lunes, 13 de febrero de 2017

El robot mohino


Hace unos días fui a hacer unas gestiones con unos de los jefes de mi empresa.

Como es más tonto que una albarda fuimos en metro. No es que me moleste viajar en metro, lo que pasa es que hacerlo con alguien con el cual no tienes ningún tipo de conversación, ni empatía, ni afinidad, ni nada que se le parezca, pues se hace interminable. Con el sueldo que cobra el muy palurdo podríamos haber cogido un taxi, yo a veces no entiendo a la gente.

El sujeto es como lo describo a continuación: estirado, con barba, con gafas, la dentadura hecha un asco, feo, con una panza que le crece por momentos desde que le operaron una ulcera del estómago (hasta entonces le llamábamos el tonto de la sal de frutas) y con la piel de los dedos levantada y casi en carne viva (a saber a lo que se dedicará en sus ratos libres).

Anda despacio hasta cansarte, como un robot, una pierna después de la otra, en 13 años no le he visto saltarse un semáforo. Come más despacio aún, siempre tenemos que esperar a que el muy mendrugo vaya rumiando sus platos, pues come como una vaca, mirándote con sus ojos saltones y moviendo las manos de una forma que te dan ganas de estamparle el pan en su careto.

Se supone que es el jefe de personal, pero en 13 años no le he visto hacer nada por las personas, al contrario, si puede dejar que te den por culo, lo hace, y parece deleitarse con ello. Pone cara de imbécil redomado cuando le preguntas por algo relacionado con salarios, vacaciones, puentes, etc…

Es del Madrid y encima dice ser de izquierdas, me descojono vivo.

Tiene siempre el don de la inoportunidad y siempre aparece en la cocina cuando te estas tomando un café tranquilamente. Y siempre suelta las mismas gilipolleces por esa boca mugrienta.

Es de los típicos que te suelta la mierda en la cara en el trabajo, que nunca dará la cara por ti y que siempre hará lo posible por escaquearse.

Hicimos trasbordo en Avenida de América. Es tan merluzo que aun habiendo asientos libres, es incapaz de sentarse. Se queda de pie, con esa cara de tonto a las tres, con los botones de la chaqueta abrochados y agarrado a la barra pensando en dios sabe qué.

Le miro y me entra la risa floja. Como no sé qué decirle, ni me apetece hablar, me pongo a pensar.

Llegamos a nuestro destino y vamos a hacer las gestiones. Antes de salir ya le había avisado que yo no tengo porque ir. Insiste para luego pasar lo de siempre, es decir, mi presencia no es en absoluto necesaria, pero me quiere allí por lo que pueda pasar. Cuando salimos se lo rebozo por la cara, casi insultándole, pero sigue andando estilo robótica.

Sigo pensando que hacer.

Volvemos de nuevo en metro. Esta vez hacemos un itinerario diferente y hacemos trasbordo en Goya. El tren está a punto de llegar y chico, que quieres que te diga, no aguanto más, no pude remediarlo. Es tan mohíno que se queda atrás del todo, sin moverse, así que tuve que agarrarle del abrigo y tirar de él con fuerza para arrastrarlo y lanzarlo al metro, joder, que a gusto me quedé.


No le tire a la vías, no, aún no tengo instinto asesino. Simplemente le empotré hacía el interior, se cerraron las puertas y yo me quedé fuera. Puse exactamente la misma cara de gilipollas que pone él, mirándole con sorpresa como si no supiera que había podido pasar.

Salí fuera, volví andando al trabajo, me tome un café con mi bollito en la terraza del Giangrossi y me fumé un cigarro tranquilamente.

Levanté la mirada y le vi venir subiendo la calle Velázquez, el tonto de los cojones esta de vuelta, el robot mohino para más señas. 




lunes, 6 de febrero de 2017

¡Cuidado con los pozos!


Mi madre siempre ha tenido cosas de cobardica. Cualquier atisbo de apuro siempre ha significado para ella peligro de muerte. ¿Quién sabe? Quizás ese desasosiego constante a que me pasará algo, haciéndome ver el riesgo a cada paso, hace que ahora siga estando vivo, ¿Por qué no? Puede ser. Cualquiera sabe.

 
¡Cuidado con los pozos!

Esta frase me ha acompañado desde que era un mico. Para mi madre, todos los caminos, solares, tierras, parcelas, eras, valles, etc… de mi pueblo estaban (y están) plagados de pozos, ocultos y profundos, donde podías caer para no volver a salir, a cualquier paso que dabas. En verdad, aunque actualmente casi la inmensa mayoría están cubiertos  o sellados, antiguamente en los pueblos proliferaban los pozos, pues la gente tenía que beber y lavarse. En el huerto enfrente de mi casa donde juagábamos y pasábamos las tardes, en una esquina había un pozo. Aunque estuvo siempre tapado, era emocionante acercarse hasta el borde, dejar caer una piedrecita por una rendija y escuchar el ¡plof! después de unos segundos interminables.

Yo siempre en esto he sido muy obediente y os aseguro que jamás me he visto en el fondo de ningún pozo (al menos físicamente).

 
¡Ni el primero ni el último!

Sabía reflexión de mi madre. Siempre que salía con los amigos por el pueblo y sus alrededores me lo repetía hasta la saciedad. Escaquearse de ir el primero era fácil, pues siempre estaba el valiente o chulito del grupo, es decir, el listillo o sabiondo, el enteradillo para entendernos. En cambio no ir el último era complicado, pues creo que a ninguno nos hacía gracia, y siempre estabas a empujones o adelantamientos aprovechando cualquier despiste.

