lunes, 26 de febrero de 2018

Me llamaban Quique (o Kike)


Ayer vi una película que, dentro de su simpleza y bobería, me encantó: “El secreto de Adaline”. La historia de alguien sin futuro, con mucho pasado y con miedo al presente.

Alguien que no se atrevía a vivir. Nadie debería ser inmortal.

La historia de alguien que iba dejando huella por donde pisaba, destrozando quizás sin querer aquello que deseaba. La historia de alguien que se iba sin dejar rastro.

Los Elfos, sabios y bellos, pero también inmortales, tenían envidia de los hombres. Envidia de lo que para ellos era el mayor don que los Dioses habían jamás ofrecido: la muerte. Y los hombres, obtusos, se dedicaban a buscar la inmortalidad, haciendo más honores a sus antepasados que a sus propios hijos. Muy pocos tuvieron la sabiduría suficiente para entender.

Me he hecho a la idea. La estrambótica idea de saber que viven, pero como si hubiesen muerto. Al menos me quedan mis sentimientos. Y esos son míos y nadie podrá tocarlos. Y tengo estas letras, para expresar lo que me venga en gana.
Aunque aún me resuena la voz, ya no distingo ni reconozco nada.
Sé que nadie me lee y me relaja saber que es así.

Cierro los ojos y veo sonrisas. Veo sonrisas y entre ellas empiezo a distinguir la mía.

He encontrado la tranquilidad. Ahora solo me queda acogerla y dejarla sitio en mi vida.
Por ahora la he hecho sitio en mi cama, la abrazo por la espalda y dormimos juntos plácidamente.

He borrado historias pasadas. ¿Si los demás lo hacen porque yo no era capaz? He sido capaz. Lo he hecho después de todos estos años. Me relaja limpiar con el cepillo eléctrico.

Me gusta ser sociable. Sonreír a los demás. Me estoy volviendo a reencontrar. Me llamaban Quique o Kike, qué más da. Aunque digan que nada es lo mismo, te mienten, les da igual.

Noto que he cambiado porque me he atrevido a empezar a ver “Juego de Tronos”. Toda la gente que me rodea, sabedora de mis gustos, me lo recomendaba, pero no sé porque, algo me frenaba y me resistía a hacerlo. Como si fuera incapaz de volver a distinguir lo mío.
Ya llevo 2 temporadas en una semana. Parezco un niño glotón.
Me gusta, aunque el relato, psss, ya lo diseñé yo hace más de 20 años. Reinos de hombres crecidos en su orgullo e imbecilidad, luchando al final entre ellos, olvidando de donde vienen y a quién deben la vida. “La dominación de los Hombres”, así le llame yo a la historia. ¡Copiotas!.

La tranquilidad de saber que nada ni nadie me perturba. Que un nuevo episodio de la saga de la muñequita es posible. He sido injusto, perdóname. He sido in imbécil, compréndeme.

Me gusta verle reír. Me gustan sus gestos. Me gusta como juega. Me gustan sus travesuras. Me gusta leer a su lado. Me gusta verle como era yo.

Aunque me sigue encantando dormir y odio el despertador, me levanto con ganas, es flipante pero es así.

Me gusta darle al padel (gracias por apuntarme). Me relaja tanto ir a mi pueblo, quiero limpiar y reírme allí, más aún, con mi familia y mi gente. Me gusta conocer mi país. Hasta el frio Norte. Aunque me quedo con el Sur. Me gusta que mi Atleti siga ganando. Aunque pierda al final.

Nuestra vida es fácil. Aunque la hemos hecho difícil.
Tomando una simple cerveza y viendo una ridícula película.

Soy Kike, si aún lo deseas puedes venir.

miércoles, 24 de enero de 2018

Esta noche lo vas a comprobar


Los cadáveres estaban tirados en el andén. Miré el reloj y me di cuenta que se hacía tarde. Di las últimas caladas al cigarro. Ella aún seguía petrificada.

-          Vamos, vete a casa ya.
-          Puedo ayudarte si lo necesitas.
-          No lo necesito, vete.
-          Quiero ayudarte, de verdad.
-          ¿Ayudarme a qué? ¿Estás sorda? Te digo que te vayas.
-          Deseo ayudarte.

