Mi
madre siempre ha tenido cosas de cobardica. Cualquier atisbo de apuro siempre
ha significado para ella peligro de muerte. ¿Quién sabe? Quizás ese desasosiego
constante a que me pasará algo, haciéndome ver el riesgo a cada paso, hace que
ahora siga estando vivo, ¿Por qué no? Puede ser. Cualquiera sabe.
¡Cuidado con los pozos!
Esta
frase me ha acompañado desde que era un mico. Para mi madre, todos los caminos,
solares, tierras, parcelas, eras, valles, etc… de mi pueblo estaban (y están)
plagados de pozos, ocultos y profundos, donde podías caer para no volver a
salir, a cualquier paso que dabas. En verdad, aunque actualmente casi la
inmensa mayoría están cubiertos o
sellados, antiguamente en los pueblos proliferaban los pozos, pues la gente
tenía que beber y lavarse. En el huerto enfrente de mi casa donde juagábamos y
pasábamos las tardes, en una esquina había un pozo. Aunque estuvo siempre
tapado, era emocionante acercarse hasta el borde, dejar caer una piedrecita por
una rendija y escuchar el ¡plof! después de unos segundos interminables.
Yo
siempre en esto he sido muy obediente y os aseguro que jamás me he visto en el
fondo de ningún pozo (al menos físicamente).
¡Ni el primero ni el
último!
Sabía
reflexión de mi madre. Siempre que salía con los amigos por el pueblo y sus
alrededores me lo repetía hasta la saciedad. Escaquearse de ir el primero era
fácil, pues siempre estaba el valiente o chulito del grupo, es decir, el
listillo o sabiondo, el enteradillo para entendernos. En cambio no ir el último
era complicado, pues creo que a ninguno nos hacía gracia, y siempre estabas a
empujones o adelantamientos aprovechando cualquier despiste.
En
este caso, para mi desgracia, no la he hecho mucho caso en la vida, pues,
aunque casi sin quererlo, he tenido que ponerme el primero varias veces. Así me
ha pasado, que tengo un largo historial de pescozones y golpazos en mis
mejillas.
¡Cuidado con los
adelantamientos!
Nada
de “ten cuidado” o “ves despacio” o “no corras”. Mi madre, imagino que
conocedora de las estadísticas de la DGT, tiene obsesión con los adelantamientos. Me he
percatado que la velocidad no le afecta, pues cuando la llevo en el coche y
aprieto el acelerador, ni se inmuta, incluso parece que va a gusto pues creo
percibir una sonrisilla de placer. Vamos, que no rechista. Eso sí, como me vea
con la intención de adelantar, ya está a vueltas con la matraca.
¡Ojo con las raspas no
te vayas a atragantar!
Para
mi madre cualquier pescado, molusco, marisco o similar, están plagados de
espinas, y ten por seguro que a ti te tocará una que se te incrustará en la
garganta y como consecuencia de ello llegarás a atragantarte y morir acto
seguido.
¡Mira como viene el
cielo de negro¡¡ No te asomes a la ventana! ¡Apaga la televisión!
El
miedo de mi madre a las tormentas es digno de estudio. Para ella cualquier nube
negra en el horizonte significa peligro. No cualquier tormentilla de verano,
sino tornado con inundaciones. Prohibido salir de casa. Y no solo salir, sino
también mirar por puertas y ventanas, pues de seguro cualquier rayo caerá sobre
tu cabeza. Y apaga la televisión, pues, ese mismo rayo, sino te cae en la
cabeza, caerá sobre la antena, bajará por el cable y la tele explotará,
friéndote delante de ella (la tele) sin poder decir ni mu.
¡No te metas mucho en la
playa!
De
pequeño su obsesión era directamente que no entrase en la piscina, así me
pasaba que llegué a tener un miedo reverente a todo lo relacionado con el agua
(me refiero a piscinas, ríos, pantanos y /o similar). De mayor, aun sabiendo
que esa batalla la tiene perdida, se ha forjado en su mente una nueva película:
el mar, incluso solo unos metros adentro de la playa, está repleto de fosas submarinas,
mareas peligrosas y animales asesinos de toda índole que te pueden arrancar un
pie a la mínima. Y si todo eso no funciona, directamente el agua estará tan fría
que te dará un patatus y ahí te quedaras para siempre sin que nadie pueda
llegar a socorrerte.
¡Cuidado con los venenos!
Dependiendo
de la época del año, en mi pueblo, era normal que los chavales bajáramos al
valle, a los huertos o al río, a hacer el cabra y también, aprovechando, a
comer todo lo que se pusiera a tiro: moras, higos, pepinos, tomates, pipas, maíz,
etc…
Pues
bien, para mi madre, cualquier cosa comestible que hubiera sido plantada, estaba
infestada de venenos que los hortelanos de mi pueblo se dedicaban a fumigar día
y noche. Así que cada vez que agarraba un pepino lo observaba detenidamente de
arriba abajo y lo pulía hasta sacarle brillo con mi camiseta.
¡No mires las chispas!
Mi
tío tenía una fragua en el pueblo. Y allí trabajaban él y mis primos. Y a mí me
encantaba subir muchas tardes después del cole a estar con ellos, a ver lo que
hacían, a mirar como trabajaban, pues eran (y son) unos auténticos currantes.
Eso
sí, tenía absolutamente prohibido tocar nada, pues el martillo me aplastaría un
dedo, la sierra me rebanaría la mano en un santiamén y el yunque se me caería
en un pie dejándome cojo. Y no solo prohibido tocar, sino también mirar, pues
según mi madre si miraba las chispas mientras forjaban me quedaría ciego sin
remedio. Así que cada vez que se ponían con el soldador, me alejaba correteando
a una esquina y me tapaba los ojos. Así ha pasado, que a mis primos les chifla
todo lo relacionado con la pólvora, cohetes y petardos, y a mí me produce auténtico
pánico.
Pues
sí, así es, mi madre siempre ha tenido mucho, muchísimo miedo. ¿Cómo explicarla
que una cosa es la prudencia y otra la irresolución? No debo hacerlo, pues
aunque miedosa, no conozco persona más valiente que ella.
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