En este caso, para mi desgracia, no la he hecho mucho caso en la vida, pues, aunque casi sin quererlo, he tenido que ponerme el primero varias veces. Así me ha pasado, que tengo un largo historial de pescozones y golpazos en mis mejillas.

 
¡Cuidado con los adelantamientos!

Nada de “ten cuidado” o “ves despacio” o “no corras”. Mi madre, imagino que conocedora de las estadísticas de la DGT,  tiene obsesión con los adelantamientos. Me he percatado que la velocidad no le afecta, pues cuando la llevo en el coche y aprieto el acelerador, ni se inmuta, incluso parece que va a gusto pues creo percibir una sonrisilla de placer. Vamos, que no rechista. Eso sí, como me vea con la intención de adelantar, ya está a vueltas con la matraca.

 
¡Ojo con las raspas no te vayas a atragantar!

Para mi madre cualquier pescado, molusco, marisco o similar, están plagados de espinas, y ten por seguro que a ti te tocará una que se te incrustará en la garganta y como consecuencia de ello llegarás a atragantarte y morir acto seguido.

 
¡Mira como viene el cielo de negro¡¡ No te asomes a la ventana! ¡Apaga la televisión!

El miedo de mi madre a las tormentas es digno de estudio. Para ella cualquier nube negra en el horizonte significa peligro. No cualquier tormentilla de verano, sino tornado con inundaciones. Prohibido salir de casa. Y no solo salir, sino también mirar por puertas y ventanas, pues de seguro cualquier rayo caerá sobre tu cabeza. Y apaga la televisión, pues, ese mismo rayo, sino te cae en la cabeza, caerá sobre la antena, bajará por el cable y la tele explotará, friéndote delante de ella (la tele) sin poder decir ni mu.

 
¡No te metas mucho en la playa!

De pequeño su obsesión era directamente que no entrase en la piscina, así me pasaba que llegué a tener un miedo reverente a todo lo relacionado con el agua (me refiero a piscinas, ríos, pantanos y /o similar). De mayor, aun sabiendo que esa batalla la tiene perdida, se ha forjado en su mente una nueva película: el mar, incluso solo unos metros adentro de la playa, está repleto de fosas submarinas, mareas peligrosas y animales asesinos de toda índole que te pueden arrancar un pie a la mínima. Y si todo eso no funciona, directamente el agua estará tan fría que te dará un patatus y ahí te quedaras para siempre sin que nadie pueda llegar a socorrerte.

 
¡Cuidado con los venenos!

Dependiendo de la época del año, en mi pueblo, era normal que los chavales bajáramos al valle, a los huertos o al río, a hacer el cabra y también, aprovechando, a comer todo lo que se pusiera a tiro: moras, higos, pepinos, tomates, pipas, maíz, etc…

Pues bien, para mi madre, cualquier cosa comestible que hubiera sido plantada, estaba infestada de venenos que los hortelanos de mi pueblo se dedicaban a fumigar día y noche. Así que cada vez que agarraba un pepino lo observaba detenidamente de arriba abajo y lo pulía hasta sacarle brillo con mi camiseta.
 

¡No mires las chispas!

Mi tío tenía una fragua en el pueblo. Y allí trabajaban él y mis primos. Y a mí me encantaba subir muchas tardes después del cole a estar con ellos, a ver lo que hacían, a mirar como trabajaban, pues eran (y son) unos auténticos currantes.

Eso sí, tenía absolutamente prohibido tocar nada, pues el martillo me aplastaría un dedo, la sierra me rebanaría la mano en un santiamén y el yunque se me caería en un pie dejándome cojo. Y no solo prohibido tocar, sino también mirar, pues según mi madre si miraba las chispas mientras forjaban me quedaría ciego sin remedio. Así que cada vez que se ponían con el soldador, me alejaba correteando a una esquina y me tapaba los ojos. Así ha pasado, que a mis primos les chifla todo lo relacionado con la pólvora, cohetes y petardos, y a mí me produce auténtico pánico.

 


Pues sí, así es, mi madre siempre ha tenido mucho, muchísimo miedo. ¿Cómo explicarla que una cosa es la prudencia y otra la irresolución? No debo hacerlo, pues aunque miedosa, no conozco persona más valiente que ella.

 

 

miércoles, 25 de enero de 2017

Estoy visto para sentencia

Después de más de 40 años me doy cuenta que debo ser yo. Me ha costado descubrirlo, pero como dice el refrán, más vale tarde que nunca. No son las circunstancias, el tiempo, modo, ni lugar, ni siquiera son los demás, soy yo.
Soy yo y mis terribles defectos lo que hace que las personas se alejen de mí y no sea capaz de retenerlas. Ni siquiera soy capaz de plasmarlo por escrito.  

Serán mis silencios, quedarme callado muchas veces, simplemente mirando a los ojos o al infinito, sin dar una respuesta convincente. Será mi forma de hablar, de expresarme, de contestar, de dirigirme a los demás.

Serán mis actos, impulsivo muchas veces, indeciso la mayoría. Será que, como dice el refrán, soy más vago que la chaqueta de un guardia.