Me quedé mirándola mientras aplastaba la colilla del cigarro con mi bota.

-          A ver cómo te lo explico. Te he salvado la vida, vale. Pero eso no significa que me debas nada, ¿Lo entiendes?
-          Lo entiendo.
-          Pues venga, ya estás tardando. Pírate de una puta vez.
-          ¿Por qué no quieres que te ayude? Dame una explicación.
-          ¿Explicación? ¿Te parece poca explicación los dos muertos que tenemos aquí? El metro está lleno de cámaras, ¿Quieres pasar el resto de tu vida entre rejas?
-          No.
-          Veo que lo vas entendiendo. Pues pon a andar esas patitas y lárgate ¡joder!
-          Pero, ¿Cómo piensas arreglar todo esto?
-          Oye mira, eso no te interesa ni te incumbe, ni tienes que saberlo.
-          Te puedo ayudar…
-          Me estas empezando a tocar los cojones, ¡aléjate de mí! ¡vete!

La miré a los ojos. Estaba llorando. No se movía. Me dio por reír.

-          La madre que me parió… Oye, de verdad, tengo un margen de 10 minutos y ya han pasado más de 3. Tienes que irte, siento hablarte así, pero tienes que irte, por favor, ya me has ayudado. Tu mayor ayuda es que sigas viva. Si te quedas conmigo te arriesgas a todo y eso no puedo permitirlo.
-          Estoy en deuda contigo. Déjame ayudarte, por favor te lo pido yo a ti, aunque solo sea esta noche. Dime que tenemos que hacer y lo haremos juntos.
-          No puedo. No debo. Vete, es la última vez que te lo digo.
-          Ahora eres tú quién también tiene sus reglas…
-          Todos tenemos reglas. Pero las suyas eran matarte joder, ¿no lo entiendes? ¡Dios! Haz el puto favor de largarte.
-          Te lo suplico. Quiero seguir contigo.
-          Esto solo me pasa a mí…. ¡esto solo me pasa a mí! ¡mi puta vida!
-          ¿Por qué te pones así?

Nos quedamos mirándonos a los ojos. Me traspaso con su mirada. Negué con la cabeza y suspire. Señalé el lado derecho del andén.

-          Vete para allá. Metete en las vías y anda unos 100 metros, siempre muy pegada a la pared. Llegarás a un subterráneo, entra y ocúltate. Hazlo y ahora iré yo.
-          Gracias.

Observé como correteaba y bajaba a las vías. Antes de adentrarse en la oscuridad se dio la vuelta y me miro. La hice una señal para que siguiese.

Tenía 5 minutos escasos. Abrí la puerta del almacén de los operarios del metro en el andén. Saque bolsas de basura. Envolví primero un cuerpo, lo ate y lo arrastre por el andén. Lo baje hasta las vías y lo lleve a la oscuridad. Volví a por el otro.

Abrí el grifo del agua del almacén y llene un cubo. Limpie la sangre lo mejor que pude. Quedaba 1 minuto. Guarde todo de nuevo en el almacén y corrí hacía la oscuridad de las vías.

Metí los cuerpos en un hueco. Estaba empapado de sudor.

El último convoy de reconocimiento pasó lentamente por la estación.

Suspiré de alivio. Cogí el móvil y mande un mensaje: “Estación de San Cipriano. Entre las 01,22 h. y las 01,33 horas. Gracias”.

Anduve unos metros y giré hacía el subterráneo.

-          ¿Estás aquí?
-          Si, como me has dicho.
-          Bien.
-          ¿Ya lo has arreglado?
-          Por ahora sí.
-          ¿Y ahora qué hacemos?

Me senté en el suelo y me encendí un cigarro. Apoye la cabeza en la pared de aquel agujero y cerré los ojos.

