sin suceder absolutamente nada, la puerta se abrió y apareció el qué se supone sería el dueño del local. Miró a un lado y otro de la acera, se desperezó y empezó a montar la terraza, colocando lentamente las mesitas con sus sillas. Era ya mediodía.

Rufino frunció el ceño. Su china llevaba casi 2 horas allí metida sin ninguna explicación aparente. Había llegado el momento de actuar.

Se levantó del banco, cruzó la calle y se introdujo en el bar. Para no levantar sospechas pregunto por la máquina de tabaco. No fumaba, pero ya tenía experiencia en esta serie de pequeñas triquiñuelas. Mientras metía lentamente las monedas en la maquina recorrió el bar con la mirada. Allí seguían los dos jubilados a la barra, mirando el periódico, mientras el dueño colocaba la terraza. Ni rastro de la china.

Se puso a pensar en nombres de chinas, pero solo le venía a la cabeza el nombre de Lupita. Se dirigió a la barra con cara de sorpresa (y un poco de indignación), haciéndose un poco más el tonto de lo que ya de por sí aparentaba.

-          Buenos días tenga Usté, ¿sabe si ha llegado mi amiga Lu?
-          ¿Cómo dice joven?
-          Lu, mi amiga china.
-          ¿Su amiga china Lu?
-          Si, la conocí en Taiwán, el año pasado, y está ahora de visita aquí, he quedado con ella en este fantástico establecimiento que Usté regenta.
-          Por aquí pasa mucha gente a lo largo del día joven, pero nadie con ese nombre ni preguntando por Usted, ¿Cuál es su nombre?
-          Leovigildo.
-          ¿Leovigildo?
-          Así es señor. Mis padres eran unos enamorados de los reyes visigodos. Una desgracia como cualquier otra.

El dueño cruzó la mirada con los dos jubiletas de la barra, que observaban la conversación.

-          Pues le digo que ninguna Lu ha preguntado por Usted.
-          Pues es raro. Lu, aunque pequeña de estatura, es grande en respeto y sentimientos. Jamás dejaría tirado a un amigo como lo soy yo para ella.
-          Quizás esté a punto de llegar, ¿quiere tomar algo mientras espera y contarnos algo más de esa bonita amistad?
-          ¡Estupenda idea!, pero antes, si me lo permite, desearía hacer un pis. ¿Los baños por favor?
-          Al fondo encontrará un pasillo a la derecha. La tercera puerta.
-          Gracias caballero.

Rufino dobló el pasillo, mirando las puertas. Se dirigió al fondo, miro el letrero “Almacén”, puso la oreja para ver si oía algo. Se arrodilló para ver si veía algo. Se volvió a levantar, puso la mano en el pomo, oyó un crujido detrás de él. No tuvo tiempo de reaccionar, así que se llevó el mamporro del siglo. Cayó desvanecido en el pasillo.

Despertó en posición fetal, atado de pies y manos, con una venda en los ojos y como Dios le trajo al mundo, en un pequeño cubículo en la parte trasera del bar. Allí estaban el dueño y los 2 jubilados, mirándole sonrientes.

-          Te hemos dicho la tercera puerta a la derecha “Leovigildo”.
-          Siempre he sido pésimo para encontrar los sitios, desde pequeño sufro graves problemas de orientación, ¿Qué van a hacer conmigo? Les advierto que en mi último reconocimiento médico rutinario me diagnosticaron no menos de 15 enfermedades infecciosas, aparte les digo que antes de entrar a su local he llamado a la policía municipal por otros asuntos, soy inspector de trabajo. Todo ello para su conocimiento y que lo sepan Ustedes.
-          ¿Inspector de trabajo?
-          Si, pueden mirar en mis pertenencias. Si me dejan en libertad prometo no decir nada de las múltiples ilegalidades que, sin duda alguna, se están cometiendo en este local. Hasta incluso puedo mover algunos hilos para que Usted deje de pagar impuestos y a sus entrañables amigos se les revalorice la pensión de forma considerable.

El dueño y los 2 jubilados se miraron entre ellos en silencio. En ese mismo instante, alguien toco a la puerta con un toc toctoc toc toctoc. Abrieron y apareció un hombre de avanzada edad, calvo y robusto.

-          ¿Qué cojones pasa aquí? ¿Dónde está el pedazo de subnormal del que me habéis hablado?

El pobre Rufino reconoció la voz al instante.

-          ¿Leandro? ¡Leandro! ¿Es Usted? ¡Alabado sea Dios! ¡Ayúdeme!
-          Pero…, la madre que me pario… ¿Se puede saber qué hace aquí este pedazo de carne con ojos?
-          Estaba fisgoneando y hacía preguntas raras sobre la china, ¿Le conoces? ¿Qué hacemos con él?
-          ¿Qué si le conozco? ¿Qué qué hacemos? Hay que joderse… ¡hay que joderse! En fin…, dile a la china que pase y le arree unos buenos azotazos, os puedo asegurar que le encanta. Mientras tanto pensaremos que hacer con este engendro.


Escrito por Kike Potter
Enero de 2017


Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...