Será que no he estudiado ni leído lo suficiente para aprender. Será que he leído muchas veces los mismos libros, sin ningún sentido, y las primeras páginas aburridas de otros me hagan amontonarlos en mi mesilla, sin orden ni concierto.

Será también mi sentido del humor, pues quizás ni sea gracioso, ni tenga ningún sentido. Será que mi pasado no me permite amoldarme al presente ni percibir el futuro.

Debe ser que no se amar, o quizás mi amor lo he ido regalando a borbotones, sin dejar nada para nadie, ni siquiera para mí. Deber ser que no se ser amado, o quizás nunca lo he sido, quizás lo necesite, aunque seguramente no lo merezca.

Será mi apariencia, será que doy miedo, será que doy asco, será que impongo, será que parezco tonto, posiblemente sea simplemente que aparento lo que soy.

Será que no soy ni cariñoso, ni detallista, ni romántico. Será que otras virtudes que, ¿quién sabe?, pueda tener, queden desapercibidas, sin ser siquiera valoradas.

Será que solo soy un hombre bueno, pero no sepa demostrarlo. Será que me han demostrado lo que es el mal, y por eso no soy un mal hombre del todo.

Quizás sea que a las pocas personas a las que se les ilumina la cara solo con sentir mi presencia, sin importarles nada más, sin fijarse ni juzgar nada más, ni siquiera a ellas soy capaz de cuidarlas.

Por todo ello, por todo lo expuesto Señoría, merezco una sentencia condenatoria, a las pruebas me remito (tengo que admitir que, al menos en esto, soy bueno, pues el pobre fiscal se quedó boquiabierto, sin posibilidad de alegar nada más en mi contra).


Tienes Usted mucha razón en lo que aquí nos ha expuesto, estimado Kike Potter; sin embargo, todos tenemos malos días, en los que te sientes derrumbado y melancólico. Su alegato casi hasta me ha convencido, no obstante, como a Usted le gusta decir “Siempre, siempre hay esperanza”. Mi sentencia les será comunicada a todas las partes en unos días, pueden retirarse. Gracias.
 
 
Escrito por Kike Potter
25 de enero de 2017

 

lunes, 16 de enero de 2017

Papel tosco y barato: Rufino y la situación con la china


Rufino Sanchez de la Ermita era su nombre. Un hombre que vivía porque tiene que haber de todo en el universo. Si no existiera lo tendrían que inventar.

Su mundo se reducía básicamente a sus labores como inspector. No inspector de policía, lo que quizás hubiese dado más vidilla y emoción a su existencia, sino inspector de trabajo.
Como su capacidad intelectual (aparte de apariencia) le había impedido poder optar a cualquier puesto de trabajo medianamente honroso, tomo la decisión de presentarse a unas oposiciones. Estuvo 16 años presentándose año tras año para inspector de trabajo, aun sin cumplir ni uno solo de los requisitos exigidos, con la excepción de ser español y mayor de edad.

Al final, por misericordia de Leandro, presidente del jurado, que se jubilaba ese año y al que Rufino conocía (pues era vecino del barrio, haciéndole la compra semanal y sacándole al perro por la mañana y noche, aparte de otra serie de favores que no es menester citar ahora), obtuvo una plaza.

Era más bien bajito y regordete. Con pelo en espalda, orejas y nariz. Con gafas culo botella, barba descuidada y maraña por cabello. Más feo que una cabra. Solía vestir con pantalones de pana, náuticos prehistóricos y camisa de cuadros. En vez de maletín, acudía al trabajo con una mochila roída de cuando iba al instituto.
Su usada vestimenta, unida a su falta de higiene y propensión al sudor, hacía que muchas veces desprendiera un olor nauseabundo.

Cuando aparecía en los centros de trabajo, normalmente le daban alguna limosna, taper de comida o bocata a medio empezar, otras veces directamente le decían que no había trabajo, que no se molestase en dejar su curriculum, otras que no compraban nada e incluso en alguna ocasión, las menos por suerte, le echaban a gorrazos y golpes de las empresa a las que acudía. En una de esas penosas situaciones, le volaron sus gafas partiéndolas por la mitad. Desde entonces las tenía unidas por un trozo de esparadrapo, deambulando de esta guisa por la ciudad.

Cuando lograba balbucear que era inspector de trabajo, enseñando su credencial, se le quedaban mirando de arriba abajo, volviéndose a repetir las situaciones citadas anteriormente, con mayor o menor descojone y con mayor o menor violencia, hasta que la aparición de la policía municipal lograba descifrar el entuerto.

Su vida social se reducía a sus cortas conversaciones con las casas de comida a domicilio y teléfonos eróticos. Por Navidades creaba grupos de WhatsApp con los contactos obtenidos de sus visitas a las empresas, esperando así lograr conversación y amistades, encontrándose, sin embargo, con que a las pocas horas todos habían abandonado el grupo, no sin antes haberle insultado con saña y hasta la saciedad aquellos que le recordaban por un motivo u otro.

Esta era la vida de Rufino. Aun así, el tipo era feliz, pues había construido un mundo a su alrededor de depravados y sinvergüenzas, siendo él el único salvador y garante de los derechos laborales de los oprimidos obreros.

Aquella mañana Rufino debía acudir a un edificio de la ciudad, en su propio barrio. Tenía el aviso de que la empresa que se ocupaba de la limpieza del mismo sólo tenía una persona contratada, cuando el volumen de negocio y facturación de la misma daba a entender que necesitaría un número mayor de trabajadores a su cargo.