-          Deberías dejar de fumar.
-          Y tú deberías estar en casa tomando un cola-cao calentito.
-          Perdona si te he puesto en un aprieto, no era mi intención.
-          Jajajaja, ¿un aprieto?
-          Si, solo te quería ayudar.
-          Jamás en tu vida sabrás lo que es un aprieto.
-          ¿Nunca te han dicho que eres muy desagradable?
-          Sí, todos los días varias veces.
-          ¿Y no piensas hacer nada al respecto?
-          Acabo de matar a 2 personas y ocultar sus cuerpos, ¿Qué coño pretendes que haga o diga?

Se hizo el silencio. Todo era oscuro pero podía notar que me miraba.

-          Quizás lo mejor sea marcharme.
-          Eso deberías haber hecho sí.
-          Vale, eso haré. Pero antes, dime ¿Cómo sabias que aquí había un subterráneo?
-          No lo sabía. Todas las estaciones nuevas de Madrid son iguales. Y por cierto, ahora no puedes salir, la estación debe estar ya cerrada.
-          ¿Sabías que Madrid está lleno de pasadizos y túneles?
-          Algo había oído sí.
-          Me encantaría recorrerlos algún día.

Sonreí. Respiré profundamente.

-          Oye, siento haberte hablado así ¿vale? Solo… solo quería que no te expusieras a ningún peligro. Mi deber es cuidarte.
-          Y yo siento haberme comportado como una niñata.
-          Que va, tranquila. No eres ninguna niñata.
-          Me gustaría saber más de todo esto, porque lo has hecho, quien eres, quienes sois, quien soy yo…
-          ¿Eso deseas?
-          Si.
-          Pues esta noche lo vas a comprobar.

Me levanté. Notaba su respiración agitada a mi lado. Cogí su mano en la oscuridad y nos adentramos en el pasadizo.

 

lunes, 23 de octubre de 2017

Casi las 5 te la tarde

Son las 4 y 34 de la tarde.

Me he reído tanto en este mundo, que a veces pienso que ya necesito de otro.
También he llorado, básicamente de rabia y perplejidad. La pena nunca me ha hecho llorar.

Empiezas a contar los años y ya no sabes si creces o decreces. Ya no sabes si lo has dado todo o aún queda algo dentro.

Me refugio aquí. Tenía otros escondites, pero ya no tengo las llaves y dentro no espera nadie.

Dicen que tengo suerte. Que me tienen envidia. Que quieren vivir como yo. Esta es una de esas veces de las que me rio en este mundo. Yo no sé nada de los demás. Y, la verdad, me importan un pepino. Por eso mismo no soy egoísta, pues les dejo.

Me quedo mirando atrás, sin decir nada. Cuando les veo reír, me dan ganas de llorar.

Escucho y escucho, no paro de escuchar. Y por la forma en que lo hacen, por sus gestos, por sus sonrisas o guiños, casi hasta les llego a entender. A veces, lo reconozco, nunca he llegado a entender, y eso me ha hecho llorar.

Aún tengo tiempo. Por eso, aunque rio menos, sonrío más.

Realmente no me quejo. Lo guardo todo y no lo comparto. Soy un tragón. Que le voy a hacer.

Mis pensamientos están planos, pero a rebosar, como un estanque al 100% de su capacidad. Como llueva este invierno, yo no sé qué va a pasar (coño hasta rima y todo).

¿Dónde? Ni idea. ¿Qué haces? Lo desconozco. ¿Por qué?

Mi nota media era un Bien, como mucho un Notable, pues hay cosas que nunca llegaba a comprender, no comprendo ni jamás comprenderé.

Pero mientras escribo miro la foto, y vuelvo a sonreír. Son las 4 y 52 de la tarde, tenía un arañazo en el dedo, necesitaba curarlo.

lunes, 2 de octubre de 2017

No salgas por favor, ¡te lo ruego!