A Rufino le gustaba estar con antelación delante de su objetivo del día, pues le chiflaba eso de fisgonear y sentirse importante. En alguna ocasión, en polígonos industriales de las afueras de la ciudad, ésta manía suya de indagar y fisgar por los alrededores, le había traído malas consecuencias, siendo apaleado y apedreado por obreros de todo pelaje, sobre todo por aquellos sin papeles, aun cuando gritaba que estaba allí para salvaguardar sus derechos. ¡Vete a guardar a tu puñetera madre! ¡Desgraciao! ¡So guarro! ¡Mirón asqueroso!

Tras dar 3 vueltas por el barrio y pasar 5 veces por delante de la puerta de entrada al edificio, decidió al final acceder al mismo. Eran más de las 10 de la mañana. El conserje, al verle aparecer con esas pintas y la mochila al hombro se dirigió a él:

-          Buenos días, la publicidad puede dejarla aquí, que ya me ocupó yo de meterla en cada buzón.
-          Mi nombre es Rufino Sánchez de la Ermita, soy inspector de trabajo.

Félix el conserje, hombre de más de 1.90 y casi 100 kilos de peso, grande como una mula, le miro sin inmutarse.

 -          ¿Y qué quiere?
-           Tengo el aviso de comprobar la situación laboral de la limpiadora de esta Comunidad, Doña Claudia Gómez.
-          ¿La situación laboral?
-          Si.
-          ¿A qué se refiere?
-          Eso no es de su incumbencia caballero.
-          ¿Y yo en qué puedo ayudarle?
-          ¿Puede indicarme donde se encuentra Doña Claudia?
-          No la he visto en toda la mañana, debe estar ocupada.
-          ¿No estará Usted ocultándola u oponiéndose a la autoridad laboral?
-          ¿Cómo dice?

Rufino, hombre valeroso, pero tremendamente resarcido ya de porrazos y pescozones, dio unos pasos atrás ante la mirada de Félix el conserje.

-          Soy un representante de la ley, autoridad laboral en pro de los derechos de la oprimida clase obrera.
-          A ver cómo te lo explico pedazo de gilipollas, que me estas empezando a tocar los cojones. Tienes 10 segundos para salir de aquí y desaparecer de mi vista.
-          ¡Ni se le ocurra ponerme la mano encima!

Félix agarro a Rufino de la solapa de la camisa, arrastrándole hasta la puerta del Edificio. En el fondo, Félix estaba profundamente enamorado de Claudia.

-          ¡Esto tendrá consecuencias! ¡Voy a llamar ahora mismo a la policía municipal!
-          Llama a quien te salga de los mismísimos huevos, pero que no te vuelva a ver por aquí, ¡atontao!

Mientras sacaba tembloroso el móvil de su bolsillo para teclear el 112, Rufino se fijó en una china de pequeña estatura que deambulaba por la acera. La buena señora andaba muy despacio, mirando los edificios y la calle como si tal cosa.

A Rufino, muy observador para estas cosas, le pareció raro, pues aun estando en el centro de la ciudad, no era aquella zona lugar de visitas ni turismo, sino más bien residencial.
La siguió durante unos minutos, caminando detrás de ella a una distancia prudencial, pues le vino a la memoria la somanta hostias que le asestaron en el chino al lado de su casa, por pedirles el carnet de manipulador de alimentos y alta como autónomos, con la amenaza de denunciarles ante las autoridades.
De repente la oriental entró en un pequeño bar de nombre “La Ventura de Lozano”.
Rufino paso despacio por la puerta, miro su interior y observo a la china delante del mostrador, como con intención de pedir un café con leche.

Como ya había decidido dejar a Claudia para una mejor oportunidad y la situación le había resultado chocante, decidió indagar un poquito más. Cruzó al otro lado de la calle, se sentó en un banco y allí se quedó, con la mirada fija en la puerta de “La Ventura de Lozano”, esperando a ver qué pasaba con su china.

Pasaron los minutos y nada. Se levantó y decidió pasar de nuevo por delante de la puerta del bar y mirar de reojo a ver que se cocía dentro. Así lo hizo y pudo observar a la china en la misma posición, un señor ya mayor detrás de la barra (debía ser el dueño) y dos clientes más, también de avanzada edad, sentados en taburetes al otro lado de la barra.

¿Qué hacía una china con pintas de turista en aquel bar mugroso a esas horas de la mañana? ¿Por qué estaba delante de la barra sin aparentemente consumir nada? Rufino se hacía éstas y otras preguntas mientras volvía a sentarse en el mismo banco, pues había decidido no marcharse de allí sin descifrar qué buscaba la china en aquel bar y que oscuros negocios y trapicheos estaban detrás de todo aquello.

Tras una hora sentado con la mirada fija en el bar sin suceder absolutamente nada, la puerta se abrió y apareció el qué se supone sería el dueño del local. Miró a un lado y otro de la acera, se desperezó y empezó a montar la terraza, colocando lentamente las mesitas con sus sillas. Era ya mediodía.

Rufino frunció el ceño. Su china llevaba casi 2 horas allí metida sin ninguna explicación aparente. Había llegado el momento de actuar.