Sería el verano de 1.995. Eran novios, o saliendo como se decía antes. Se habían conocido el verano anterior, en la terraza de la discoteca. Ella, una adolescente, llevaba una minifalda más corta imposible y él no podía dejar de mirarla. Aquella misma noche terminaron juntos.
Él, que rondaba los 20, sabía que aquella relación no iba a ningún sitio, pero ella tenía vida, era graciosa y le rogaba siempre que no la dejase, que estuvieran siempre juntos. Él, incapaz de hacer daño, seguía con aquello, aunque no sentía nada por ella y sabía que le estaba perjudicando en su vida.
Fue ella quien planteó la idea de irse el fin de semana de acampada. Él no estaba del todo convencido, no le hacía mucha gracia, pero accedió. El mejor sitio de los alrededores era los pantanos situados un poco más al norte.
Según se acercaban en coche,  el sexto sentido de él intuía que debían darse la vuelta, pero no dijo nada.

Dejaron la carretera y se adentraron por un camino en los bosques que rodean los pantanos. Aparcó el coche lo más cerca posible del agua y bajaron. Hacía un calor sofocante. Se acercaron al pantano y se metieron un rato en el agua. A esas horas del sábado se divisaba gente pescando, o comiendo en la otra punta. De vez en cuando pasaba cerca una moto acuática o una barca.
Según fue bajando el sol, los ruidos del día fueron dejando el paso a un silencio sepulcral. Solo se oía el eco de las voces al otro lado del pantano, donde debía haber más gente de acampada, pues se veían fogatas. Ellos también decidieron hacer una.

Montaron la tienda de campaña justo al lado del coche. 
Él había estado dando una vuelta por los alrededores y había vuelto a la orilla del pantano, donde no había árboles ni maleza, para poder cerciorarse mejor de lo que tenían cerca.

- Estamos más solos que la una. No hay absolutamente nadie en los alrededores.
- Pues mejor, ¿no?

Le guiño el ojo. Ella, en el fondo, era aún una niña. La miro sonriendo.
A pesar del bochorno del día, la noche era fresca debido a la humedad del pantano y una brisa que corría entre los árboles. Se echaron en una manta, abrazados delante del fuego, mirando las llamas. Solo se oía el ruido de las ramas quemándose. Ella se apretujaba contra él.

- Tengo sueñito, se me cierran los ojos.
- Pues venga vamos a la tienda. Ve entrando que yo voy a apagar el fuego.

Echo tierra en las ascuas hasta cerciorarse de que estaba apagado del todo. Enfocó con la linterna el coche. Se quedó mirando. Se dirigió a la tienda y se paró de nuevo. Volvió a mirar el coche. Esto no me gusta. Vete de aquí. Hazlo. Estaba de pie, en silencio y oscuridad absoluta.
Se acercó al coche. Lo abrió. Cogió la barra de hierro antirrobo y se dirigió con ella a la tienda. Entro sigilosamente y la dejó a un lado.

- ¿Para qué has cogido la barra?
- Pues nunca se sabe… por seguridad.
- Jajaja, ¡Vale!

Estaba acurrucada entre la manta. Se acercó a ella y la abrazó. Encendieron la linterna. Afuera no se escuchaba nada, absolutamente nada, ni viento, ni animales nocturnos, ni voces a lo lejos. Nada.
En otras circunstancias hubieran tenido sexo, pero algo les impedía hacerlo. Y no era el frio. Era la rara sensación de que ese silencio absoluto escondía algo. La sensación de estar solos allí, sin que nadie lo supiera. La rara sensación de recelo y desasosiego ante algo.

Ella estaba seria y temerosa. Él lo notaba. Intentó hacer alguna gracia para relajar el ambiente y sacar una sonrisa. Apagaron la linterna, se acurrucaron juntos.
Solo se oía su respiración. Él solo pensaba en que pasase aquella noche y que amaneciese cuanto antes.

Al principio solo fue una rama quebrada. En la noche, en el campo, se oyen esos ruidos. Los dos lo oyeron pero ninguno dijo nada. Pero ya no había duda. Alguien andaba fuera, alrededor de la tienda.
- ¿Qué es eso?
- Pues no lo sé.
Encendieron la linterna.

- ¿Quién es? ¿Quién hay ahí?

Silencio. Nadie contestaba. Alguien andaba fuera. Ruido de pisadas, de maleza, de alguien buscando algo.
Él se puso de pie dentro de la tienda.