Se levantó del banco, cruzó la calle y se introdujo en el bar. Para no levantar sospechas pregunto por la máquina de tabaco. No fumaba, pero ya tenía experiencia en esta serie de pequeñas triquiñuelas. Mientras metía lentamente las monedas en la maquina recorrió el bar con la mirada. Allí seguían los dos jubilados a la barra, mirando el periódico, mientras el dueño colocaba la terraza. Ni rastro de la china.

Se puso a pensar en nombres de chinas, pero solo le venía a la cabeza el nombre de Lupita. Se dirigió a la barra con cara de sorpresa (y un poco de indignación), haciéndose un poco más el tonto de lo que ya de por sí aparentaba.

-          Buenos días tenga Usté, ¿sabe si ha llegado mi amiga Lu?
-          ¿Cómo dice joven?
-          Lu, mi amiga china.
-          ¿Su amiga china Lu?
-          Si, la conocí en Taiwán, el año pasado, y está ahora de visita aquí, he quedado con ella en este fantástico establecimiento que Usté regenta.
-          Por aquí pasa mucha gente a lo largo del día joven, pero nadie con ese nombre ni preguntando por Usted, ¿Cuál es su nombre?
-          Leovigildo.
-          ¿Leovigildo?
-          Así es señor. Mis padres eran unos enamorados de los reyes visigodos. Una desgracia como cualquier otra.

El dueño cruzó la mirada con los dos jubiletas de la barra, que observaban la conversación.

-          Pues le digo que ninguna Lu ha preguntado por Usted.
-          Pues es raro. Lu, aunque pequeña de estatura, es grande en respeto y sentimientos. Jamás dejaría tirado a un amigo como lo soy yo para ella.
-          Quizás esté a punto de llegar, ¿quiere tomar algo mientras espera y contarnos algo más de esa bonita amistad?
-          ¡Estupenda idea!, pero antes, si me lo permite, desearía hacer un pis. ¿Los baños por favor?
-          Al fondo encontrará un pasillo a la derecha. La tercera puerta.
-          Gracias caballero.

Rufino dobló el pasillo, mirando las puertas. Se dirigió al fondo, miro el letrero “Almacén”, puso la oreja para ver si oía algo. Se arrodilló para ver si veía algo. Se volvió a levantar, puso la mano en el pomo, oyó un crujido detrás de él. No tuvo tiempo de reaccionar, así que se llevó el mamporro del siglo. Cayó desvanecido en el pasillo.

Despertó en posición fetal, atado de pies y manos, con una venda en los ojos y como Dios le trajo al mundo, en un pequeño cubículo en la parte trasera del bar. Allí estaban el dueño y los 2 jubilados, mirándole sonrientes.

-          Te hemos dicho la tercera puerta a la derecha “Leovigildo”.
-          Siempre he sido pésimo para encontrar los sitios, desde pequeño sufro graves problemas de orientación, ¿Qué van a hacer conmigo? Les advierto que en mi último reconocimiento médico rutinario me diagnosticaron no menos de 15 enfermedades infecciosas, aparte les digo que antes de entrar a su local he llamado a la policía municipal por otros asuntos, soy inspector de trabajo. Todo ello para su conocimiento y que lo sepan Ustedes.
-          ¿Inspector de trabajo?
-          Si, pueden mirar en mis pertenencias. Si me dejan en libertad prometo no decir nada de las múltiples ilegalidades que, sin duda alguna, se están cometiendo en este local. Hasta incluso puedo mover algunos hilos para que Usted deje de pagar impuestos y a sus entrañables amigos se les revalorice la pensión de forma considerable.

El dueño y los 2 jubilados se miraron entre ellos en silencio. En ese mismo instante, alguien toco a la puerta con un toc toctoc toc toctoc. Abrieron y apareció un hombre de avanzada edad, calvo y robusto.

-          ¿Qué cojones pasa aquí? ¿Dónde está el pedazo de subnormal del que me habéis hablado?

El pobre Rufino reconoció la voz al instante.

-          ¿Leandro? ¡Leandro! ¿Es Usted? ¡Alabado sea Dios! ¡Ayúdeme!
-          Pero…, la madre que me pario… ¿Se puede saber qué hace aquí este pedazo de carne con ojos?
-          Estaba fisgoneando y hacía preguntas raras sobre la china, ¿Le conoces? ¿Qué hacemos con él?
-          ¿Qué si le conozco? ¿Qué qué hacemos? Hay que joderse… ¡hay que joderse! En fin…, dile a la china que pase y le arree unos buenos azotazos, os puedo asegurar que le encanta. Mientras tanto pensaremos que hacer con este engendro.


Escrito por Kike Potter
Enero de 2017


lunes, 19 de diciembre de 2016

El dilema de las uvas

Pues sí, para mí es un dilema todos los años. No tengo la culpa de que sea una de mis frutas preferidas, junto con las picotas. Y si me las sirven lavaditas, ya ni te cuento. También acepto todo tipo de frutas, peladas y cortadas en trocitos, por supuesto.

Tampoco tengo la culpa de que sea costumbre zamparlas con las campanadas. A saber a quién se le ocurrió tal idea, no me apetece buscarlo.

El caso es que llega la tarde de noche vieja, me paso por la cocina para fisgonear un poco y ahí están: en sus cuencos, lavadas, brillando. Me pongo un vinito, agarró un trozo de jamón y me quedo mirandolas ¿Y si como unas cuentas?

Yo no sé si dará mala suerte o algo así, pero pasa por mi mente. Quizás el día de noche vieja solo debas comer las 12 uvas y punto final, no vaya a ser que la desgracia te persiga durante todo el año.

Me gustan desde pequeño. En mi casa del pueblo tenemos una parra en el patio y cada año contaba los racimos que brotaban. En cuanto se hacían un poco regordetas las engullía. También cuando subía en bicicleta a la piscina de la casa de mi tío Gervasio. No me bañaba, pues tenía pánico al agua, así que mientras todos chapoteaban yo me dedicaba a comer uvas y pepinos del huerto de mi tío.

A lo que vamos, que casi siempre que voy al super compro uvas. He comprobado que es relajante ir arrancándolas y metiéndotelas en la boca. Quizás en esos momentos estoy pensando en vino, a saber.

También un par de años fui a vendimiar. Mientras canturreaba entre cepa y cepa, con el sol achicharrando mi nuca, fantaseando con la mísera esclavitud que estaba sufriendo, comía uvas como un payaso.

Ya termino, vayamos al grano. Termino de cenar y observo el cuenco con las uvas, 12, que mi tía, muy apañada ella, ya nos ha lavado y contado.
Las voy colocando por orden. El mes de enero, una pequeña, es un mes divertido y que pasa rápido entre fiesta y fiesta. Para los meses de febrero y marzo las cojo contundentes, suelen ser meses fastidiosos y tristones. Abril y mayo normalitas. Junio un poco más reluciente. A julio y agosto les dedico las más pequeñas y retozonas. En septiembre vuelve a subir el volumen. Las más gordas las dejo para octubre y noviembre, meses en los que necesitas energía, y termino de nuevo en diciembre, con una uvita correntucha, pasable, para que no me atragante al final.

¡Feliz año nuevo! ¿Qué culpa tengo de que me apetezca seguir comiendo uvas? Pero claro, mi mente vuelve a martillearme con la mala suerte… ¡No comas más uvas Kike! Me rasco la cabeza y lo dejo. Pero ese saborcillo dulce… ¡qué bien viene con el champan!... ¡Kike joder! ¡Que no! Vale, vale, vale. ¿Una sola? ¿Qué puede pasar? ¿Dos…? ¡Qué pesaito eres macho! ¡Que no!

Me encojo de hombros, dejo la copa de champan y vuelvo al vino, pues dicen que mezclar es malo.


martes, 18 de octubre de 2016

Papel tosco y barato: Mi cabronazo favorito

Alejandro rondaba los treinta y tantos. Tenía un puesto más que aceptable en una afamada empresa de consultoría. Vivía en la quinta planta ático de una promoción con todas las comodidades, en una de las mejores zonas residenciales de la ciudad.
No era feliz, aunque aparentaba tenerlo todo, o casi todo. Era la envida de todos sus amiguetes con esposa e hijos. Alex para los amigos (y amigas).
Ocupaba su tiempo libre en ir al gimnasio (le gustaba cuidarse y que le mirasen las pivitas), acudir a todo tipo de eventos culturales (siempre pensaba que allí acudirían las tías más interesantes), acercarse de vez en cuando a Ongs (molaba eso de aparentar que ayudabas a los más necesitados y además estaba de moda) y tirarse a todo lo que se moviese y se pusiera a tiro.

En realidad todo aquello lo hacía para tener su mente ocupada, para no pensar. Le importaba un pepino los sentimientos de los demás. Si alguna vez mostraba interés era porque lo que conocía le parecía diferente al resto, le parecía gracioso y jugaba un rato. Ponía como excusa que en su vida le habían utilizado y había sufrido anteriormente en el amor. Pobre.

Salía de juerga jueves, viernes y/o sábados. Incluso algún domingo. También cualquier día de la semana que tuviera la oportunidad de quedar con alguna.
Volvía a su ático a las tantas y al día siguiente deambulaba como un zombi por la ciudad. En esas ocasiones, al volver a casa, o dormía 12 o 14 horas seguidas o se tomaba algún estimulante para seguir.

A veces, algunas noches al volver de juerga, solo en su ático, se preguntaba porque no encontraba la persona adecuada y perfecta para acompañarle.
Algunas mañanas despertaba con la tía de turno en su cama. Miraba, se duchaba, bostezaba desayunando con ella al lado y casi la sacaba a pescozones de su ático. Se aburría de manera sobrehumana.

En esas ocasiones se quedaba meditabundo y pensativo, aunque se le pasaba rápido al ver los mensajes de su móvil. Cristina o Alicia o Raquel o Cecilia o Amparo o María o Yolanda o Rebeca o hasta su puñetera madre, le recordaban lo bueno que estaba, lo gracioso que era, lo interesante que resultaba. Todas aquellas mujeres morían por volver a disfrutar de su compañía.

 
Aquella mañana el sol inundaba su ático. Le gustaba dormir con todas las persianas subidas para que al amanecer el sol entrará como un vendaval (en realidad lo hacía para poderse despertar). Se duchó, se puso uno de sus trajes, se tomó su café y salió al rellano de su portal para tomar el ascensor.
Para su sorpresa (y también indignación) el ascensor no funcionaba. Le arreó varias veces, pero no contestaba. No sabía qué hacer. Se dio cuenta que había unas escaleras de bajada. En 3 años viviendo en aquel lujoso ático no se había percatado de que existían escaleras. Miro como quien lo hace cuando va a tomar un camino en el monte desconocido y empezó a bajar.