- ¿Qué quién es? ¡Joder!, voy a salir.
- ¡No! ¡Por favor! ¡No salgas por favor!
- ¡Joder tendré que salir!
- No salgas por favor…, te lo ruego, tengo miedo.
- No va a pasar nada tranquila, tengo el coche fuera ¡ostias!
- ¡Por favor! ¡¡Por favor!! ¡No salgas! Déjalo por favor…

La enfocó con la linterna. Estaba llorando a lágrima viva. Angustiada. Le cogía del brazo para que no se moviese.

- Por favor…
- Quédate aquí. No salgas. No podemos estar así. Tendré que salir a ver qué pasa.
- No me dejes sola… déjalo, ya se ira, ¡Te lo ruego!

El corazón le iba a mil por hora. Le palpitaba en su interior. Cogió la linterna en una mano y la barra en la otra, y se dispuso a salir de la tienda. Ella lloraba y gemía sin parar.
Bajo la cremallera de la tienda y asomó medio cuerpo fuera, enchufando con la linterna la oscuridad de la noche. No veía nada. Salió de la tienda y volvió a cerrar la cremallera detrás de él. Se plantó delante de la tienda. Y entonces lo vio. Aquello estaba a escasos 3 metros de él. Aquella criatura le miraba fijamente, parada, sin hacer nada. Los ojos le brillaban y la saliva le resbalaba por la boca.
 
- ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí?
- Estoy hambriento.

Su voz era sibilina. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo. Trago saliva.

- Si quieres te podemos dar algo de comer.
- Que amable. Pero mi hambre es insaciable.
- Vete de aquí. Esto está lleno de excursionistas como nosotros.
- ¿Si? Sabes que no hay nadie alrededor…

Un sudor frío bajaba por su espalda. Apretó la barra sin dejar de mirar aquello.
- ¿Por qué no sueltas esa barra? Me molesta que estés con ella.
- Te he ofrecido comida y no quieres. Vete de aquí ahora mismo.
- ¿Quieres que hagamos un trato? ¿Sí? Dime.

Él no sabía qué hacer ni qué decir. Su cuerpo temblaba.
- ¿Cariño? ¡Por dios!, ¿Qué pasa? Dime algo por favor…
- No pasa nada pequeña, quédate ahí, no pasa nada.

No dejaba de mirar a lo que tenía delante. Aquella criatura estaba inmóvil, sin pestañear, mirándole fijamente.
- ¿Qué cojones quieres?
- Mi barriga está vacía. Déjame… déjame entrar ahí…

Su mirada y sus sucios dedos se dirigieron a la tienda de campaña.
- Me estas hinchando los huevos. Lárgate si no quieres que te estampe la barra en la cabeza.
- Si sueltas la barra, tú no morirás, solo te aplastaré el cráneo y algunas costillas, te rajaré tus  piernas y brazos y sangrarás como un cerdo, pero mañana estarás vivo. En cambio ella…, la  chica debe estar jugosa…, le devoraré hasta las uñas. Suelta la barra.
- Estas como un puto cencerro. Te doy 10 segundos para que te pires de aquí.
- Piénsalo. ¿Quieres vivir o morir?

Él era alto y fuerte, nunca había tenido miedo a ningún enfrentamiento, aunque en esos momentos la zozobra le invadía el cuerpo. Aquella criatura percibió sus dudas.
- Vamos…, es fácil…, mañana contarás que alguien os atacó. Estarás machacado, pero vivo. Y además te haré un favor: dejarás de sufrir en la vida con la niñata que tienes ahí dentro. Vivo y feliz. Tengo hambre, mucha hambre. Suelta la barra.

Le vino a la mente su madre, lo que sufriría ante su muerte. Le vino a la mente su vida. Aquella que imaginaba vivir. La voz de aquello le hacía temblar. La mirada de aquella criatura le hacía dudar. Escuchaba el sonido de su corazón retumbando en su pecho. Dios mío, por favor, ayúdame. Fueron unos segundos interminables. Era el momento de actuar.
 