Al doblar el rellano del segundo piso se encontró de bruces con una mujer. Llevaba un chándal que a Alejandro le pareció lo más horrible que había visto en mucho tiempo. Allí estaba con su fregona limpiando las escaleras, con la cabeza gacha.
 
Alejandro se quedó parado, no del susto, sino de asombro y extrañeza, pues no era consciente de que alguien limpiará las escaleras de su edificio. Realmente no era consciente de que nadie limpiara nada. Pensaba que las calles, su oficina, los garitos y locales a los que acudía, el gimnasio, etc., se limpiaban solos, por arte de magia. Como cuando los jueves dejaba 50 euros en la encimera de la cocina para que aquella sudamericana (que no conocía ni quería conocer, pues directamente pensaba que no existía) le planchase sus camisas, y al volver se encontraba todo colocadito y oliendo a perfumado.

De su boca salió balbuceando un “Buenos días”, y ella levanto la mirada, le sonrió y contesto también “Buenos días”.
Se dio cuenta que le costaba seguir bajando los peldaños, se sintió torpe y tímido.
La miro y se dio cuenta que era el tipo de mujer que a él le ponía. No muy alta, delgada y con un buen culo. Pero sobre todo, se quedó encandilado y atontado con su voz. Una voz dulce, compasiva y que te envolvía.

Mientras arrancaba su BMW multitud de fantasías eróticas acudieron a su mente, todas ellas relacionadas con aquella mujer en chándal que acababa de cruzarse.

Aquella noche pensaba en la mañana siguiente, lo cual le parecía atónito y le hacía ponerse nervioso, él, que nunca sentía emoción alguna por madrugar y contemplar un nuevo día, aunque luego los disfrutase a tope.
Tenía ganas de volver a cruzarse con aquella mujer, no por nada, simplemente porque le ponía la situación (eso pensaba él al menos). Pero claro, ¿cómo hacerlo sin que estuviese el ascensor averiado?
Estuvo una hora dándole vueltas a su mente corrompida buscando salida a aquello y, al final, encontró la solución: si aquella mujer limpiaba las escaleras del edificio, debería limpiar igualmente el final de las mismas (que daban acceso al ático) y el rellano de su portal; de esta forma, era tan fácil como esperar a que subiera hasta allí, salir en ese momento y encontrarse con ella. Joder tío, eres la hostia, ¡la hostia!, ¡eres mi cabronazo favorito!. Durmió como un angelote.

A la mañana siguiente se levantó emocionado (y excitado). Desayunó con el café en la mano, delante de la puerta, mirando por la mirilla, esperando ver aparecer a la mujer del chándal. Pasaba el tiempo y nada. Llegaría tarde al trabajo. Llamó poniendo una de las miles de excusas que siempre se inventaba y continuó alerta. Estaba empezando a impacientarse cuando la diviso al fondo del pasillo, con el cubo a cuestas. Salió del ático haciéndose el imbécil, mirando el móvil, como si tal cosa.

-          Ah, hola, buenos días de nuevo.
-          Buenos días.
-          Vaya… dos veces en dos días, esto es casualidad.
-          Pues sí, así es.
-          ¿Está ya arreglado el ascensor?
-          Creo que sí. Ya he visto a vecinos esta mañana tomándolo.
-          Mejor así la verdad.

Silencio absoluto. Ella se puso a fregar el portal. Él sin saber qué hacer. Llamo al ascensor.

-          ¿Llevas mucho tiempo trabajando en este edificio?
-          6 meses.
-          No te había visto nunca.
-          Jajaja, eso es porque no baja Usted las escaleras por las mañanas y tenemos horarios diferentes.
-          Jajaja, claro.

De nuevo silencio. El ascensor está llegando.

-          Bueno, pues… que tengas un buen día.
-          Gracias, igualmente, le deseo un buen día.

Trago. Bajo en el ascensor. Se insultó a sí mismo por no haber dado un pasito más. El paso que llevaba imaginando todo el día anterior ¡si hasta había ya fantaseado follándosela en su ático!

El día transcurrió raro para él. Aquella mujer le venía a la mente sin cesar. Lo que más le cabreaba es que no sólo por sexo.

Viendo la champions aquel miércoles por la noche pensaba que cruzarse con ella una tercera vez resultaría de lo más chocante. Vamos, que se iba a notar mucho. Aunque pensándolo bien ¿Qué podía perder? ¿Qué más daba? Solo era la empleada que limpiaba las putas escaleras de su edificio. Quizás ni volviera a verla en su vida. De nuevo se puso a dar vueltas a la cabeza rumiando una nueva forma de encontrarse con ella. ¡Bingo!. Aquella mujer debía igualmente limpiar la entrada al Edificio y el portal principal. Se levantaría temprano, indagaría sobre su situación, y haría lo posible por coincidir con ella en el portal de entrada, como si él estuviese mirando el buzón de correos (buzón que casi nunca miraba, solo de pascuas a ramos, porque era el típico que manejaba todo por internet).

Dicho y hecho. A la mañana siguiente se levantó temprano y con ganas. Una sonrisa irónica inundaba su rostro pensando en el plan que tenía diseñado. Se ducho, se vistió, se echó más Axe Black de lo normal, y salió al rellano del portal de su ático. Sin hacer ruido observo el hueco de las escaleras. No oía ni veía nada. Frunció el ceño. Se quedó allí 5 minutos esperando, casi sin respirar, mirando por el hueco. Vio luz al fondo del hueco y llamo apresuradamente al ascensor. Lo cogió y buscó el botón de planta baja. Según bajaba se desabrocho un poco la camisa y se quitó la corbata, pensando que así tendría un aspecto más interesante.

Salió al portal, pero no había nadie. Observo las escaleras, pero nada. Salió a la entrada del Edificio y nada tampoco. Mierdas. En fin, ya puesto fue al buzón y lo abrió. Las cartas y publicidad se desparramaron por el suelo. Se olvidó durante unos instantes del motivo por el cual estaba allí, mirando la publicidad de un nuevo negocio que habían abierto en el barrio: Librería “Los Mundos de Lucia”, todo en Libros, material escolar y didáctico. Pensó en acercarse un día de estos para ver el percal que se movía por allí.

La puerta del Edificio se abrió y apareció ella. No iba en chándal. Llevaba zapatillas deportivas y vaqueros y camiseta muy ajustados. A nuestro estúpido Alex le dio un vuelco el corazón. Se quedó mirando boquiabierto con la publicidad entre las manos.

-          Bu Buenos días.
-          Buenos días, madruga hoy Usted.
-          No… Si… bueno, es que estaba mirando el buzón.
-          Ya lo veo.

Se quedaron plantados uno delante del otro. Ella le sonrió.

-          Voy a cambiarme y empezar mi jornada. Que tenga un buen día.
-          Gracias.
-          Hasta mañana.
-          Eh… si… hasta mañana.

Pasó por delante de él y se dirigió a una puerta al fondo, con un cartel que ponía “productos de limpieza”.

-          Espera, perdona.
-          Sí, dígame.
-          ¿Cómo te llamas?
-          Claudia.
-          No sé, quizás te parezca atrevido o te moleste, pero había pensado que quizás alguna mañana te apetezca tomar un café, te invito si quieres Claudia.
-          ¿Un café? Jajaja, pues… sí, claro, ¿Por qué no?
-          Gracias, pues ¿Cómo lo hacemos entonces?
-          Tú dirás.
-          Jajaja, no no, me refiero a ¿Tú cuando puedes? Si quieres algún día temprano que vengas, puedes subir a mi ático y te invito. Ahora mismo si quieres.
-          ¿Ahora mismo? Tengo que trabajar.
-          Sí, claro, entiendo, yo también, pero será un cuarto de hora, yo aún no he desayunado.
-          Vale, como quieras.

Mientras subían en el ascensor, Alex solo tenía un pensamiento en su cabeza: el culo de aquella tía. Aunque a decir verdad un pequeño pinchazo martilleaba su mente, nada importante creyó en esos momentos. Una mujer más a la que habría seducido y follado en su ático.

Claudia aun no era consciente de aquello. Su mirada y su voz chispeaban. Solo tenía en su mente sueños y fantasías. Un nuevo mundo al que quería escapar.
                                                                                  

Lucia intentaba ajustar al máximo sus prismáticos, recostada sobre un pequeño sofá de grandes brazos, pellizcándose el labio inferior, con su café y su cigarro al lado. Descolgó el teléfono lentamente.

-          ¿Sí? Buenos días.
-          ¿Javi?
-          ¿Qué te pasa?
-          Esta ahora mismo con otra tía en su ático.
-          Espera, espera… ¿Me estas llamando a las 9 de la mañana para decirme que ese tío esta con una tía ahora mismo?
-          Si. ¿Y sabes quién es?
-          Joder Lucia… A ver, ¿Quién es?
-          La mujer que friega las escaleras.
-          ¿Y cómo cojones sabes que es la mujer que limpia las escaleras?
-          ¿Te acuerdas cuando te conté el día que me cole en su edificio para averiguar su nombre y algo sobre él?
-          Eh… si, me acuerdo sí.
-          Pues me encontré con la mujer de la limpieza, que, fíjate tú que gracia, es la misma que ahora está tomando café con él.
-          Lucia, deberías dejar ese juego, no está bien espiar a la gente joder.
-          Anda ya, no me seas cuadriculado. Me gusta observar a la gente y no tengo la culpa que ese tío tenga todo el puto día los ventanales sin cortinas y con las persianas subidas, a la vista te todos. Además, no hago daño a nadie. Y ese tío me pone… Me pone mucho la verdad.
-          Tú misma.
-          Joder que borde, te llamo para compartir mi excitación contigo y mira como me hablas.
-          ¿Tu excitación? ¿O tu obsesión?
-          Vale, mira, voy a colgar, ya está.
-          Ok, ok, perdona. Por cierto ¿Cómo te va el negocio?
-          Empezando, ya sabes.
-          Ya, todos los comienzos son complicados. ¿Y cómo vas con tu libro?
-          Lo he dejado aparcado unas semanas.
-          ¿Y eso?
-          Estoy con un relato sobre la vida de Alex, mi chico del ático de enfrente…
-          Lo dicho tía. Estas como un auténtico cencerro.
-          Estoy intentando descifrar su conversación ahora mismo… pero mierdas, me es imposible, tendré que dejar rienda suelta a mi imaginación.
-          La madre que te parió…
-          ¿Y sabes? Un día de estos me cruzaré con él y le conoceré. Y seré yo quien le invite a tomar café en mi ático…

 

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...