- No puedo fiarme de ti. Deseo vivir, con o sin ella. Y no puedo permitir que ella muera. Te explicaré mi trato: me iré acercando a ti, poco a poco. Si no corres, si no huyes, serás tú quien morirá. Te abriré tu cabeza en dos con esta barra y mañana, cuando amanezca, te arrancaré la piel a tiras y serás nuestro almuerzo. ¿Entiendes lo que te digo grandísimo hijo de puta?

Aquella criatura tuvo un tic involuntario. Su cuerpo convulsiono de repente. Sus piernas en tensión. Enseñó su dentadura, la saliva goteando.
Él se abalanzó con la barra en alto.
Aquella criatura huyó de allí, escapando, entre la maleza.

Mirando las estrellas entre los árboles mientras fumaba su cigarro. Sonriendo. Miró hacía la tienda.
- Ya puedes salir, ya se ha ido.
- ¿Qué pasa? ¿Qué ha sido?
- Solo era un zorro, no te preocupes.
- ¿Un zorro?
- Si. Un animal fantástico. Era espectacular, precioso. Tenía hambre y estaba fisgoneando en la bolsa de la basura.
- Jo… que susto he pasado, ¡estoy temblando!
- No pasa nada, ya se fue.

Volvieron a la tienda y se recostaron juntos. El temblor y la tensión fueron dando paso a la relajación.
- ¿Sabes? Me ha entrado hambre con todo esto…
- ¿Si? Mmm, pues cómeme amor… cómeme enterita…

 
Escrito por "Kike Potter"
Octubre de 2.017

 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

En algo sí llevan razón: no hay conexión


Documento secreto nº --------/2017

Extracto de conversación entre Carles Puigdemont y el chofer del Sr. Ministro del Interior, agente nº ----- adscrito a los servicios de inteligencia del Estado, --------------------------, conocido como “geti” / “barlochi” / “mangurrian” / también conocido como el “trastornao”.
Ocurrida con fecha --------, a las --------- horas, debido al olvido del móvil del Señor Ministro en el coche oficial, con motivo de una reunión urgente.

 
Sonido del móvil del Sr. Ministro.
"Unda, ¿pero qué cojones suena?, pero.... pero será gilipollas este zampabollos, mira que dejarse el móvil aquí, andaluz tenía que ser" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil sigue sonando.

"¿Carles? ¿Pero qué Carles será éste? A saber con quién andará este tontarrio, que país madre, así nos va" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil suena por segunda vez.
"¡Y dale al Carles de los cojones! ¡Será gilipollas! ¡Que no está copón!" (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil sigue sonando.
“La madre que le parió, que mañana me va a dar el Carles de los cojones, estoy por cogerlo…” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

El móvil suena por tercera vez.
“!A tomar por culooooo!” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

 - ¿Síiiiiiiiii?
- ¿Juan Ignacio?
- ¡Que no soy Juan copón!, ¡que no está!
- ¿Cómo dice?
- ¡Que soy Getino! 
- ¿Getino?
- Si, comisaria de información, lucha antiterrorista.
- Quería hablar con el Sr. Zoido.
- Y dale…. ¡que no está! Es que he tenió que traerle urgente a un acto de estos de los políticuchos sabe usté y se ha olvidao el móvil aquí en el coche…
- Lo mío también es urgente, póngame en contacto con él.
- ¿Pero Uste me escucha? Que se ha dejao el móvil aquí copón...
- Soy Carles Puigdemont, necesito con urgencia hablar con él.
- ¿Es Usté catalán no?
- ¿Cómo?
- Cataluña coponaria, se le nota por el acentillo.
- Si, por supuesto, soy catalán.
- Catalufo, ya lo decía yo. Qué región madre, ¿no será Uste de Gerona?
- Pues si, soy de Girona.
- ¿No joda? ¿En serio? Copón... yo es que estuve destinao en Gerona, hace ya 30 años, mi primer destino.
- Ya, entiendo. Quiero que le de un mensaje urgente al Sr. Ministro.
- En Gerona capital, 2 años allí. Qué recuerdos copón. Ara… entre Usté y yo…, se vive bien allí, un poco caro eso sí. Que paisajes, que playas, la ostia. Yo vivía en un apartamento y ni me llegaba con el sueldo que nos daban, tenía que pedirle a mi padre que me mandase algo to los meses.
- Getino me ha dicho que se llamaba, ¿no?
- Escuche, escuche. Ya por aquellos años tocaban los cojones los independistas estos. Copón, me acuerdo una vez… en una manifestación por el casco viejo, madre, pero si éramos 4 policías, na, 4 contra cientos.
- Eh….
- Y nos dice el Sargento ¡a por ellos! uy a por ellos, corríamos como conejos, copón si me quemaron hasta la moto los hijoputas. Tuvimos que escondernos en el cuartelillo y pedir refuerzos, si salió hasta en las noticias, ¿lo recuerda Uste?
- ¿Qué si lo recuerdo? ¿A qué se refiere?
- Jajajaja, espere espere, y un día, ay copón, yo patrullaba la ciudad con mi motejo, y un día ¿me sigue? Un día nos dieron aviso de un robo. Allí que me planté con la moto, yo sólo eh, y alcancé al ladrón, un moro de estos, y el tontarrio va y me saca un cuchillo. Y jajajaja, espere espere, total, que tiré un tiro al aire….
- Le digo que yo solo quería hablar urgente con el Sr. Ministro.
- Y oye chico, yo no sé dónde reboto la bala de los cojones, que de repente se pone a chillar y saltar como un energúmeno, !ayayayayayay! y yo diciendo unda ¿Qué la pasa a este ahora? ¿Qué le pasa? Jajajaja ¿Qué qué le pasa? ¡que la había dao en el culo! Jajajaja
- ¿Me va a poner al habla con el Sr. Ministro o no?
- Me abrieron expediente y to, no se crea. Oiga Carlos, ¿Necesita aceite Uste?
- ¿Aceite?
- Hombre por allí tienen olivejos también, pero na, más de 3.000 llevo yo en mi pueblo, 60.000 kilos este año.
- No necesito aceite, le he dicho que….
- Yo es que aparte de ser policía, lucha antiterrorista ¿se lo he dicho no? cultivo olivos en mi pueblo, en la Alcarria, la Alcarria joder, no me diga que no sabe dónde está, que Uste ha debio estudiar. Que olivos madre, los mejores de to la zona. Cuando venga por Madrid le vendo un par de cajas, me ha caído bien.
- ¡Cállese de una vez! ¡Póngame urgente con el Sr. Ministro! 
- ¿Quiere nueces también? Que nogales tengo oye, un bosque de nogales, los plantó mi padre hace más de 40 años y oye, ¡madre!, no hay nada igual en mi pueblo. Copón, jajaja, las vendo por aquí a to quisqui, y a restaurantes buenos también eh, no se crea. Me las quitan de las manos ¿no quiere? Tres mil eurillos que me gano con las nueces ¡a la saca!, que to son gastos, y la chica se me casa.
- Esto es inaguantable, voy a colgar.
- Espere copón, ¿Qué prisa tiene? ¿Quiere cebollas o ajos? Esas se las regalo hombre, pero cebollas de las buenas, de las rojas, le preparo una bolseja si quiere. ¿Y qué le iba a decir? Ah, ya, ¿Cómo llevan por ahí lo de la independencia? Madre, la que están liando, no me diga que no, ara… si fuera yo… les ponía a cortar tamujos a tos, menuda panda de matagatos. En mi pueblo hay 3 tipos de tontos, los tontos a secas, los celorrios y la burra de paco. Pues estos son la burra de paco, ya se lo digo yo.

Fin de la conversación en el móvil del Sr. Ministro.


“Unda, ¿Qué pasa aquí? ¿Pero ha colgao? ¿Carlos? ¿Carles? Que si hombre, que ahora veré al andaluz…, ¿Oiga? Na, ha colgao, menuda tropa, anda que les den por culo” (Comentario recogido en el interior del vehículo por micrófonos ocultos de seguridad).

 

 

 

Kike Potter. Capitulo Final

¿Y tú? ¿Y de ti? ¿Quién se preocupa por ti? ¿Quién te cuida realmente? Me gusta conducir solo. Puedo poner la emisora de radio que qui...